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ENRIQUE BARRERO RODRÍGUEZ OFRECIÓ EL DISCURSO DE EXALTACIÓN DE LA ROLDANA

La asociación de belenistas La Roldana ha presentado un año más en el Ateneo de Sevilla, con el que tan intensas relaciones navideñas sostiene, su cartel de Navidad, que en este caso hace su número XVI. El discurso de exaltación de la Navidad y presentación del cartel ha estado a cargo del poeta sevillano Enrique Barrero Rodríguez, que dio lectura a una breve pieza, algo así como una historia imaginada poética y sencilla de la Navidad, hecha con cuatro retazos: Anunciación, Camino de Belén, Nacimiento y Adoración de los Magos; esto último como un guiño, sin duda, al propio Ateneo, organizador desde el año 1918 de su famosa Cabalgata de Reyes. Terminó con un soneto dedicado a la propia Asociación de Belenistas. Damos el discurso de exaltación, de Enrique Barrero Rodríguez, a continuación:

Enrique Barrero Rodríguez

 

I. Anunciación

Un cartel para una historia
que se gesta eternamente
en el fondo de una cueva
y en la humildad de un pesebre.
Un cartel para una historia
siempre igual y diferente,
porque el Niño es siempre el mismo
aunque nazca en mil belenes.
Ahora que el otoño anuncia
la Navidad inminente
que el corazón, encendido,
de esperanza se renueve.
Dejad que narre la historia,
que en mis versos os la cuente
de forma sencilla y clara,
sin urgencia, lentamente,
remontándome al principio
que todas las cosas tienen.
Una casa muy sencilla
-de esas casas que no tienen
ni riquezas deslumbrantes
ni encendidos oropeles-.
Los cimientos, de constancia,
y de humildad, las paredes.
Una casa muy modesta
-de esas que habita la gente
que en la senda de la vida
vive en paz y humildemente-
Un lugar de Galilea.
Y una casa. Solamente.
Y dentro de aquella casa
una joven se entretiene
del salón a la cocina,
de la mesa a los manteles.
De pronto, una luz purísima
entre ráfagas se enciende.
Y se mueven las cortinas
sin que el viento las aviente.
La habitación queda toda
hecha llama, tal si fuese
una hoguera repentina
que prendiera entre la nieve.
Aturdida, la muchacha
grita Fuego, porque teme
que la hoguera aquella, extraña,
toda la casa le incendie.
Pero la luz se va haciendo
más intensa, más potente,
como un sol, como una estrella
llena de lenguas celestes.
Aturdida, la muchacha
quiere huir nerviosamente
pero el cristal del espejo
aquella luz le devuelve.
Una voz rotunda y clara
de entre las llamas emerge:
Dios te Salve, Galilea
-dice un ángel sonriente-
y por siempre Dios te Salve
entre todas las mujeres.
Ante sus ojos eternos
Tú de gracia llena eres…
La muchacha, amedrentada
y asustada, de repente,
echa a correr sin pensarlo,
ocultándose la frente
con las palmas de las manos
extendidas en las sienes
pues no entiende aquel saludo,
tan extraño le parece.
Pero la luz la persigue,
la rodea, la sostiene
y de nuevo le susurra:
Dios te Salve, lentamente.
La muchacha, doblegada,
se abandona enteramente
a la fuerza de aquel rayo,
a la paz de aquel deleite,
al destino aquel, extraño,
que aún la aturde y la sorprende.
Y la voz vuelve, rotunda,
a escucharse nuevamente:
Dios te Salve, Galilea.
Ya está en tierra la simiente;
La palabra, hecha racimo…
Ya está la esperanza en ciernes
y los pájaros celebran
tu pureza… La corriente
de los ríos ha llegado
-mar profundo- hasta tu frente.
Horizontes encendidos
culminan atardeceres
para honrar la vida nueva
que dentro de Ti ya crece.
A partir de este momento
te honrarán los capiteles,
las columnas, los azules
de los nítidos pinceles.
A partir de este momento
no habrá voz que no celebre
el destino que hoy comienza
a gestarse por tu vientre.
Aquietada, la muchacha
trenza una sonrisa leve
pues no quema aquella llama
que le anuncia tales bienes
Y responde, en un susurro:
Hágase, si a Dios conviene.

