PRESENTACION
  ACTIVIDADES
  CABALGATA
  PREMIOS
  CONTACTA
  VARIEDADES
 
 

INGRESO EN LA REAL ACADEMIA SEVILLANA DE LEGISLACIÓN Y JURISPRUDENCIA DE ENRIQUE BARRERO GONZÁLEZ, PRESIDENTE DEL ATENEO DE SEVILLA

El Presidente del Ateneo de Sevilla, Enrique Barrero González, ha tomado posesión el día 29 de octubre de 2006 de la plaza de Académico Numerario de la Real Academia Sevillana de Legislación y Jurisprudencia para la que había sido recientemente elegido. Estuvieron presentes en la acto, junto al Presidente de la Institución, Ángel Olavarría Téllez, el presidente de la Real Academia de Medicina de Sevilla, y el Director de la Real Academia Sevillana de Buenas Letras, Jaime Rodríguez Sacristán y Rogelio Reyes Cano, respectivamente; el Presidente de la Sala de lo Contencioso de Sevilla, Antonio Moreno Andrade, los decanos de la Facultad de Derecho de la Universidad de Sevilla, Antonio Merchán, y del Colegio de Abogados de Sevilla, José Joaquín Gallardo, con otras autoridades y representaciones y numerosos ateneístas. El discurso del nuevo académico versó sobre La obra jurídica del Magistrado Ángel Martín del Burgo, magistrado de lo Contencioso Administrativo de la Sala de la Jurisdicción en Sevilla (1962-1972) y de la Sala Tercera del Tribunal Supremo (1972-1992), que fue ponente durante su dilatada carrera profesional, de numerosas Sentencias de carácter netamente progresivo y avanzado, con especial incidencia en la aplicación de los valores superiores del Ordenamiento jurídico y de los principios generales del Derecho, así como de notables obras doctrinales y artículos diversos en las Revistas de la especialidad. Contestó el discurso el Magistrado de la Sala Tercera del Tribunal Supremo Santiago Martínez-Vares García, ex presidente de la Sala de lo Contencioso de Sevilla. Damos a continuación la semblanza del magistrado Martín del Burgo contenida en el Discurso del nuevo académico, así como el Discurso íntegro de contestación del Magistrado Santiago Martínez-Vares.

1. Semblanza contenida en el discurso pronunciado por Enrique Barrero González:

Venimos ya a Ángel Martín del Burgo y le tomo prestadas, en principio, las palabras a quien lo conocía bien y a quien con él mantuvo una entrañable amistad, Rafael de Mendizábal, otro de los grandes magistrados españoles. Mendizábal decía en el prólogo del libro de Martín del Burgo El lenguaje del Derecho, que su autor nació y se crió en esa tierra que es como un mar, entre el Tajo y Despeñaperros, la provincia de Ciudad Real, campo abierto de las órdenes militares. En Daimiel, a la vera de las Tablas y en el seno de una hidalga familia manchega, creció Ángel, en una casona labradora, aficionado desde niño a la lectura, que no llegó a secarle el seso, un tanto introvertido y algo huraño. No sé qué le llevó o le trajo a la judicatura pero a ella llegó como juez comarcal, por oposición, de donde pasó a formar parte de la primera promoción de la Escuela Judicial que con ella se estrenaba. Salió de allí para Andalucía como juez de primera instancia e instrucción hasta que como magistrado "especialista" de lo contencioso-administrativo, también por oposición, recaló en Sevilla. Una década en la Sala de lo contencioso de su Audiencia Territorial puso ya al desnudo su gran bagaje intelectual. Nada de particular tiene, pues que en 1972, se le reclamara para el Tribunal Supremo donde fue motor de una jurisprudencia progresiva con un bello ropaje porque Martín del Burgo ha sido consciente siempre del valor de la palabra y la ha cuidado en sus ponencias.

