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"Exilio. Reflexiones en torno a una exposición" de Matilde Donaire Pozo

Damos las palabras de presentación del Presidente del Ateneo D. Enrique Barrero y el trabajo completo de Dª. Matilde Donaire.

"La Fundación Pablo Iglesias organizó una exposición que denominó Exilio entre los días 17 de septiembre a 28 de octubre de 2002 en el Palacio de Cristal del Parque del Retiro de Madrid, con la colaboración del Centro Nacional de Arte Reina Sofía. El Comité de honor de la exposición estaba presidido por SM. El Rey.

La ateneísta Matilde Donaire Pozo, miembro de nuestra Junta Directiva, visitó la exposición, quedó, sin duda, conmovida por lo que en ella vio y tomó su pluma, bien perfilada, para relatar lo que pudo contemplar y lo que tan estremecedora muestra le sugería.

No es la primera vez, desde luego, que Matilde toma la pluma para adentrarse en la evocación de un pasado doloroso que a ella le tocó muy de cerca. Hace unos años la Fundación El Monte editó su libro Raíces de la Esperanza en el que contaba en voz alta la experiencia que vivió de niña de la postguerra, como hija de vencido. Un breve libro, primorosamente escrito y emocionante. La ateneísta Pilar Paz Pasamar nos dice en su prólogo que Matilde escribe en él desde la memoria, que inició su andadura desde una experiencia de injusticia.

Ahora, al cabo de los años, en una vida serena, finalizada ya la excelencia de una vida laboral activa, Exilio la volvió a enfrentar con el pasado. Merecía la pena que el Ateneo realizara el esfuerzo de editar lo que nos dice, porque además de su contenido sustancial, sus palabras evocan, sin pretenderlo, ecos del más glorioso Ateneo: Juan Ramón, Luis Cernuda, Pedro Garfias, Diego Martínez Barrios...

Directivos del Ateneo de 1936, de los que no renegamos porque forman parte de nuestra historia, expulsaron de la Casa, a la que ya en cualquier caso no podrían volver, a Manuel Blasco Garzón y a Diego Martínez Barrios. El Diccionario de Ateneístas I que presentamos en junio pasado en el Salón Colón de nuestro Ayuntamiento, contiene, sin embargo sus semblanzas. Yo mismo tuve la ocasión de proponer a la Junta Directiva, que lo acordó por unanimidad, que se anulara aquel acuerdo de expulsión y que se repusieran formalmente sus nombres en la lista, tan plural y diversa, de los ateneístas desaparecidos. No para reabrir viejas heridas -decíamos- sino para aplicar los valores y principios que están presente en nuestra Constitución, tan cercanos a aquellos que forman parte del espíritu de nuestra fundación.

Hace poco tuvimos ocasión de promover un homenaje a la memoria de Manuel Blasco Garzón, Presidente del Ateneo nada menos que en aquellos actos literarios de 1927 que constituyen uno de los más firmes pilares de nuestro prestigio; y de ese homenaje ha quedado constancia en una de los numerosos fascículos que venimos editando en el afán de recuperar otra de nuestras más significativas y antiguas labores culturales. Queremos ahora, con la aquiescencia de Matilde, que la publicación de su trabajo sirva de homenaje a aquel otro ateneísta insigne: a Diego Martínez Barrios, del que ella incidentalmente nos habla al hilo de las vivencias y evocaciones que la exposición le produjo.

Exilio, expulsiones por actitudes contrarias a la causa de España, anulación de acuerdos, reposición de nombres... la historia. Una Constitución cuyo veinticinco aniversario celebramos. La abro y puedo leer, por ejemplo: La dignidad de la persona, los derechos inviolables que le son inherentes, el libre desarrollo de la personalidad, el respeto a la Ley y a los derechos de los demás son el fundamento del orden político y de la paz social.

Que está publicación del trabajo de Matilde Donaire, coincidente con tal aniversario, sea a la vez homenaje a la Constitución, a quienes, por anticipado, inspiraron en ella el espíritu del Ateneo de Sevilla y a todos los ateneístas que nos han precedido. En este caso con un particular recuerdo de Diego Martínez Barrios.


