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Estudio del Profesor Dr. Don Rogelio Reyes Cano, para presentar la reedición del Álbum Cervantino

El día 22 de abril de 1616, en una casa de la calle de León, moría en Madrid Miguel de Cervantes, un año después de la publicación de la segunda parte del Quijote y sólo unos meses antes de la aparición póstuma del Persiles, cuyo famoso prólogo, tan comentado por la crítica, recoge su despedida, no sabemos si real o simbólica, del mundo: "¡Adiós, gracias; adiós, donaires; adiós, regocijados amigos! Que yo me voy muriendo y deseando veros presto contentos en la otra vida".

En aquella España de los albores del siglo XVII, abocada ya a una lenta pero sostenida declinación política y militar, la figura de Cervantes, después de tantos contratiempos y tantas frustraciones biográficas como hubo de padecer, se estaba consolidando como la de un escritor que empezaba a gozar ya de cierta fama y reconocimiento gracias sobre todo al éxito del Quijote, cuya segunda parte, tras la aviesa intromisión de Avellaneda, había sido esperada con fruición por los numerosos lectores de la primera. Su muerte no hizo sino acrecentar ese incipiente éxito de público conseguido en los últimos años de su vida después de penalidades sin cuento y no pocos sinsabores que al fin comenzaban a ser recompensados, haciendo así relativa justicia a quien sin duda había sido merecedor de más alta estima social y literaria.

En efecto, a pesar de la conocida afirmación de "Azorín" de que "el Quijote ni fue estimado ni comprendido por los contemporáneos de Cervantes", lo cierto es que el libro había suscitado entre los doctos de su tiempo un evidente interés, provocado por su condición de obra de risa y entretenimiento, muestra valiosa del ingenio y la inventiva de su autor, quien desde la publicación de la segunda parte quedó consagrado en la historia de la literatura española como uno de los más originales creadores de obras de ficción. Los lectores españoles de la época no apreciaron obviamente en la novela la trascendencia ideológica y estética que con posterioridad se le ha reconocido, pero vieron en ella un motivo para el regocijo y la diversión, una obra de humor y de risa ubicada en el ámbito de la llamada literatura de "ingenio" del Barroco.

La fama de Cervantes se acrecentó y consolidó notablemente en la época ilustrada, en la que el Quijote fue valorado sobre todo como un libro de intención satírico-moral , valoración muy acorde con el perfil didáctico de la cultura del siglo XVIII. A mediados del siglo XIX los románticos lo verán ya como un monumento literario a la imaginación y un genial exponente de la oposición entre lo real y lo ideal. Más tarde será apreciado como expresión simbólica de una nueva visión del mundo y del hombre, que se hace patente sobre todo en el interés que por Cervantes sintieron los escritores de las generaciones del 98 y del 14, quienes desde el ensayo literario y filosófico o desde la crítica universitaria escribieron textos angulares sobre la obra cervantina y contribuyeron a su lectura y consagración en una medida antes impensable. Posiblemente no pueda hallarse en el curso histórico de los estudios cervantinos un momento de tanta brillantez como fue esa primera mitad del siglo XX, en la que vieron la luz trabajos tan decisivos como Vida de Don Quijote y Sancho (1905), de Miguel de Unamuno, La ruta de Don Quijote ( 1905 ), de "Azorín", Meditaciones del "Quijote" ( 1914), de Ortega y Gasset, El pensamiento de Cervantes ( 1925), de Américo Castro, o la Guía del lector de Cervantes (1926), de Salvador de Madariaga. A partir de ellos Cervantes fue reinterpretado en clave intelectual no como el "ingenio lego" del que hasta entonces se venía hablando sino como un auténtico "ingenio docto", reflexivo e innovador, disidente y crítico con el sistema oficial de valores vigente en la España que le tocó vivir. Por las mismas razones, el Quijote comenzó a ser leído como la creación de un genio que se anticipó a su época con el hallazgo de una fórmula literaria que desde el feliz empleo del humor y de la ironía encara lúcidamente el problema esencial del relativismo humano y la ambigüedad de lo real.