Puedo contarles, por mi parte, dos anécdotas que de alguna manera definen su carácter. Fue tan celoso de la independencia judicial, entendida a la vieja y, tal vez, exagerada usanza, que me contó en cierta ocasión, y me figuro que lo repetiría muchas veces, que uno de sus primeros destinos como juez comarcal, fue en un pequeño pueblecito que no tenía entonces abastecimiento de agua. El alcalde enviaba, cada día, con un empleado municipal una garrafa de agua a las fuerzas vivas, el cura, el juez, el médico, el boticario, el maestro… Martín del Burgo de inmediato se negó a recibirla, con gran disgusto, me decía, de quien desde su casa tendría que ir cada día a la fuente pública, pero ¿cómo admitirle un regalo a la autoridad municipal? Me contó también que en Morón de la Frontera tuvo un caso nada extraordinario en el que un conocido y hacendado propietario litigaba contra un trabajador modesto. Una mañana, al llegar el juez temprano para cumplir uno de los trámites del juicio vio que el demandado, el humilde, esperaba sentado y aterido de frío en un banco del zaguán del juzgado; le dio los buenos días, pero cuando pasó dentro vio al demandante, al poderoso, confortablemente sentado con los funcionarios, hablando amistosamente y con un calentador por delante. Me indigné, me decía, hice pasar de inmediato al demandado, lo senté ostensiblemente delante del calentador y recriminé a los funcionarios la desigualdad de trato con los litigantes de manera que no lo pudieran fácilmente olvidar.
Martín del Burgo nació en 1916, estuvo casado con Eusebia García de Consuegra, de cuyo matrimonio nacieron sus cuatro hijos, Manuela, Lorenzo, Ángela y Consuelo. Le fueron concedidas en su día, la Cruz Distinguida de Primera Clase y la Cruz de Honor de San Raimundo de Peñafort, fue miembro de la Sección Española del Instituto Internacional de Ciencias Administrativas, conferenciante asiduo de temas jurídicos, autor de numerosas publicaciones, lector insaciable. Su hijo Lorenzo nos ha relatado sobre este última cualidad una anécdota significativa en la nota necrológica que le dedicó en el Diario Lanza de Ciudad Real tras haber fallecido el día 16 de marzo de 2004. Nos cuenta que su padre cuando estaba en Morón de la Frontera leía y leía un libro que a mí me daba miedo -dice- no sólo por su título, sino por la cubierta de colores sombríos. Ya en mi adolescencia -añade- cuando yo ya estaba peligrosamente aficionado a la lectura, leí el libro que leía mi padre, La Peste, en la primera edición española publicada en 1957. El libro estaba minuciosamente subrayado por mi padre, y allí encontré destacadas estas palabras referidas al protagonista de la obra: "lo esencial era hacer bien su oficio". Y más adelante, otro personaje le pregunta a Rieux: ¿Qué es la honestidad?, a lo que éste responde: No sé lo que es, en general, pero en mi caso sé que no es más que hacer bien mi oficio.

Martín del Burgo cumplió su oficio de juez con extraordinaria fidelidad a las palabras del gran novelista y pensador francés que leía en la galería alta de su vivienda de Morón de la Frontera.
Magistrado intachable, con un profundo sentido de la justicia y una radical independencia de cuya salvaguarda se sentía particularmente celoso, ajeno a toda publicidad y a todo estrellato que no fueran los que derivaran de la excepcional calidad de sus sentencias, cultivó Martín del Burgo un hondo sentido de la amistad, del que nos dio innumerables muestras a quienes tuvimos la fortuna de tratarlo y de aprender del testimonio de su vida y de su obra.