Enrique Barrero González.

 

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EXILIO. REFLEXIONES EN TORNO A UNA EXPOSICIÓN


"Tú dejarás cuanto te dé añoranza por querido;
y es ésta la primera flecha que el arco del exilio lanza.
Probarás cómo el pan sabe a salmuera, el pan de otros,
y cuan duro resulta el bajar y subir otra escalera".
Dante Alighieri

Estas estremecedoras palabras fueron como espadas clavadas en mi alma cuando las leí en el recorrido que hice por la exposición que sobre el exilio español organizó recientemente la Fundación Pablo Iglesias, en colaboración con el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía.

Magnífica y dignísima exposición de fotografías, obras, pensamientos, nombres.... Un sentido homenaje y reconocimiento a miles de españoles forzados a dejar su patria así como a los países que tan generosamente les acogieron. ¡Tantos poetas, escritores, profesores, políticos, y gente del pueblo sin cultura ni títulos, solo quizás el de su honradez y su decencia, unidos por aquel destino trágico...!

De entrada, en primer lugar, un ejemplar de la Constitución de 1931, una bandera republicana del Ateneo Español de México y la fotografía que recoge el bello y simbólico gesto de nuestros Reyes, inaugurando aquel trozo de historia de España, tan difamada y calumniada y tan conmovedora por otra parte. También ellos sufrieron el exilio.

La exposición estaba dividida en secciones que marcaban un recorrido cronológico: la retirada; la diáspora; la segunda derrota; la Numancia errante; los retornos, y, finalmente, los transterrados. Todas ellas con fotografías sobrecogedoras de hombres, mujeres y niños caminando sobre la nieve, cargados con algunos humildes enseres, llorosos y aterrorizados. Iban hacia lo desconocido. Como fueron Machado, o mi padre y tantos amigos de los que ahora estas fotos me traen el recuerdo.

La sección titulada "La retirada" recogía fotografías fechadas en febrero y marzo de 1937 de niños en el puerto de Bilbao esperando el barco que les llevaría fuera de España. A Francia llegaron, según las estadísticas que allí constan, veinte mil niños; a Bégica, en torno a cinco mil; a Inglaterra, unos cuatro mil; a la Unión Soviética, casi tres mil; a México, quinientos; a Suiza, unos ochocientos.... Hasta Dinamarca marcharon más de cien. ¡Los niños! ¿Qué sería de sus noches de frío y soledad? ¿Qué de sus miedos, de sus enfermedades y de tantas preguntas sin respuestas...? Ellos no podían escribir sus vivencias y hoy están casi borradas de la memoria histórica.

Había a continuación unas interesantes fotografías del Presidente de la República, Don Manuel Azaña, llegando a París por la estación de Lyon el 9 de febrero de 1939, y otras de Don Luis Companys y su esposa saliendo hacia París a primeros de ese mismo mes.

Impresionantes las fotografías de los campos franceses de concentración, el de Argelés-sur-mer y el de Saint Cyprien. En ellos, unos gendarmes conduciendo, empujando, a los españoles: "allez, allez. Les hommes par ici, les femmes avec les enfants par là". Familias separadas. ¿Entendían los refugiados el idioma? Creo que casi ninguno; no eran tiempos para facilitar ese conocimiento, por lo que su angustia se vería más agudizada por no saber, no entender.... Y otra vez los niños, los niños de la guerra, su martirio. Las fotos, estremecedoras, nos los muestran subidos en camiones, arrebujados por el frío (era febrero de 1939) unos sobre otros, como animales, llegando a Le Perthus, en Francia.

De nuevo los datos terribles, las estadísticas: unos doscientos setenta y cinco mil españoles recluidos, hacinados en aquellos campos de concentración franceses. Entre tantos desprotegidos, una vez más se me hizo presente la figura de mi padre en uno de aquellos campos entre los refugiados... El frío, la soledad, el miedo, el no saber qué ha sido de los suyos. La fotografía de Antonio Machado enfermo es un testimonio que vale para muchos otros. Una página de la Revista Aurora de Chile -"Alianza de intelectuales para la defensa de la Cultura"- resalta su lealtad. Otra fotografía muestra a un grupo de españoles en el campo de Bou Arfa (Argelia), en 1941, trabajando en la construcción del trans-sahariano; igualmente estremecedora, la de Max Aub en el campo argelino de Djelfa.

