Sesión dedicada a la
memoria del ateneísta D. Manuel Halcón
Con la habitual presentación del Presidente
D. Enrique Barrero, contiene el homenaje tributado al ateneísta,
novelista y académico D. Manuel Halcón el 11 de noviembre
de 2003. Recoge el fascículo las palabras pronunciadas por
D. Eloy Domínguez-Rodiño Sánchez-Laulhé,
Abogado, D. José Vallecillo López, Profesor de Literatura
y experto en la obra literaria de D. Manuel Halcón, D. Jacobo
Cortines, de la Real Academia Sevillana de Buenas Letras y D. Rogelio
Reyes, Director de la propia Academia. Damos a continuación
las palabras de D. Rogelio Reyes contenidas en el homenaje.
"Agradezco muy de veras tanto a su familia como
al Ateneo de Sevilla que se me haya invitado a tomar la palabra
en este cordial, sencillo y amigable homenaje a Manuel Halcón,
que, si he entendido bien, quiere ser a la vez un reconocimiento
público a su valía como escritor y a su legado espiritual
y un recuerdo afectuoso a su persona. Gratitud que expreso a título
personal pero también en nombre de las dos instituciones
a las que estoy ligado por profesión y por vocación
: la Universidad de Sevilla y la Real Academia Sevillana de Buenas
Letras. Me siento muy honrado por esta invitación, aunque
a diferencia de las personas que han hablado antes que yo, unidos
al escritor por amistad o por haber estudiado su obra, no me considero
con ningún mérito especial para hacerlo. He sido,
y sigo siendo, un lector y un admirador del talento literario de
Manuel Halcón, pero es muy poco, por no decir casi nada,
lo que he escrito sobre él. Mi labor en ese sentido ha sido
mucho más modesta : dirigir la tesis doctoral de mi antiguo
alumno y hoy compañero en la docencia José Vallecillo,
que, como ustedes acaban de comprobar, se ha convertido ya en un
destacado especialista en la narrativa de Don Manuel, y organizar
junto a Jacobo Cortines el homenaje que le hicimos en la Academia
con motivo del centenario de su nacimiento y que ha quedado plasmado
en un bello libro editado por la Hermandad de los Santos de Lebrija.
Hace pocos meses, y gracias a la amabilidad de
su hija, confluimos en "El Cañuelo", el hermoso
cortijo de la vega de Mairena que guarda vivo el recuerdo del escritor,
muchas personas que lo trataron en vida, otras que tal vez sólo
lo habían conocido esporádicamente, y algunos -como
era mi caso- que sin haber hablado nunca con él, sentíamos
una creciente admiración por su obra. El lugar no pudo estar
mejor elegido, pues a todos nos evocaba inevitablemente una de las
dos caras de la personalidad literaria de Manuel Halcón:
su honda vocación rural, los amplios espacios delimitadores
de un universo narrativo que se alimenta de una riquísima
cultura agraria de cuya inevitable decadencia él había
sido su mejor notario. La otra cara de su compleja personalidad
fue paradójicamente su acusada faceta urbana, ese refinado
cosmopolitismo propio de la ciudad que le impelía a vivir
en ella y a volver todas las tardes a su casa de Sevilla, a no pasar
nunca la noche en el campo y a distanciarse de él para no
perder del todo la perspectiva de las cosas y probablemente para
no sucumbir a la trampa de ninguna suerte de aldeanismo. Como Don
Juan Valera, Halcón fue también un hombre de mundo
en el mejor sentido de la expresión, un ciudadano universal
que no quiso elegir entre el campo y la ciudad porque en ambos espacios
supo ver dos formas de cultura igualmente atrayentes y complementarias.
Nada tiene que ver -y él lo supo intuir mejor que nadie-
el campo de hoy con aquel espacio epilogal que con tanta veracidad
reflejó en sus importantes novelas rurales; un espacio felizmente
salvado del olvido gracias a su creatividad literaria .Pero a mí
me conmovía el hecho de saber que la tierra que pisábamos
aquella tarde en el cortijo de la vega era la misma que él
había pisado muchas veces, e idénticos aquellos amplios
horizontes que evocaban su recuerdo y que habían quedado
fijados ya para siempre en las páginas de sus mejores textos:
En Los Dueñas, en Ir a más, en Manuela
,
y en tantas otras.