Todo ha sucedido rápido,
sin testigos que lo viesen,
e igual que vino, aquel fuego
se deshace, evanescente.
La luz se va adelgazando
y con un destello breve
en los muebles de la estancia
deja ascuas que no prenden.
Apenas entró la tarde,
pero en tal modo se ciernen
por las esquinas las sombras
que el ocaso se presiente.
La casa entera ha quedado
transmutada levemente
por la llama de aquel fuego
en hebras de luz ausente.
La muchacha queda sola.
Siente frío y no se atreve
a encender de nuevo el fuego
pese al filo del relente
por si al fuego aquel, en fuga,
el pequeño fuego ofende.
¿Quién la creerá? Cavila
la muchacha fugazmente.
¿Cómo explicar al marido
cuando a la casa regrese
la sorpresa de aquel fuego
ardoroso y esplendente?
¿Cómo evitar la sospecha,
el rumor maledicente
cuando se cuenten las lunas
con el paso de los meses?
La luz se va diluyendo
por las vetas del poniente.
La muchacha, aún sorprendida,
no acierta a saber, no entiende
cómo a ella, tan pequeña,
pudo caberle tal suerte.
Más allá de las ventanas
los olivos palidecen
y el silencio de las calles
quiebra sólo, indiferente,
el murmullo de unos chorros
sobre el mármol de la fuente.
La muchacha, aún sorprendida,
echa postigos, enciende
un hornillo en la cocina
y una lámpara de aceite.
Después de la luz, la casa
ha empezado a oscurecerse
e impera una calma extraña
que en penumbra todo envuelve.
La muchacha no ha entendido
aún del todo el incidente.
Pero mira al horizonte.
Siente ya cómo le crecen
la esperanza en las entrañas
y la luz dentro del vientre…

II. Camino de Belén

Mira que ahora, en tu estado…
-murmura José mohino
leyendo la citación
enojosa del edicto.
Dispón algo de equipaje
y prepara un par de hatillos
en tanto que yo aderezo
la alforja del borriquillo.
Obedece la muchacha
sin preguntar, pues su estilo
es no hacer preguntas nunca
-mucho más cuando el marido
tras la visita del Ángel
no ha mermado su cariño-
Sigue José contrariado.
Qué se me habrá a mí perdido
en Belén, cavila serio
con el gesto ensombrecido.

De Nazaret a Belén
-largas horas de camino-
José aguanta la fatiga
y tira del borriquillo.
El regazo de María,
cada vez más constreñido,
entre tanto sobresalto
pide tregua y pide alivio.
A una hora le sucede
otra hora de corrido
y María, exhausta, rota
-amazona entre suspiros-
siente en el vientre preñado
un estruendo de cuchillos.
La noche se ha ido cerniendo
y en las curvas del camino
el pueblo -Belén lejano-
es tan sólo un espejismo.
Aprieta, embiste con saña
la espada negra del frío.
Va el carpintero arrastrando
las riendas del borriquillo.
Aguanta, mujer, aguanta…
-murmura José intranquilo.
Y la mujer le responde
ahogándose entre gritos.

Han llegado a las afueras.
En el vientre aprieta el hijo.
Los nervios del carpintero
van creciendo. Los vecinos
entreabren, con recelo,
la quietud de los postigos
y las ancianas observan
ocultas tras los visillos.
José llama a siete hogares
y en ninguno encuentra abrigo.
No hay hogar para que nazca
el mejor de los nacidos.
Aguanta, mujer, aguanta…
Murmura José intranquilo.
Y la mujer le responde
ahogándose entre gritos.
Una posada tras otra
va José implorando auxilio.
Y un posadero tras otro
le responden que no hay sitio.
Por pedir, le pide ayuda
a un corro de tres chiquillos
que la emprenden a pedradas
contra el sufrido borrico.
Y en esto José, cansado,
extenuado, abatido
ve una cueva maloliente
en que las bestias han ido
amontonando el estiércol
de su pobre irraciocinio.
Y María, que no puede
ni bajar del borriquillo
se desploma, desfallece,
siente en el vientre cien filos,
cien centellas de aquel fuego,
cien destellos infinitos
mientras José, reclinado
sobre estiércol, aturdido,
acaricia sus cabellos
y -fingiendo estar tranquilo-
le susurra en voz muy baja:
No encontramos otro sitio.
Empuja, mujer, empuja.
Vamos, mujer, aquí mismo…

III. Nacimiento

¿Qué pasa, que todo
conduce al portal?
Un Niño ha nacido
y no hay nada más.
Un Niño, esta noche,
comenzó a soñar
con ojos profundos
de azul claridad.
Un Niño que al odio
querrá destronar,
al mundo le tiende
su risa de paz,
su mano sencilla,
su fiel despertar,
-un Niño que sabe
que derramará
sangre por la frente
junto a un olivar
y un día no lejano
habrá de volcar
las redes al lago
de la eternidad-.
Inquietas, las manos
del Niño se van
en vuelo de asombro
veloz, vertical,
al cuello cercano
buscando un collar.
Ay Niño, que quieres
tal niño jugar,
tu risa radiante
-cascada y fanal-
al mundo le trae
perdón y piedad.
Dejad los rencores
y el odio detrás.
Ensanchad el alma;
La espada, envainad.
Hoy no tiene espinas
la flor del rosal
ni impera la espada,
ni acecha el puñal.
Hoy es sólo un Niño
quien marca el compás
y alivia, del mundo,
la extraña orfandad.

