Estudio del Profesor Dr. Don Rogelio
Reyes Cano, para presentar la reedición del Álbum
Cervantino
El día 22 de abril de 1616, en una casa de
la calle de León, moría en Madrid Miguel de Cervantes,
un año después de la publicación de la segunda
parte del Quijote y sólo unos meses antes de la aparición
póstuma del Persiles, cuyo famoso prólogo, tan comentado
por la crítica, recoge su despedida, no sabemos si real o
simbólica, del mundo: "¡Adiós, gracias;
adiós, donaires; adiós, regocijados amigos! Que yo
me voy muriendo y deseando veros presto contentos en la otra vida".
En aquella España de los albores del siglo
XVII, abocada ya a una lenta pero sostenida declinación política
y militar, la figura de Cervantes, después de tantos contratiempos
y tantas frustraciones biográficas como hubo de padecer,
se estaba consolidando como la de un escritor que empezaba a gozar
ya de cierta fama y reconocimiento gracias sobre todo al éxito
del Quijote, cuya segunda parte, tras la aviesa intromisión
de Avellaneda, había sido esperada con fruición por
los numerosos lectores de la primera. Su muerte no hizo sino acrecentar
ese incipiente éxito de público conseguido en los
últimos años de su vida después de penalidades
sin cuento y no pocos sinsabores que al fin comenzaban a ser recompensados,
haciendo así relativa justicia a quien sin duda había
sido merecedor de más alta estima social y literaria.
En efecto, a pesar de la conocida afirmación
de "Azorín" de que "el Quijote ni fue estimado
ni comprendido por los contemporáneos de Cervantes",
lo cierto es que el libro había suscitado entre los doctos
de su tiempo un evidente interés, provocado por su condición
de obra de risa y entretenimiento, muestra valiosa del ingenio y
la inventiva de su autor, quien desde la publicación de la
segunda parte quedó consagrado en la historia de la literatura
española como uno de los más originales creadores
de obras de ficción. Los lectores españoles de la
época no apreciaron obviamente en la novela la trascendencia
ideológica y estética que con posterioridad se le
ha reconocido, pero vieron en ella un motivo para el regocijo y
la diversión, una obra de humor y de risa ubicada en el ámbito
de la llamada literatura de "ingenio" del Barroco.

La fama de Cervantes se acrecentó y consolidó
notablemente en la época ilustrada, en la que el Quijote
fue valorado sobre todo como un libro de intención satírico-moral
, valoración muy acorde con el perfil didáctico de
la cultura del siglo XVIII. A mediados del siglo XIX los románticos
lo verán ya como un monumento literario a la imaginación
y un genial exponente de la oposición entre lo real y lo
ideal. Más tarde será apreciado como expresión
simbólica de una nueva visión del mundo y del hombre,
que se hace patente sobre todo en el interés que por Cervantes
sintieron los escritores de las generaciones del 98 y del 14, quienes
desde el ensayo literario y filosófico o desde la crítica
universitaria escribieron textos angulares sobre la obra cervantina
y contribuyeron a su lectura y consagración en una medida
antes impensable. Posiblemente no pueda hallarse en el curso histórico
de los estudios cervantinos un momento de tanta brillantez como
fue esa primera mitad del siglo XX, en la que vieron la luz trabajos
tan decisivos como Vida de Don Quijote y Sancho (1905), de Miguel
de Unamuno, La ruta de Don Quijote ( 1905 ), de "Azorín",
Meditaciones del "Quijote" ( 1914), de Ortega y Gasset,
El pensamiento de Cervantes ( 1925), de Américo Castro, o
la Guía del lector de Cervantes (1926), de Salvador de Madariaga.
A partir de ellos Cervantes fue reinterpretado en clave intelectual
no como el "ingenio lego" del que hasta entonces se venía
hablando sino como un auténtico "ingenio docto",
reflexivo e innovador, disidente y crítico con el sistema
oficial de valores vigente en la España que le tocó
vivir. Por las mismas razones, el Quijote comenzó a ser leído
como la creación de un genio que se anticipó a su
época con el hallazgo de una fórmula literaria que
desde el feliz empleo del humor y de la ironía encara lúcidamente
el problema esencial del relativismo humano y la ambigüedad
de lo real.