2. Respuesta del Magistrado Santiago Martínez-Vares García al discurso del nuevo académico

Mis primeras palabras, como no podía ser de otro modo, han de ir dirigidas a la persona del nuevo Académico, el Ilustre Sr. D. Enrique Barrero González que tan brillantemente acaba de culminar su proceso de integración en esta Real Corporación tras la presentación del excepcional Discurso cuyo resumen ha expuesto ante todos nosotros.
En nombre de nuestro Presidente y de la Junta de Gobierno de la Corporación, del resto de los Académicos y en el mío propio recibe nuestra más cordial bienvenida y nuestra rendida admiración, al tiempo que, de igual manera, nos congratulamos al recibirte en esta Casa sabiendo que la dotamos de un Jurista excelente que le rendirá extraordinarios servicios durante una trayectoria que deseamos dilatada y fecunda como hasta hoy ha sido tu vida. Que sea enhorabuena.
Quiero concluir estas primeras expresiones de gratitud con la que debo a nuestro Presidente por concederme el alto honor de poder hoy dirigirme a esta asamblea para responder al Discurso del nuevo Académico. Tengo motivos sobrados para hacer público este sentimiento de gratitud.
Como Académico, porque siempre es grato cumplir con uno de los deberes -mejor sería decir recompensas- que la obediencia de nuestras reglas depara, como es, en este caso, contestar a la alocución del neófito. Pero muy por encima del cumplimiento de un mandato, en el día de hoy me enorgullece convertirme en portavoz de la Corporación para acoger a una personalidad de Sevilla como la que hoy recibimos. Dejando de lado ahora el resto de sus sapiencias y las distintas facetas de su personalidad que le distinguen tanto en su vida pública como privada, quiero en este momento detenerme en el motivo esencial que le ha traído entre nosotros y que le ha abierto de par en par la estrecha puerta que franquea esta Casa. Su condición de eminente jurista puesta de manifiesto en una brillante y dilatada trayectoria al servicio del Ayuntamiento hispalense, en labores nunca sencillas de asesoramiento y defensa de la Corporación.
Desde que sintió esa temprana vocación por la función pública local, renunciando desde primera hora a la defensa como abogado de intereses privados, ha prestado excelentes e innumerables servicios al Consistorio sevillano en tareas de asesoramiento y consulta diaria a las distintas Corporaciones que en muy diversas circunstancias jurídico políticas han regido los destinos de la ciudad. En toda ocasión esas Autoridades locales le han distinguido con su confianza, sabedores de su fiel entrega a la defensa de los intereses generales de la ciudad y han confiado la defensa de la misma a su leal saber y entender.
De esa lealtad y de su búsqueda de la verdad, presidida siempre por un recto sentido de la justicia y por la aplicación sin fisuras del principio esencial para el servidor de la función pública para cumplir con su deber de la eficacia indiferente, he sido testigo privilegiado a través de sus escritos forenses durante tres largas e intensas décadas de la excelencia de su pluma, de su pulcra concisión, de la certeza de su juicio para centrar el debate y ofrecer solución al problema, de su apasionada defensa de la verdad, de su respeto por la postura del adversario y de su devoción por la Justicia puesta de manifiesto en su fe en la independencia de los tribunales.
En un breve espacio de tiempo el foro sevillano, por el inexorable transcurso del calendario, perdió a dos figuras señeras de la Abogacía al servicio de las Administraciones Públicas, como han sido en los ámbitos Estatal y Local, respectivamente, nuestro ya veterano Académico el ilustre Sr. D. Pedro Luis Serrera y el hoy recipiendario D. Enrique Barrero.
Para concluir con el capítulo de gratitudes es preciso que agradezca a nuestro nuevo colega el hecho de que haya dedicado su trascendente Discurso a glosar la obra de la extraordinaria figura de un Juez, de un Magistrado excepcional, como fue D. Ángel Martín del Burgo, para de ese modo cumplir el propósito explícitamente confesado de "rendir con ello también un homenaje y un tributo de admiración a la judicatura en general y a la Sala de lo Contencioso de Sevilla en particular, porque ellas han sido la constante referencia y el objeto de mi vida profesional". En nombre de los jueces españoles en general y de la Sala de lo Contencioso de este Tribunal Superior de Justicia de Andalucía, que me honré en presidir, gracias por tu generosidad al dedicar tanto esfuerzo a enaltecer esa labor. Quiero, por último, personificar esa gratitud en nuestro Académico D. Francisco de Paula Piñero y Carrión, nuestro Juez Decano por edad en la nómina de Académicos, que fue uno de los primeros Magistrados de la Sala y que en ella cerró, muchos años después, su brillantísima trayectoria judicial y del que se dice en el Discurso que fue "buen Juez, orador brillante, conferenciante de éxito y Magistrado serio y riguroso", en palabras de nuestro Vicepresidente el Ilustre Sr. D. José Manuel Vázquez Sanz.