El resultado de tan viva actividad intelectual fue el desarrollo de un creciente cervantismo de alto nivel, paralelo al que desde un ámbito más modesto venían desarrollando otros estudiosos, menos profesionales de la crítica científica y más orientados a la exégesis documental y erudita que a la interpretación filosófica, histórica o filológica, pero igualmente activos en esa corriente de admiración y hasta de auténtica devoción hacia el gran escritor alcalaíno. Baste recordar, en lo que respecta a la aportación sevillana, la riqueza de datos del trabajo de José María Asensio y Toledo sobre Cervantes y sus obras (1902) o de los estudios sobre el capítulo de los galeotes (1912), los Nuevos documentos cervantinos (1914) y las ediciones de Rinconete y Cortadillo (1905) y del mismo Quijote (1911-13) que el autor más significativo de esta línea crítica, Francisco Rodríguez Marín, el llamado "Bachiller de Osuna", había publicado con anterioridad a 1916, año en que se cumplían los trescientos de la muerte de Cervantes. Mucho tuvo que ver como después veremos, este erudito ursaonense y destacado ateneísta en la celebración de las fiestas cervantinas que ese mismo año se celebraron en Sevilla de la mano del Ateneo de la ciudad.

Ese ambiente de exaltación cervantina que se vivía en la España de las primeras décadas del siglo XX explica muy bien la ilusión y el entusiasmo con que en las fechas inmediatas a 1916 se esperaba en todo el país la llegada del tercer centenario de la muerte del genial escritor. Sevilla, una de las ciudades españolas más vinculadas a la vida y a la obra de Cervantes, se sumó diligentemente a la conmemoración y planificó un conjunto de actos coordinados por una Junta Provincial del Centenario que se había creado al efecto. Muchos y variados fueron esos actos, unos de carácter marcadamente intelectual y otros de mayor proyección pública y divulgativa, que el lector podrá ver puntualmente reseñados por Luis Montoto en la Crónica incluida en este álbum que hoy reedita en facsímil el Ateneo de la ciudad. No todos, sin embargo, llegaron a celebrarse, pues el Gobierno de la nación, ante las circunstancias bélicas por las que atravesaba Europa en esos momentos, convulsionada por la llamada Gran Guerra (1914-1918), suspendió las "fiestas oficiales" del Centenario al objeto, nos recuerda Luis Montoto, de poder "celebrarlas , con el concurso de todos los pueblos, el día -¡Dios quiera llegue luego! - que gocen del soberano bien de la paz".

La medida enfrió las expectativas despertadas y provocó en ciertos ambientes algunas reacciones de rechazo. España, como se sabe, mantenía en este conflicto una estricta neutralidad, y quizá por ello la decisión política generó en algunas instancias una indisimulada frustración de la que se hace eco, por ejemplo, el entonces Presidente del Ateneo sevillano José Monge y Bernal, quien en la Dedicatoria de este álbum declaraba con cierta reticencia que "no es ahora ocasión ni momento oportuno para juzgar si el Gobierno hizo bien o no en suspender las fiestas oficiales del Centenario… Creemos, sin embargo, que hubiera sido muy conveniente que, mientras los pueblos más cultos de la tierra se despedazan en apocalíptica contienda, nosotros aprovecháramos el tiempo reconstituyendo y vigorizando nuestra personalidad nacional, y, conjuntamente, celebrar la fiesta de las letras patrias, congregadas y reunidas cabe la ingente figura del Príncipe inmortal de los ingenios españoles". Con menos carga política y mayor lirismo se lamentaba también Luis Montoto de este desmarque gubernamental que frustró el entusiasmo procervantino de muchos: "El espíritu del mal entorpece y malogra tal vez las obras del amor. El mal de la guerra pretende velar la gloria del Príncipe de los Ingenios Españoles. La noche no es eterna". Y en parecidos términos se pronunciaron igualmente algunos de los conferenciantes que intervinieron en la fiesta ateneísta, como Blanca de los Ríos y Adolfo Rodríguez Jurado, quienes elogiaron el gesto de gallardía que tuvo la institución sevillana al seguir adelante con el proyecto a pesar de las restricciones oficiales.