La sección siguiente se titulaba "La Diáspora". Sin tiempo para reponerse de la derrota y la expulsión de España, la Segunda Guerra Mundial provocó que muchos refugiados se tuvieran que marchar a América, Africa, Asia e incluso a Oceanía. Escalofriante el texto escrito por Max Aub sobre esta diáspora: ... España al alcance de las manos... Debían avistarse las costas españolas; hubiésemos dado parte de nosotros mismos por verlas. Yo sentía el azar de la tierra por mi costado, roto el mar por la vertedera de las bordas: Rosas, Cadaqués, Puerto de la Selva, y entre humos, lejos, Barcelona.

Uno de los objetos que más hondamente me impresionó fue esa maleta de cartón, ajada pero no rota, que Enrique Tapia adaptó para cunita de su pequeño hijo en el campo de concentración de Gurs, en Francia. Hay que detenerse ante ella, meditar, y rezar, pues es como un altar. Allí durmió, lloró y sufrió un bebé, uno más de tantos martirizados en aquella huida. Y es extraordinario que su padre y luego el hijo la hayan conservado como reliquia. Es un testimonio que siempre habrá que agradecer.

En esta sección leo el bello poema de Lorenzo Varela:

"¿Y cómo van a desterrarme entero si es mi cuerpo figura
de tu polvo, si mis huesos son del barro de tus eras
y la sal de tu mar está en mi piel?"

No sé quién fue este poeta, pero seguirá viviendo eternamente para todo el que lea este poema único, que tan certeramente refleja el exilio, la diáspora.

A continuación, "La segunda derrota". La invasión de Francia por los alemanes hizo que los españoles republicanos que lucharon en la Resistencia conocieran de nuevo los campos de concentración y exterminio en Dachau o Mauthausen. Su participación en la Resistencia fue reconocida por el General de Gaulle con las siguientes palabras: Guerrillero español, en ti saludo a tus bravos compatriotas, por vuestro valor, por la sangre vertida por la libertad y por Francia. Por tus sufrimientos, eres un héroe francés y español.

Consta -con datos fehacientes- que fueron cincuenta mil españoles los que participaron en la Segunda Guerra mundial como consecuencia de su destierro, sufriendo un mayor olvido pues no sabemos cuántos murieron en sus trincheras.

Hay otras fotografías impresionantes, como la del entierro del Presidente Don Manuel Azaña, o la de Don Julián Besteiro en la cárcel de Carmona. De este gran hombre tengo el testimonio directo que nos transmitió un fraterno amigo, Don Gabriel Valero, médico en Carmona, que igualmente allí encarcelado fue testigo de su sufrimiento y ejemplar vida en la cárcel. Murió Besteiro sin poder tener el consuelo de que, antes de morir, autorizaran la visita de su mujer. Una inútil crueldad.

Otro testimonio sobrecogedor sobre la muerte de Besteiro lo recojo del libro de Don José Jiménez Lozano titulado Los cementerios civiles y la heterodoxia española, en el que se citan dos importantes obras sobre su vida: El proceso de Julián Besteiro, de Ignacio Arenillas (Editorial Revista de Occidente, 1976) y Republicanos de catacumbas, de Régulo Martinez (Ediciones 99, Madrid 1999). De ellos transcribo estos comentarios, en los que queda bien reflejada la personalidad ética de Besteiro: en sus días de cárcel y enfermedad leía asiduamente la Biblia, algunos de cuyos libros, decía, aconsonantan perfectamente con el estado desilusionado de mi espíritu", y comentaba a sus compañeros sacerdotes vascos, presos junto a él, el Libro de la Sabiduría "con tanto acierto y un talento tan agnóstico exento de cualquier dogmatismo, que les pareció más conveniente darle las gracias y dejarle en su lectura porque abría brecha en sus convicciones.