Deseo ahora acercarme a la personalidad del Académico y trazar una breve semblanza del mismo. No es empeño fácil puesto que es hombre enciclopédico en sus conocimientos y ávido de experiencias en muy distintos campos del saber en los que ha mostrado siempre excelentes condiciones, así como ha puesto de manifiesto extraordinarias dotes de gestión en múltiples actividades diferentes del mundo del Derecho.
Para acercarme a la persona, además de mi experiencia en el trato con él, he dispuesto de un elemento excepcional como ha sido el libro editado y publicado por la Fundación Martín Robles en dos mil cinco "De la Ciudad y otras cosas", con el que fue homenajeado con motivo de su jubilación. Creo que fue un enorme acierto reconocer los muchos méritos del nuevo Académico por ese medio, ya que el texto conjugó en sus páginas el reconocimiento a la personalidad del jurista con la puesta de manifiesto por quienes en él colaboraron del esfuerzo desplegado por Enrique en muy distintos ámbitos de la vida de la ciudad.
De mi experiencia destaco el hecho de la cercanía hacia todos aquellos con los que Enrique trata y su intuición para estar con las personas en el momento preciso. Fue de las primeras personas que conocí en Sevilla y desde ese mismo instante supe que siempre podría contar con él. Y así fue. Con el tiempo fueron surgiendo nuevos círculos de convergencia y así, como señala en su Discurso, me dio la oportunidad y me hizo el honor de confiarme la preparación de tres de sus hijos para el ingreso en la Carrera Judicial. Esa circunstancia nos permitió a mi familia y a mi conocer a la familia Barrero y los valores que poseen. Sus hijas Carmen y Aurora, Magistrados, pasaron por mis manos como un rayo de luz; fueron dos excepcionales opositores, brillantes, responsables y eficaces. Con la cadencia de su edad, una tras otra, cada una con su personalidad, asombraban a sus compañeros con el esfuerzo que realizaban y les deslumbraban con la brillantez de sus resultados. Enrique, junior, tuvo la inteligencia de saber discernir, creo que con acierto, que ese no era su camino y escogió la Universidad como escenario de sus afanes y comparte con su hermana Concha la vocación universitaria de su progenitor. Ambos son dos extraordinarios docentes y de ella puedo decir, porque su disciplina nos es común, que cuanto escribe tiene el aprecio y la mayor consideración de la comunidad científica y de la Carrera Judicial. En cuanto a Enrique, en el escaso tiempo que le traté, en esa comunión especial que se establece entre opositor y preparador, mostró siempre una brillante inteligencia y la sensibilidad propia del hombre culto. Por último, me dejó como una muestra impagable de su talento un regalo manuscrito que conservo y que no es, ni más ni menos, que un espléndido soneto al recurso de alzada. Ahí quedó su vena de excelente poeta que alguien en la familia había de heredar del padre. Naturalmente, esos mimbres tenían la hechura también de su madre Aurora, de la que subrayo su dulce saber estar siempre, su amable sencillez e inteligencia.
Creo que Enrique Barrero posee el carisma de la educación recibida en su familia y en el hoy desaparecido colegio de los Padres Escolapios en la Plaza Ponce de León, en el antiguo Palacio de los Duques de Osuna, en el que permaneció en años decisivos para configurar el carácter y la vocación de servicio que le caracteriza. Se siente deudor y agradecido de esa formación y ha devuelto con creces a la sociedad el espíritu solidario con que la comunidad Calasancia impregnaba a sus alumnos.
Junto a la tarea que le ocupó de modo preferencial en su dilatada trayectoria profesional, Enrique mostró desde siempre una clara vocación universitaria que le llevó a la docencia desde temprana edad como profesor Ayudante y profesor Adjunto en la Cátedra -denominada entonces de Derecho Político-, de la que era titular D. Ignacio María de Lojendio e Irure, y, después, y durante muchos años, como Profesor Asociado de la de Derecho Administrativo de la Hispalense. También durante varios lustros se ocupó, en una encomiable labor de formación en el Derecho Procesal Administrativo, de los ya Licenciados en los cursos impartidos en la Escuela de Práctica Forense del Ilustre Colegio de Abogados de Sevilla.
Por décadas se cuenta su dedicación ateneísta en los diversos ámbitos de la Docta Casa y, por supuesto, en los diferentes cargos de su Junta de Gobierno hasta alcanzar su Presidencia desarrollando siempre una meritoria labor culminada con la máxima dedicación y responsabilidad que ahora le compete.