De la extensa lista de actividades programadas inicialmente por la Junta Provincial del Centenario (honras fúnebres en la catedral por el alma de Cervantes, certámenes artísticos y literarios sobre su figura, colocación de inscripciones y placas conmemorativas, ediciones divulgativas de sus obras, representaciones teatrales, conferencias y juegos florales, etc.) no todas pudieron llevarse a efecto. Al quedar en suspenso la iniciativa oficial, algunos de estos actos fueron anulados y otros se celebraron sólo parcialmente, sin la brillantez que cabía esperar cuando se contaba con el apoyo público. Así ocurrió, por ejemplo, con el encargo que la Junta hizo a Gonzalo Bilbao para que pintase una copia del supuesto retrato de Cervantes atribuido a Juan de Jáuregui, propiedad de la Real Academia Española, con el propósito de que el mismo presidiera todas las fiestas cervantinas de la ciudad. Tras la suspensión gubernamental, el artista donó su obra al Ayuntamiento.

Entre los proyectos diseñados por la Junta tomó cuerpo también la interesante propuesta de Luis Montoto de recordar con placas de cerámica los numerosos enclaves cervantinos de nuestra ciudad. Aceptada la misma, el propio Montoto se encargó de la redacción de los textos, apoyándose sobre todo en el valioso arsenal de datos recogidos por Rodríguez Marín en su edición de Rinconete y Cortadillo. El diseño de las placas se encargó al erudito José Gestoso y su fabricación a los talleres trianeros de Mensaque. Ambos hicieron un trabajo primoroso que dio sin duda realce y categoría a nuestras calles. Gracias a esa feliz iniciativa, hoy podemos seguir, a través de muchas de sus fachadas, el extenso y riquísimo "itinerario" cervantino de Sevilla. La primera referencia a este "itinerario" fue la lápida de mármol, hoy inexistente, que la Real Academia Sevillana de Buenas Letras, en acto solemne, con la presencia de las autoridades y representaciones de la ciudad, colocó en la fachada de la iglesia del antiguo Colegio de Maese Rodrigo, junto a la Puerta de Jerez, y en la que se alude a uno de los episodios del Coloquio de Cipión y Berganza, que " Miguel de Cervantes imaginó como ocurrido en este lugar próximo a los Mármoles de Maese Rodrigo" Fue el colofón de todas las fiestas cervantinas del año del Centenario, que habían comenzado en octubre de 1915 con otro homenaje de la citada Academia.

A pesar de la restricciones oficiales, el año 1916 fue, como vemos, pródigo en fastos cervantinos. protagonizados en su mayor parte por tres instituciones culturales de la ciudad: la Universidad, la Academia de Buenas Letras y el Ateneo y Sociedad de Excursiones. La primera organizó en la iglesia de su sede en la calle Laraña una sesión académica en la que participaron los profesores Joaquín Hazañas y la Rúa y Cristóbal Bermúdez Plata y dos alumnos que más tarde serían importantes escritores sevillanos: Rafael Laffón, notable poeta del grupo Mediodía, y José María Romero Martínez, después médico y miembro destacado del Ateneo, en donde llegó a ser Presidente de la sección de Literatura en los días de las famosas "veladas" poéticas de diciembre de 1927 celebradas con motivo del tercer centenario de la muerte de Góngora y en cuya organización jugó un papel decisivo. Murió trágicamente en Sevilla en 1936, víctima de la Guerra Civil española. En 1916 ambos debían estar cursando sus últimos años universitarios, Laffón en la Facultad de Derecho y Romero en las de Ciencias Químicas y Medicina. Los dos leyeron en este acto cervantino otras tantas composiciones poéticas. En la suya Laffón -dice Luis Montoto- " nos dio la visión de un pícaro, un matiz de los tiempos de la jacarandina". Fue la de Romero " una oración, mejor diría, la oración-epitafio del autor del Quijote". "Jóvenes que sienten así -añadía enfáticamente don Luis- no teman que Cervantes los desdeñe: hubiéralos ensalzado en el Viaje del Parnaso o en el Canto de Calíope".