Manuel Halcón fue un novelista de corte tradicional
en sus planteamientos narrativos pero de una agudeza crítica
y una lucidez intelectual enteramente modernas en la recreación
estética de la vida andaluza de la segunda mitad del siglo
XX. Encuadrado por nacimiento y por ambiente en una estirpe de grandes
escritores vinculados al mundo de la aristocracia rural, como el
Duque de Rivas o Don Juan Valera o José Antonio Muñoz
Rojas, hoy felizmente vivo, supo captar con extremada finura los
últimos vestigios de una cultura agraria a punto de extinción
; la imparable decadencia de un modelo de sociedad vinculada a la
tierra, radiografiada por él con implacable y paradójico
distanciamiento crítico; la riqueza espiritual de la gente
sencilla del campo; o la fortaleza y el profundo misterio de los
personajes femeninos, a los que retrató con mucha maestría.
Y todo ello en un proceso de escritura paralelo en el tiempo y en
la última intención artística -por muy extraño
que esto pueda parecer- al de los novelistas del llamado "realismo
social" de la España de la larga postguerra, sólo
que con sustanciales diferencias en el perfil de los ambientes retratados.
Halcón no aplicó su mirada de narrador
a las lacras del proletariado urbano ni a las víctimas de
la opresión política sino al ámbito social
que él mejor conocía, el de la burguesía rural
y el campesinado que durante siglos habían vivido unidos
a la tierra, dos clases que habían sido protagonistas de
un modo de entender la vida, de toda una cultura que desbordaba
los límites de un mero conflicto social. Lo que Halcón
constató desde su doble observatorio (dentro y fuera a la
vez de los ámbitos rurales) no fue la proximidad de una revolución
ni un simple cambio de manos de la propiedad agrícola, sino
algo de más profundo calado: la inevitable descomposición
de un modo de entender la vida, de un sistema de valores y unas
pautas de comportamiento que ya en estos momentos podemos dar por
desaparecidos prácticamente en su totalidad.
El resultado de esa opción, producto de una coherencia personal
y estética digna de todo elogio, ha quedado plasmado en sus
grandes novelas: un retrato inteligente y veraz, un valioso testimonio
literario que deja al descubierto muchas claves de la sociedad andaluza
en un trance histórico crítico e irreversible. Un
retrato amoroso pero no elegíaco, dictado por una clarividente
y tantas veces fría conciencia histórica que le llevó
a levantar acta notarial de lo irremediable. Éste es, en
mi opinión, el mayor mérito del legado literario de
Manuel Halcón , lo que asegura la vigencia de su obra y lo
que da más valor a sus novelas, que son ya leídas
hoy -y sin duda lo serán mucho más en el futuro- como
una muy consciente fabulación de un espacio social muy distintivo
dentro de la España de su tiempo y muy rico en claves culturales
y humanas que él supo analizar desde una posición
a veces ciertamente incómoda, propia de quien debe compartir
la pertenencia a esos mismos ámbitos implacablemente radiografiados
con el distanciamiento crítico que exige siempre el juicio
literario. Cómo logró Halcón superar en el
plano personal y biográfico esta paradoja pertenece, sin
duda, a su más secreta intimidad. Pero no debió de
resultarle fácil esa suerte de "desclasamiento"
mental que le permitiría objetivar en la medida de lo posible
la descomposición de su propio mundo.
Hay que estar muy seguro de uno mismo para cumplir con decoro con
tan arriesgados propósitos: situarse al mismo tiempo dentro
y fuera de su hábitat natural, tomar distancias no ya de
lo ajeno sino de lo que a uno le es propio. Por ello fue un personaje
atípico que tuvo a veces que nadar contra corriente y revestirse
de perfiles contradictorios, lo que sin duda acentúa, visto
desde hoy, su innegable atractivo. Hijo de familia rica, pero con
un talante crítico para con su propia clase que nunca disimuló.