Por no cansarles y, sobre todo, por no abrumar al nuevo Académico con la profusa enumeración de sus méritos y deleites, mencionaré de pasada y como al desgaire, sus aficiones a la música clásica y la lectura; su culto por la poesía, de la que es capaz de recitar con soltura, gracias a su prodigiosa memoria, a los clásicos y a los poetas de vanguardia; su afición por deportes como el ajedrez, su pasión por el fútbol, su predilección por el equipo de Nervión, moderada por el respeto al rival de la Ciudad, y su presencia en órganos federativos de ese deporte en Andalucía, (así ocupó la Vicepresidencia de la entonces Federación Regional y fue Vocal del Comité Organizador del Campeonato del Mundial de Fútbol de España 1982); el formar parte de esa pléyade de ilustres sevillanos que han
encarnado un rey mago en la Cabalgata del Ateneo, orgullo que
comparte con los también Académicos Ilustres Sres Clavero Arévalo y
Olivencia Ruiz y con nuestro Secretario el Ilustre Sr. D. Francisco Baena Bocanegra, y en cuyas filas existen, como él conoce, notables ausencias; sus profundas convicciones religiosas de las que dimanan sus muchas actividades al servicio de los más necesitados, a título de ejemplo les mencionaré su estrecha vinculación con la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios, de la que es Hermano por concesión expresa de esa condición en 1982 y con todo merecimiento, al serle otorgada en esa fecha por el Superior General de la Orden. Esa dedicación le ha hecho acreedor a ser distinguido como Pregonero en numerosas ocasiones; citaré a título de ejemplo el de las Glorias de María de 1980 y no quiero omitir, ya por último, su vinculación con la Archicofradía Sacramental de Pasión de la que fue Secretario. Les hago gracia, de reseñar, de sus libros y colaboraciones tanto en revistas científicas como en la prensa diaria, en la que en ocasiones hacía llegar al gran público con maestría y con la facilidad de su pluma accesible en ese momento para todos, la resolución por los Tribunales de cuestiones de actualidad que afectaban a la Ciudad.
Es ahora el momento de detenernos en el Discurso del nuevo Académico. Examinando los precedentes existentes en esta Casa no hallo más que otros dos antecedentes semejantes. Los contenidos en el Discurso que referido a las "ideas jurídicas de Don Joaquín F. Pacheco (1808-1865)" expuso con inusitada brillantez nuestro entrañable amigo y Académico ya desaparecido, el Ilustre Sr. D. José F. Acedo Castilla, así como el pronunciado en 1994 por el Académico Ilustre Sr. D. Francisco Cuenca Anaya "sobre el Derecho en Ortega y Gasset", también pleno de enjundia, pero que divergen del actual en la singularidad que este último posee, dado que el mismo se dedica a un Juez, es decir, un intérprete del Derecho y no un filósofo o un político, profesor y abogado.
Destaca a mi juicio lo insólito, por poco habitual, a la vez que esclarecedor, que resulta el propósito de glosar la labor de un Magistrado e interpretar su concepción del Derecho y de la Justicia a través del estudio detenido y minucioso de sus Sentencias. Propósito que nuestro nuevo Académico ha culminado con éxito. Si es un axioma que los Jueces y Magistrados se expresan a través de sus resoluciones, lo que constituye la tarea fundamental y casi única del Juez en el cuál todo lo demás es accesorio, es claro que recoger el pensamiento de un miembro destacado de la Judicatura en la Jurisdicción Contencioso Administrativa, como fue el Excmo. Sr. D. Ángel Martín del Burgo, con tantos años de dedicación, constituía un empeño titánico que el Discurso resuelve con rigor y solvencia inusitados. Se podría sintetizar la culminación de esa labor del modo en que al hacer la semblanza del Sr. Martín del Burgo se define su esfuerzo por hacer bien su oficio, es decir, con honestidad, como fue siempre su propósito.
Martín del Burgo, una vez ingresado en la Carrera Judicial, experimentó una evidente atracción por el Derecho Público, desde su sólida formación básica en Derecho, volcándose en él al superar las oposiciones restringidas de Magistrado especialista. Como en su día escribió el maestro García de Enterría, testigo de excepción como miembro del Tribunal que juzgó las oposiciones de las primeras promociones, algunas exiguas en el número de aprobados, "ante los ojos asombrados del Tribunal emergió una generación de Magistrados que por primera vez manejaban con facilidad y precisión los conceptos y las técnicas del Derecho Público y que de ese modo -concluía- aseguraban el éxito de la recién nacida Jurisdicción íntegramente judicializada y especializada".