Pero fue el Ateneo y Sociedad de Excursiones de Sevilla la institución que más actividad desplegó en la celebración del Centenario de la muerte de Cervantes. Sin duda por la confluencia de varios factores que facilitaron esa labor. Entre ellos, y muy especialmente, la condición ateneísta de algunos importantes conocedores de la obra cervantina, comenzando por Rodríguez Marín, consagrado ya en las primeras décadas del XX como destacado especialista con sus artículos y ediciones críticas del gran escritor. Don Francisco en su etapa sevillana había sido también uno de los más señalados artífices del esplendor del Ateneo, convertido en los años finales del siglo XIX y primeras décadas del XX en uno de los foros intelectuales más activos de Andalucía. Por todo ello se le concedió el honor de ser el mantenedor de los Juegos Florales en homenaje a Cervantes celebrados por la Docta Casa en la primavera de 1916, recogidos también en este álbum que ahora se reedita. Como podrá ver el lector, en el mismo figuran asimismo otros socios y personas estrechamente relacionadas con el Ateneo, entre ellos su entonces Presidente José Monge y Bernal; Joaquín Hazañas y la Rúa, catedrático de la Universidad y autor de un docto estudio sobre Los rufianes de Cervantes que había visto la luz en 1906; el médico y catedrático José Gómez Ocaña; el abogado Adolfo Rodríguez Jurado; y los escritores Blanca de los Ríos, conocida en el mundo de la crítica literaria de entonces por sus estudios sobre Tirso de Molina, Luis Montoto, atento conocedor del pasado literario de Sevilla, y los hermanos Álvarez Quintero, que habían hecho adaptaciones teatrales de algunas obras de Cervantes. También participaron directamente en los actos o simplemente colaboraron en su organización otros personajes muy conocidos de la vida cultural sevillana de entonces, como el pedagogo Manuel Siurot y el escritor y humanista José María Izquierdo, cuyo proverbial entusiasmo y dotes de persuasión, patentes más tarde en la creación de la Cabalgata de Reyes, debieron sin duda dejarse sentir en la buena marcha de estos fastos cervantinos del Ateneo, a juzgar por las "reiteradas instancias" que hizo cerca de Joaquín Hazañas para que participara en los mismos. Un José María Izquierdo convertido ya, tras la publicación de su libro Divagando por la ciudad de la Gracia (1914), en verdadera conciencia cultural de Sevilla pero lejos todavía por aquel entonces de la aureola mítica que terminarían otorgándole su prematura muerte y las excelentes semblanzas líricas que de él trazaran algo más tarde Juan Ramón Jiménez y Luis Cernuda.

Junto a tantas artífices de la pluma, el álbum ofrecía también el concurso de notables pintores y dibujantes de la época como Gustavo Bacarisas, Miguel Ángel del Pino y Sardá, Alfonso Grosso, José Pinelo Yanes y Juan Lafita, autores de sus valiosas ilustraciones, orientadas en su mayoría, tal como correspondía al espíritu de los editores del libro, hacia la estética historicista y costumbrista que por otra parte seguía estando de moda en aquellos años: cuidados dibujos de tema cervantino, orlas y grecas, realces de letras capitales, remates de páginas…, etc., que denotan el primor con que este Álbum cervantino fue concebido e impreso. Es evidente que el Ateneo de Sevilla, al suscribir el compromiso público de rendir homenaje a Cervantes en fecha tan significativa, quiso hacer frente al mismo con todo empeño y competencia. Organizó los actos en los meses de abril y mayo de 1916 y tuvo el acierto de diversificar las actividades, integrando en ellas tanto la nota erudita (a través de las conferencias de destacadas figuras del mundo intelectual, pronunciadas unas en el Ateneo y otras en el Salón LLoréns) como la faceta más popular y festiva: juegos florales, celebrados en el teatro San Fernando, certámenes literarios y veladas teatrales, estas últimas en el teatro Cervantes, donde la compañía de Federico Oliver y Carmen Cobeña representó dos piezas de los hermanos Álvarez Quintero: Los galeotes, comedia en cuatro actos inspirada en el conocido episodio del Quijote, y Rinconete y Cortadillo, adaptación escénica del famoso relato picaresco.