Tras su muerte, tuvo un entierro muy singular ya que estuvo presidido por un sacerdote católico en completa comunión canónica con la Iglesia, el párroco de la Iglesia de Santa María de Carmona, quien a la vuelta del cementerio comentó: caso único en la historia española el que un sacerdote católico presida un entierro civil; pero es que ese hombre tan valioso y tan ejemplar lo merecía, y de seguro ha sido acogido en su piadoso seno por el Señor (Régulo Martinez, ob. cit., página 92).

Un amigo sacerdote ha averiguado el nombre de este párroco, que no era un joven precisamente: Don Juan Coronil Gómez. ¡Cuántos sacerdotes valientes como éste hubieran hecho bien en aquellos días aciagos en los que los perseguidos se vieron tan desprotegidos -cuando no atacados- por los ministros de la Iglesia!

"La Numancia errante", un nuevo capítulo de esta exposición sobre el exilio, venía encabezado por estos versos de Luis Araquistain:

"Somos una admirable Numancia
errante que prefiere morir gradualmente
a darse por vencida".

Así fue realmente. Los exiliados trataron no solo de sobrevivir sino también de mantener viva la legalidad constitucional por la que habían luchado, y trabajaron en los países a donde llegaron en la más absoluta pobreza, manteniendo con dignidad ejemplar la vigencia de sus convicciones políticas y sintiéndose unidos bajo su única bandera. De su ingente obra como científicos, historiadores, filósofos ó escritores aún quedan testimonios en Chile, Colombia, Inglaterra, Puerto Rico, y sobre todo en México.

A continuación, varias fotografías de Don Diego Martínez Barrios, elegido Presidente de la República en el exilio. En una de ellas junto a otro español de trayectoria ejemplar: Don Fernando de los Ríos. De Don Diego, leo estas sobrecogedoras palabras:

Mientras yo esté de pie, la causa republicana lo estará, y nada ni nadie llegará a conseguir que se pierda en el olvido o en la resignación cobarde la tarea histórica que me encomendaron las Cortes en el año1945.

Este sevillano ejemplar no pudo regresar a su tierra en vida, pero la añoró siempre. Tuve la suerte de conocer algunas anécdotas que reflejan su sencillez y humanidad, pues oí a Don Ramón Carande -que siempre que iba a París le visitaba- contar cómo Don Diego le comentaba cuánto echaba de menos a Sevilla, sus gentes, su clima, sus costumbres ..... Hasta llegó a pedirle que cuando le visitara le llevara algunos de los clásicos dulces sevillanos. En París murió en 1962. Sus restos descansan ya en la paz del Cementerio de Sevilla desde el año 2000.

Luego, las famosas fotografías de la entrevista de Don Juan de Borbón y Franco en el Yate "Azor", en 1948, y otras del entonces Príncipe de Asturias llegando a España para cursar sus estudios.

Le seguían "Los retornos". El 15 de junio de 1977, el entonces Presidente de la República en el exilio, Don José Maldonado, y el Presidente del Gobierno, Don Fernando Valera, declararon el fin de las instituciones republicanas. Los que pudieron regresar fueron los menos; entre ellos, Max Aub, Alberti, Tarradellas, Pasionaria, etc.
Y, por último, los transterrados, los que no pudieron regresar jamás. Impresiona la fotografía de Sus Majestades los Reyes, Don Juan Carlos y Doña Sofía, estrechando las manos de Doña Dolores Rivas, viuda de Azaña, cuando le visitaron con ocasión de su primer viaje oficial a México. Los transterrados, en la feliz expresión del filósofo José Gaos, formaron parte de aquella España peregrina integrada por los que prefirieron sentirse asentados sobre una tierra común: la de la lengua. Así, Pedro Salinas cuando escribe: Hoy para mí el idioma es la mejor memoria de mi país, y como lo estudio y lo explico resulta que, sin querer, sin desear acordarme, lo estoy recordando a todas horas; o Juan Ramón Jiménez cuando afirma que el milagro de mi español lo obró la República Argentina. Allí, escribió, Juan Ramón, me sentí reespañol, español renacido, revivido, salido de la tierra del desterrado, desenterrado... No soy ahora un deslenguado ni un desterrado, sino un conterrado ... lo que hubiera sido imposible no oyendo hablar en mi español. En la casa de Dios estoy ahora hablando y España está, en Dios, conmigo. Ahora soy feliz, madre mía, España, madre España, hablando y escribiendo como cuando estaba en tu regazo y en tu pecho.