Criaturas todas
del mundo, gritad
la fe que hoy comienza,
la vasta heredad
que el hombre hoy recibe
con tal humildad.
Corazones todos,
venid, palpitad.
Pájaros del cielo,
echad a volar,
con alas de sueño
la brisa cortad.
Campanas antiguas,
reid y sonad.
Que sepa la tierra
que hoy es Navidad.
Hoy es la primera,
la eterna, inmortal
noche en la que nace
la gran majestad,
el sueño que al mundo
querrá transformar.
Y esta misma escena
se repetirá
pasados los siglos.
La fe montará
Nacimientos claros
de corcho y bondad.
Papeles de plata
arroyos serán.
Espejos, figuras,
papel celofán
y el amor, que es siempre
el gran material.
En Asis, Francisco
con pardo sayal
soñará el milagro
sencillo y cabal
y así el belenismo
saldrá a navegar.
Aquel Santo pobre
que tanto amará
que llamará hermano
al lobo, al chacal,
al lirio encendido
y al manso trigal,
al rayo de luna
y al sol sin edad,
-aquel Santo pobre
que de tanto amar
llamará a la muerte
hermana, sin más,
abrazará el sueño
de escenificar
la historia sencilla
que hoy tiene lugar-.

Tranquila es la noche;
Sencillo, el altar.
Miradlo desnudo.
De Oriente vendrá
la ofrenda del oro
radiante a brillar,
la mirra, el incienso
-caravana en paz
de reyes o sabios
que echaron a andar
en pos de una estrella
soñando encontrar
la luz infinita,
la clara verdad-.
Siempre hay una estrella
que de par en par
al sueño del hombre
es faro y señal.
Siempre hay una estrella
esquiva, fugaz
que si se la nombra
retorna a brillar.
Siempre hay una estrella,
y allá cada cual
si herido se atreve
su estrella a negar.

La vida comienza,
radiante, a estrenar
esperanza y gozo
en dosis igual.
Hoy todo, en silencio,
conduce al portal:
El agua descalza,
la bruma en cendal,
los astros añiles,
el musgo, la cal,
la vieja ribera,
la tierra, el pinar,
pastores sencillos
que vienen y van.
Con un zurrón viejo
sonríe un zagal.
El arroyo vierte
su voz de cristal
y teje la luna
con hilo y sedal
encajes de sueño
para al Niño honrar.

No quiere palacios
tan gran majestad:
Su cetro, una estrella;
Su lecho, un pajar…
Qué grandes tesoros,
Belén de Judá.
Ni plata ni oro.
Ni sedas ni ajuar.
Ni verde esmeralda
ni perla o coral.
Sólo la inocencia
que temblando está
soñando entre escarcha
cobijo y pañal.
Riberas tranquilas
del río Jordán,
llevadle al Mar Muerto
con manso caudal
la esperanza nueva,
la dicha y la sal
que hoy llenan la tierra
con más libertad.

¿Qué pasa, que todo
conduce al portal
y en la sombra negra
de la oscuridad
refulge una estrella
con más claridad?
Un Niño ha nacido.
Y no hay nada más.
Sólo la esperanza
que da en despertar.
Sólo la inocencia
más grande que el mar.

IV. Adoración de los Magos


Se han detenido a soñar
viendo una estrella lejana.
Disponen la caravana
y hacen camino al andar.
Melchor, Gaspar, Baltasar
-jinetes del sol naciente-
vienen ya, alta la frente,
Caballeros de leyenda,
para realizar su ofrenda
desde las tierras de Oriente.

Anciano y sabio, Melchor…
Joven y esbelto, Gaspar…
De cobre y luz, Baltasar
con el ornato mejor.
Baltasar con un azor
que en el cielo viene y va…
La caravana ya está
a las puertas de Belén.
Frena un viejo palafrén
ante el sencillo portal.

Melchor, Gaspar, Baltasar,
Baltasar, Gaspar, Melchor
Han entrado sin rubor.
Nadie sabe qué pensar
Y el Niño que echó a llorar
con pucheros a intervalos
mira riendo a los Magos
que han venido desde Oriente
para besarle la frente
cargaditos de regalos.

V. Despedida


Abrid el corazón. Dadle a la vida
el don de un renovado sentimiento.
Poned en vuestro hogar un Nacimiento
y dejad allí el alma entretenida.

Dadle a la Navidad la bienvenida
y gozad la esperanza del Adviento.
Sed niños otra vez, por un momento,
con la ilusión intacta y encendida.

Invocad a la luz, y que su halo
nos anuncie a este Niño que nos nace
la Noche más perfecta y más humana.

Mirad este cartel, este regalo
sencillo y generoso que nos hace
la Asociación llamada La Roldana.

MUCHAS GRACIAS Y FELIZ NAVIDAD

 

Sevilla, diciembre de 2006



 
 
 
 
 

 

 

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