La Docta Casa recurrió, como vemos, al concurso de los estudiosos y especialistas residentes o vinculados con la Sevilla de entonces que más realce podían dar a la conmemoración. Y tuvo la feliz idea de editar con todo primor un bello álbum que recogiera y diera fe de todas esas actividades. Publicación que vio la luz en mayo de 1917, en la imprenta sevillana de Juan Pérez Gironés. El álbum constaba de cinco partes: una Dedicatoria a la reina de los Juegos Florales, la señorita Catalina Domínguez y Pérez de Vargas; un Prólogo del Presidente del Ateneo, Monge y Bernal; las cinco Conferencias Cervantinas; los el programa y cuadro de honor de los Juegos Florales Cervantinos, con un nuevo discurso del Presidente del Ateneo y otro de Rodríguez Marín mantenedor de los juegos, sobre "La cárcel en que se engendró el Quijote", que leyó en su nombre Serafín Álvarez Quintero; la Velada Teatral Cervantina, con el texto íntegro de la adaptación teatral de Rinconete y Cortadillo realizada por los hermanos Álvarez Quintero; y finalmente la Crónica de todos los actos del Centenario celebrados en Sevilla.

Hoy, casi noventa años después de aquellos actos, ese álbum posee sin duda un gran valor histórico y testimonial. Refleja, por una parte, los estereotipos sobre Cervantes que entonces estaban vigentes en la estimativa de amplios sectores de la opinión pública española, coincidentes con los juicios más conservadores de Menéndez y Pelayo y Menéndez Pidal, que ponían el acento en el tradicionalismo de Cervantes como expresión genial de la vieja cultura castellana. Juicios anteriores en el tiempo al giro interpretativo de los trabajos de Américo Castro a fines de los años 20, de los que se deriva ya la imagen de un Cervantes más culto, impuesto en el conocimiento de las poéticas y de los movimientos espirituales del Renacimiento y muy crítico con la realidad española de su época, a la que retrata con inteligente ironía.

En efecto, los contenidos de las conferencias del álbum poco tienen que ver, salvo rara excepción, con este último punto de vista. Por el contrario, de ellas emerge más bien un Cervantes de tintes castizos, vinculado a la idea de patriotismo y a la nostalgia de la pasada grandeza imperial de España; realzada, a veces con un punto de exceso, su innegable relación literaria y biográfica con Andalucía y con Sevilla. Y envuelto casi siempre el discurso en el tono encomiástico y la inevitable carga retórica que eran propios de este tipo de actos, más dados por lo general a la exaltación emocional y al elogio fácil que a la búsqueda del rigor crítico. En ese sentido el álbum pose un aire de época, un sabor decimonónico que se revela también en su carga tópica y en sus aires declamatorios, rasgos que permiten contemplarlo hoy, a tantos años de distancia, como un curioso e interesante testimonio de unos gustos y unos rituales literarios pertenecientes ya a otro tiempo. Ese aire inevitablemente "antiguo" se percibe muy bien en los temas y en el tono de las diferentes intervenciones.
Así Blanca de los Ríos ("Sevilla, cuna del Quijote") pone el acento, con garbo literario, en el andalucismo de Cervantes y en su significación cultural en "los dos lados del Atlántico". Gómez Ocaña ("La invención del Quijote") aplica el punto de vista del profesional de la medicina para hablar de la personalidad del héroe cervantino (la locura, el mundo de la risa…). Siurot ("La generación del Quijote") despliega su ampulosidad oratoria para resaltar el patriotismo de Cervantes y el valor modélico de su persona. Rodríguez Jurado ("Apuntes para una página cervantina de la historia de Sevilla") subraya, con aporte documental, un episodio biográfico del gran escritor. Hazañas y la Rúa ("Sancho"), más sobrio y riguroso, analiza la evolución del personaje. Monge y Bernal, más en su papel institucional, resalta en varias ocasiones, con florida palabra la significación del homenaje. El mantenedor de los Juegos Florales, Rodríguez Marín, contribuye con una disertación sobre "La cárcel en que se engendró el Quijote", complementando otros trabajos anteriores suyos sobre ese mismo asunto. Y Luis Montoto, en lírica y algo hiperbólica crónica final, recapitula todos los fastos cervantinos celebrados a lo largo del año en la ciudad de Sevilla. Los "Juegos florales", con el consabido ritual profemenino de "Reina" y "Damas de la corte de amor", y la "Velada teatral" cervantinos completan todo ese despliegue literario-recreativo tan propio de la época.