España, madre España. De ahí que, en su vivencia y su deseo constante -que nunca pudo realizar- de volver a pisar su tierra en paz, Juan Ramón llevara siempre en el bolsillo de su traje, como nos cuentan sus biógrafos, unas piedrecitas de Moguer que acariciaba con nostalgia.

O que, según cuentan quienes le visitaron en su residencia de Altagracia en la Córdoba de Argentina, Don Manuel de Falla tuviera dos relojes, uno de los cuales marcaba siempre la hora de su añorada Granada.

Así fueron ellos, "Los transterrados", los que nunca pudieron regresar y murieron lejos pero viviendo en unión constante con su lengua y su patria.

Y por fin, al finalizar la exposición, el facsímil de la Constitución española de 1978, como símbolo de unión y reconciliación de todos los españoles.

* * * * *

Tanto amor y tanto sufrimiento de aquellos hombres, mujeres y niños no pueden quedar olvidados. Sí, la guerra civil fue un hecho histórico que ocurrió hace mucho tiempo...., según oí hace poco en boca de alguien que no tenía heridas en su alma, como si quisiera quitar importancia a su recuerdo; pero los que sí las tenemos, queremos que perdure la memoria histórica y, con ella la veneración de tantos españoles ejemplares que fueron víctimas del silencio.

Que no sobreviva el rencor, pero tampoco el olvido o la indiferencia. Que nos aliente su valiente ejemplo y sepamos honrarles manteniendo vivo su recuerdo, como si la guerra hubiese terminado ayer y así podremos superar el muro de olvido que les tuvo excluidos tantos años.

Ellos lo merecen.

Termino estas reflexiones en torno a la exposición sobre el Exilio con la dulzura de los versos de algunos de aquellos escritores transterrados que, como tantos otros, mantuvieron hasta su muerte los ideales de paz y libertad y la añoranza por su tierra y su lengua. De otro gran hombre, el poeta Manuel Altolaguirre, que también murió en el exilio y que tan bellamente supo expresar su tragedia, el poema

"Era mi dolor tan alto
que la puerta de la casa
de la que salí llorando...
me llegaba a la cintura.
.........................

Era mi dolor tan alto
que miraba el horizonte
por encima del ocaso".

Y este otro poema desgarrador de Luis Cernuda que tomo de su libro Un español habla de su tierra):

"...ellos, los vencedores
caínes sempiternos,
de todo me arrancaron.
Me dejan el destierro.
Una mano divina
tu tierra alzó en mi cuerpo
y allí la voz dispuso
que hablase tu silencio.
Contigo solo estaba,
en ti sola creyendo;
pensar tu nombre ahora
envenena mis sueños.
¿Cómo vive una rosa
si la arrancas del suelo?"

Por último, de entre las Poesías de la guerra española, de Pedro Garfias, unas estrofas de este bellísimo poema:

"Que hilo tan fino, qué delgado junco
-de acero fiel- nos une y nos separa
con España presente en el recuerdo,
con México presente en la esperanza.
Repite el mar sus cóncavos azules,
repite el cielo sus tranquilas aguas
y entre el cielo y el mar ensayan vuelos
de análoga ambición, nuestras miradas".

Honremos la memoria de tantos buenos españoles y tengamos siempre vivo su ejemplo, pues como expresa este bello "Comentario sentimental" publicado en la revista juanramoniana Helios (XIV-1904),

"Lejanas las personas, en los estantes están los libros. El que se ha embriagado con rimas de poetas amigos, puede muy bien ir luego solo por las avenidas y dentro del corazón se llevan corazones".

 

 

 


 



 
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