El otro rasgo esencial de la personalidad del Juez Martín del Burgo que con trazo grueso subraya el Discurso es el de su radical independencia. Hizo bueno lo que en su día afirmó el Padre Feijoo, citado por quien durante tantos años presidió el Tribunal Supremo de España, el Excmo. Sr. D. José Castán Tobeñas, en el Discurso pronunciado en la solemne apertura de los Tribunales celebrada el 15 de septiembre de 1951, acerca de la independencia del Juez. Decía Feijóo en el Teatro Crítico Universal a un Juez: "Ya no hay para ti paisanos, amigos ni parientes. Ya no más Patria, ni carne, ni sangre. ¿ Quiere decir que nos has de ser hombre?. No, por cierto, sino que la razón del hombre ha de vivir tan separada de la razón de Juez que no tengan el más leve comercio las acciones de la Judicatura con los afectos de la Humanidad".
Sobre esos tres pilares, formación excepcional como jurista, vocación por el Derecho Público, y absoluto respeto por la división de Poderes en el Estado de Derecho, muestra evidente de su decidido deseo de hacer juzgar y ejecutar lo juzgado sometido únicamente al imperio de la Ley, Martín del Burgo nos dejó un legado plenamente vigente sobre el que el recipiendario ha construido el extraordinario trabajo que hoy ve la luz.
Se trata de un estudio esencialmente jurisprudencial de la tarea del Juez (nótese como el Discurso contiene continúas citas de Sentencias pronunciadas en litigios en los que Martín del Burgo fue Magistrado Ponente, tanto en la entonces Sala de la Audiencia Territorial de Sevilla en los inicios de los años sesenta, como desde el año mil novecientos setenta y dos y hasta la fecha de su jubilación, en mil novecientos noventa y dos, en la Sala Tercera del Tribunal Supremo), que abarca todo lo esencial del Ordenamiento Administrativo y que, sobremanera, pone énfasis en algo tan grato a su autor como son los principios generales del Derecho sobre los que el Ordenamiento se asienta.
Así se menciona con cita expresa de parte de ella, la Sentencia muy temprana de 28 de junio de 1962, en la que el Magistrado sostuvo sin ambages, con la seguridad técnica que le caracterizaba y la elegancia que poseía su pluma que "La Administración Pública ha llegado a tener su propio derecho: el Derecho Administrativo; un derecho que regula la propia personalidad de la Administración, su organización, sus medios, sus fines, sus procedimientos....; un derecho que tiene sus propias ideas claves, sus propios conceptos cardinales, sus propios principios, sus propias instituciones, su dialéctica propia, exclusiva, inmanente". En definitiva la Sentencia se hacía eco y contribuía con la fuerza propia de las afirmaciones que efectúan los Tribunales, a reforzar una concepción del Derecho Administrativo como Derecho propio común y normal de las Administraciones Públicas, algo que hoy resulta consustancial con nuestro pensamiento pero que entonces se abría camino no sin dificultad y reticencias.
De igual manera, y más de dos décadas después, y en una situación jurídico política bien distinta, se refiere a la correlativa influencia del Derecho Administrativo en el civil que lleva a su seno las nuevas corrientes intervencionistas y socializantes, Sentencia del Tribunal Supremo de 10 de junio de 1984, de la que con las mismas características que hacía extraordinario el trabajo de su autor, podemos leer lo que sigue: "Decir régimen jurídico administrativo equivale a referirse a un Ordenamiento que, en el ámbito que le es propio, es tan común y ordinario como lo es el Derecho Civil en el suyo, pues el que este último le haya precedido históricamente y en muchos siglos, sólo le proporciona la ventaja del adelanto en el descubrimiento de técnicas, y en la elaboración de una parte general, que ha sido aprovechada y lo sigue siendo por otras disciplinas jurídicas, pero sin menoscabo de sus respectivas autonomías; es más en el mundo actual el Derecho Administrativo, por ejemplo, es tan autónomo como lo es el propio Derecho Civil, y si este influye en aquel por su precedencia en el tiempo, aquel a su vez influye en este, llevando a su seno las nuevas corrientes intervencionistas y socializantes".
Con esta técnica del examen minucioso de las Sentencias de Martín del Burgo y Marchán y de extracción de su literalidad y, sobre todo, de su pulso coherente, en el que se mostraba su modo de entender la Justicia en la aplicación del Derecho al caso concreto para trascender de él y fijar la doctrina adecuada en Derecho que caracteriza la esencial labor del Tribunal Supremo, se desgranan asuntos y cuestiones claves en la conformación del Derecho Administrativo patrio como las relativas al carácter revisor de la Jurisdicción, la motivación de la Sentencia, la conexión de la tarea judicial con la realidad sobre la que opera, la jurisprudencia sobre los denominados principios generales que sirve de pretexto para mostrar los valores presentes en el Ordenamiento, a los que siempre sirvió el Magistrado y a los que siempre ha servido el nuevo Académico. La referencia a la trascendental potestad reglamentaria de la Administración