El álbum, leído desde el estado actual de los estudios sobre Cervantes y de los usos y ritos literarios de la sociedad de hoy, tiene pues, sin duda, un inequívoco sello antañón. Pero en relación con la reciente historia de nuestra ciudad, su edición en el contexto de las fiestas del Centenario hay que verla también, desde una perspectiva más moderna e innovadora, como fiel reflejo del espíritu y las inquietudes de uno de los grupos intelectuales más activos de la Sevilla de principios del siglo XX, ése que, vinculado al Ateneo, estaba apostando por la regeneración cultural de la ciudad y por dar a la gran metrópolis andaluza el impulso económico y social que la proyectara hacia la modernidad. Era el sueño del gran ateneísta José María Izquierdo, que, en contra lo que muchos erróneamente creen, tenía muy poco de sevillano autocomplaciente y mucho de soñador de una Sevilla próspera y moderna en la que se hicieran realidad las propuestas del mejor regeneracionismo de la época. La obra de Izquierdo, a pesar de su marcado tono lírico, supuso en 1914 una valiosa propuesta intelectual que ilustraba muy bien ese ideal innovador de los espíritus más lúcidos de la Sevilla de entonces que hicieron posible la gran empresa de la Exposición Iberoamericana, finalmente celebrada en 1929 pero concebida y preparada con verdadero entusiasmo desde principios de siglo. En el curso de esos largos años el Ateneo se implicó a fondo y dotó de soporte intelectual a tan atractivo proyecto.

Sólo en ese ambiente que hacía compatible un ideal regionalista de signo cultural, patente en revistas como Bética y La Exposición, con un inequívoco sentimiento de pertenencia a la fuente común de la cultura hispánica, puede entenderse desde mi punto de vista el gran empeño que puso el Ateneo sevillano en celebrar con toda dignidad el Centenario cervantino. En la conciencia de sus organizadores, Cervantes aparecía como un exponente del pasado esplendor histórico de España pero también como un símbolo de los lazos culturales y espirituales que a través de una lengua común unían la antigua metrópolis con las nuevas naciones de Iberoamérica. Su persona y su obra enlazaban el pasado con el presente y eran un puente tendido hacia el futuro, hacia la plasmación práctica del arquetipo de la Hispanidad, ideal intelectualmente formulado en estos primeros años del siglo y sin duda presente en la voluntad de los organizadores del magno certamen sevillano. Por otra parte, el marcado "sevillanismo" desplegado por el gran novelista en muchas de sus páginas literarias otorgaba a la ciudad un protagonismo de primer orden en relación con ese ideal americanista que alentaba la empresa de la Exposición, para la que Sevilla esgrimía su gran papel histórico como "puerto y puerta" del Nuevo Mundo, su rico patrimonio cultural y artístico y su condición de metrópolis de Andalucía. Enfoque historicista y a la vez proyectivo de la ciudad que, asociados al paradigma de Cervantes como suprema expresión de la cultura hispánica, debió contribuir sin duda, a pesar de la suspensión oficial, al esplendor de las celebraciones del Centenario, que en Sevilla debieron tener además ese otro valor añadido.

Por todas estas razones constituye un acierto la iniciativa de la actual Junta Directiva del Ateneo de Sevilla y de su activo Presidente Enrique Barrero, de reeditar en facsímil esta curiosa reliquia bibliográfica del pasado siglo. Pronto se van a cumplir los cuatrocientos años de la publicación del primer Quijote (1605) en las prensas madrileñas de Juan de la Cuesta. Es de esperar que el Ateneo sevillano, fiel al espíritu cervantino del que hizo gala en 1916, conmemore también este nuevo Centenario con el mismo empeño y entusiasmo con que entonces celebró el de su muerte. Anticipo de ese buen espíritu es, sin duda, esta reedición facsimilar del interesante Álbun Cervantino. En ella los lectores de nuestro tiempo podrán apreciar el encanto de una primorosa obra tipográfica, ahora rescatada del olvido, pero también el amor a Sevilla y a la cultura española que animó a quienes entonces tuvieron la idea de rendir homenaje al más grande de nuestros escritores.


Rogelio Reyes
(Catedrático de la Universidad de Sevilla y Director de
la Real Academia Sevillana de Buenas Letras)


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