Educado en colegios de élite, pero de tendencia autodidacta.
Reacio a cursar una carrera universitaria, pero de gran vocación
lectora. Hombre de ciudad, pero profundamente identificado con el
mundo del campo, del que nos dejó un magistral retrato en
su discurso de ingreso en la Real Academia Española. Poseedor
de una cultura humanística capaz de integrar lo universal
y lo local, pero inmune a los exclusivismos aldeanos. Amante de
Sevilla pero establecido en Madrid, desde donde seguía con
gran interés pero con irónico distanciamiento de raíz
literaria las cosas de su ciudad. Afín a los vencedores de
la Guerra Civil pero muy pronto discretamente apartado del poder
por sus simpatías monárquicas. Escritor nato pero
sumamente pudoroso, enemigo de todo exhibicionismo público
y de medrar en el mundillo literario. Hombre elegante y refinado,
con poder de seducción personal, y al mismo tiempo de discreción
suma. Fernando Lázaro Carreter, su compañero académico,
que lo trató bastante en sus últimos años,
ha dicho de él que era"orgullosamente modesto".
"Quiero decir -añade- que tuvo siempre plena conciencia
de quien era, de su calidad de escritor, de su rango social, del
respeto que imponía su señorío
"
Yo, como digo, no llegué a conocerle personalmente
ni mucho menos a tratarle. Pero intuyo, por la lectura de sus obras,
que si algún orgullo hubo en él debió de ser
lógica consecuencia de su lucidez intelectual, de su capacidad
para percatarse del signo de los tiempos , del curso cambiante y
huidizo de la historia, que él atrapó en sus relatos
con fría y a la vez con elegante precisión. Se daba
cuenta, sin duda, de lo que otros muchos se resistían a ver:
que acababa un mundo y empezaba otro. Su mayor mérito no
radica, pues, ni en la estructura de sus novelas ni en la posible
novedad de sus recursos narrativos que, como digo, se ajustan a
un modo de contar muy tradicional, sino en esa profunda percepción
anticipadora de las cosas. Se ha repetido muchas veces que sus Recuerdos
de Fernando Villalón, publicados en 1941, son una lúcida
anticipación de la famosa novela Il Gattopardo de
Giuseppe Tomasi di Lampedusa, aparecida mucho más tarde,
en 1958, un año después de la muerte del aristócrata
siciliano que supo retratar con admirable sentido de narrador y
memoralista el lento declive de una clase y unas formas de vida.
Halcón dejó constancia de esos mismos objetivos en
el subtítulo de esos Recuerdos: " Apuntes para la historia
de una familia". Pero si Lampesuda fue, como tantas veces se
ha dicho, autor de un solo libro, el novelista sevillano mantuvo
luego a lo largo de muchos títulos esa misma voluntad integradora
de memorialismo y ficción, de fabulación y de historia
social, en un lúcido retrato de decadencia en el que él
mismo se sintió concernido. Al igual que Stendhal, paseó
su espejo por los caminos de su tiempo y en un gesto de coherencia
tuvo la valentía intelectual de radiografiar su propio mundo.
Como soy profesor de literatura, algo sé de
la variable, azarosa y a veces caprichosa condición de las
estimaciones y modas literarias, tantas veces sujetas a factores
que poco tienen que ver con la objetividad y la justicia estética.
Manuel Halcón, como Azorín, como tantos otros escritores
de valía que fueron muy apreciados y leídos en su
tiempo, ha venido siendo durante muchos años una víctima
más de esa desmemoria colectiva, de un injusto silencio asentado
en razones extraliterarias. El paso del tiempo va por fortuna desechando
prejuicios, y su obra, releída ya con mejor perspectiva histórica,
aligerada poco a poco de apriorismos ideológicos o sociales,
nos está devolviendo al primer plano su valor más
seguro: el innegable talento de un escritor de raza que tuvo que
resolver la difícil papeleta de ser a la vez protagonista
y testigo de un mundo en fuga que ya pertenece para siempre al reino
de la mejor literatura española del siglo XX".
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