y la reserva reglamentaria y su perfecta distinción, la excelente exposición de la relación inseparable entre moral y derecho, círculos concéntricos, sólo de distinto radio, y lo que luego supone de investigación para hallar la fuente de la cita como en varias ocasiones se expresa en el discurso, la interpretación del principio fundamental de la buena fe que obliga a ambas partes de la relación jurídico administrativa, pero que con mayor rigor, si cabe, es exigible de las Administraciones Públicas, y esa obligación se destaca con mayor exigencia en la hora postrera de la ejecución de Sentencia, la prevalencia del interés público, la regla in claris non fit interpretatio y la necesidad de desechar cualquier tentación de acomodarse a la misma. La aplicación de la regla de la notoriedad de los hechos que exime de su prueba y la propia experiencia del Tribunal en la constatación de esa notoriedad, la interpretación institucional a través de la esplendora realidad de la recepción por la Ley de la Jurisdicción de 1956, de la que se declara heredera universal en este sentido la vigente de 1998, de la concepción del Ordenamiento jurídico expresada por Santi Romano que superando el positivismo jurídico llamaba a la aplicación de la normatividad inmanente de las instituciones abocando a los Tribunales contencioso administrativos españoles a la aplicación sin restricciones del mundo de los valores y los principios sustanciales, después ratificada ampliamente por la Constitución etc...
De este modo, el Discurso hace patente la extraordinaria erudición del autor, su dedicación continúa al trabajo en la disciplina que absorbió la mayor parte de su esfuerzo profesional. Muestra de esta afirmación es la profusión de citas y alusiones al repertorio de la Revista nacida en los años cincuenta del pasado Siglo y clave en el panorama del Derecho Administrativo en España, que fue y es la Revista de Administración Pública y la posterior Revista Española de Derecho Administrativo, sin perjuicio de otras referencias a distintas Revistas meritorias en su esfuerzo y continuidad pero de menor relevancia científica.
Además el autor se ha ocupado en su afán de darnos a conocer la completa personalidad del Magistrado Martín del Burgo de su obra doctrinal, que se califica de aceptable en la fase inicial del discurso y de estimable al concluir el mismo. En este único punto me permito discrepar del recipiendario para corregirle, puesto que examinada esa obra, y en particular el libro dedicado al "lenguaje del Derecho", creo que le cuadra más el calificativo de excelente, en el que coincido con el prologuista de ese libro conocido por su florida pluma, el también Magistrado D. Rafael Mendizábal Allende. Y se cierra esa producción doctrinal con un libro que califico de expresión de sentimientos o de memorias del Juez, y que pone de relieve la modernidad del espíritu de su autor cuando casi al final de sus días se atreve con asuntos de extraordinaria actualidad, que abordó con la soltura de quien dotado de una enorme lucidez y una innata curiosidad, siempre estuvo a la vanguardia de la ciencia que profesó. De sus artículos, y para ratificar el vanguardismo del Magistrado, fue la mejor muestra el dedicado a "la función judicial en España" en el que, como pone de manifiesto el Discurso del nuevo Académico, se vierten ideas que, expuestas en 1959, cobraron plena actualidad varias décadas después y de las que han vivido y se nutren nuestros actuales órganos de Gobierno.
Una última reflexión sobre la obra doctrinal que podríamos enunciar como menor del Magistrado Martín del Burgo Marchán, cuál sería la relativa a sus artículos en revistas jurídicas extraordinariamente glosados en el discurso. Me referiré a uno sólo. El que tituló "una visión antidogmática de la Sentencia" y con el que el Magistrado que disfrute de su lectura y que sienta apasionadamente esta profesión se identificara con las vivencias que en el expresa su autor. Difícilmente puede exponerse mejor el proceso intelectual de creación consciente de una Sentencia que culmina un litigio y con el que se pone el punto final a un conflicto de intereses que se confía al Juez.
Para concluir quiero expresar la satisfacción que como Académico me embarga al haber tenido la oportunidad de glosar ante todos ustedes el Discurso del nuevo Académico. Se trata de una pieza que enriquecerá los Anales de esta Casa, como hasta ahora ha venido sucediendo con los que le han precedido y con los que están por llegar. Pero la auténtica magnitud de la obra que se nos ha ofrecido excede de lo que a través de mis palabras les he podido transmitir. Será precisa la reposada lectura del texto para que pueda ser ponderada en su verdadero valor por quienes la conozcan por sí.
De nuevo, querido Enrique, enhorabuena a ti y a los tuyos. He dicho.

Foto de Conchitina, publicada en el Diario El Mundo. Edición Sevilla, el día 30 de octubre de 2006. De izquierda a derecha, Rogelio Reyes Cano, Francisco Baena Bocanegra, Ángel Olavarría Téllez, Enrique Barrero González y Santiago Martínez-Vares García.

El diario ABC, edición Sevilla, se ha hecho eco de la noticia, en una información ofrecida por Ángela Lora, la cual titula "Enrique Barrero ingresa en la Real Academia de Legislación" y en la que dice:

"El jurista y presidente del Ateneo de Sevilla, Enrique Barrero González, tomó posesión el domingo de la plaza de Académico Numerario de la Real Academia Sevillana de Legislación y Jurisprudencia para la que había sido recientemente elegido. El discurso del nuevo académico versó sobre la obra jurídica de Ángel Martín del Burgo, magistrado de los Contencioso Administrativo de la Sala de la Jurisdicción en Sevilla (1962-1972) y de la Sala Tercera del Tribunal Supremo (1972-1992), que fue ponente durante su dilatada carrera profesional de numerosas sentencias de carácter netamente progresivo y avanzado, con especial incidencia en la aplicación de los valores superiores del Ordenamiento Jurídico y de los principios generales del Derecho, así como de notables obras doctrinales y artículos diversos en las revistas de la especialidad. Para Barrero, Martín del Burgo, fallecido en 2004, fue un magistrado muy brillante con una aplicación muy progresiva del Derecho y de valores como la libertad, igualdad, la ética o el principio de buena fe. El nuevo académico definió la ceremonia de la toma de posesión como un acto muy bonito y solemne y manifestó haber acogido la distinción con gran satisfacción. Generalmente este reconocimiento es la culminación de toda una vida profesional, en mi caso particular, jurídica. Se recibe en un momento en el que uno se encuentra con una cuajada trayectoria y entra en una especie de senado. Hay que tener en cuenta que a la academia accede un número cerrado de magistrados y cuando te toca es un honor extraordinario, afirmó Barrero. Contestó el discurso el Magistrado de la Sala Tercera del Tribunal Supremo Santiago Martínez-Vares García, ex presidente de la Sala de lo Contencioso de Sevilla.

Fotografía publicada en ABC de Sevilla el 31 de octubre de 2006

 

 

Sevilla, octubre de 2006



 
 
 
 
 

 

 

© Ateneo de Sevilla 2002