El resultado de tan viva actividad intelectual fue
el desarrollo de un creciente cervantismo de alto nivel, paralelo
al que desde un ámbito más modesto venían desarrollando
otros estudiosos, menos profesionales de la crítica científica
y más orientados a la exégesis documental y erudita
que a la interpretación filosófica, histórica
o filológica, pero igualmente activos en esa corriente de
admiración y hasta de auténtica devoción hacia
el gran escritor alcalaíno. Baste recordar, en lo que respecta
a la aportación sevillana, la riqueza de datos del trabajo
de José María Asensio y Toledo sobre Cervantes y sus
obras (1902) o de los estudios sobre el capítulo de los galeotes
(1912), los Nuevos documentos cervantinos (1914) y las ediciones
de Rinconete y Cortadillo (1905) y del mismo Quijote (1911-13) que
el autor más significativo de esta línea crítica,
Francisco Rodríguez Marín, el llamado "Bachiller
de Osuna", había publicado con anterioridad a 1916,
año en que se cumplían los trescientos de la muerte
de Cervantes. Mucho tuvo que ver como después veremos, este
erudito ursaonense y destacado ateneísta en la celebración
de las fiestas cervantinas que ese mismo año se celebraron
en Sevilla de la mano del Ateneo de la ciudad.

Ese ambiente de exaltación cervantina que se
vivía en la España de las primeras décadas
del siglo XX explica muy bien la ilusión y el entusiasmo
con que en las fechas inmediatas a 1916 se esperaba en todo el país
la llegada del tercer centenario de la muerte del genial escritor.
Sevilla, una de las ciudades españolas más vinculadas
a la vida y a la obra de Cervantes, se sumó diligentemente
a la conmemoración y planificó un conjunto de actos
coordinados por una Junta Provincial del Centenario que se había
creado al efecto. Muchos y variados fueron esos actos, unos de carácter
marcadamente intelectual y otros de mayor proyección pública
y divulgativa, que el lector podrá ver puntualmente reseñados
por Luis Montoto en la Crónica incluida en este álbum
que hoy reedita en facsímil el Ateneo de la ciudad. No todos,
sin embargo, llegaron a celebrarse, pues el Gobierno de la nación,
ante las circunstancias bélicas por las que atravesaba Europa
en esos momentos, convulsionada por la llamada Gran Guerra (1914-1918),
suspendió las "fiestas oficiales" del Centenario
al objeto, nos recuerda Luis Montoto, de poder "celebrarlas
, con el concurso de todos los pueblos, el día -¡Dios
quiera llegue luego! - que gocen del soberano bien de la paz".
La medida enfrió las expectativas despertadas
y provocó en ciertos ambientes algunas reacciones de rechazo.
España, como se sabe, mantenía en este conflicto una
estricta neutralidad, y quizá por ello la decisión
política generó en algunas instancias una indisimulada
frustración de la que se hace eco, por ejemplo, el entonces
Presidente del Ateneo sevillano José Monge y Bernal, quien
en la Dedicatoria de este álbum declaraba con cierta reticencia
que "no es ahora ocasión ni momento oportuno para juzgar
si el Gobierno hizo bien o no en suspender las fiestas oficiales
del Centenario
Creemos, sin embargo, que hubiera sido muy
conveniente que, mientras los pueblos más cultos de la tierra
se despedazan en apocalíptica contienda, nosotros aprovecháramos
el tiempo reconstituyendo y vigorizando nuestra personalidad nacional,
y, conjuntamente, celebrar la fiesta de las letras patrias, congregadas
y reunidas cabe la ingente figura del Príncipe inmortal de
los ingenios españoles". Con menos carga política
y mayor lirismo se lamentaba también Luis Montoto de este
desmarque gubernamental que frustró el entusiasmo procervantino
de muchos: "El espíritu del mal entorpece y malogra
tal vez las obras del amor. El mal de la guerra pretende velar la
gloria del Príncipe de los Ingenios Españoles. La
noche no es eterna". Y en parecidos términos se pronunciaron
igualmente algunos de los conferenciantes que intervinieron en la
fiesta ateneísta, como Blanca de los Ríos y Adolfo
Rodríguez Jurado, quienes elogiaron el gesto de gallardía
que tuvo la institución sevillana al seguir adelante con
el proyecto a pesar de las restricciones oficiales.
De la extensa lista de actividades programadas inicialmente
por la Junta Provincial del Centenario (honras fúnebres en
la catedral por el alma de Cervantes, certámenes artísticos
y literarios sobre su figura, colocación de inscripciones
y placas conmemorativas, ediciones divulgativas de sus obras, representaciones
teatrales, conferencias y juegos florales, etc.) no todas pudieron
llevarse a efecto. Al quedar en suspenso la iniciativa oficial,
algunos de estos actos fueron anulados y otros se celebraron sólo
parcialmente, sin la brillantez que cabía esperar cuando
se contaba con el apoyo público. Así ocurrió,
por ejemplo, con el encargo que la Junta hizo a Gonzalo Bilbao para
que pintase una copia del supuesto retrato de Cervantes atribuido
a Juan de Jáuregui, propiedad de la Real Academia Española,
con el propósito de que el mismo presidiera todas las fiestas
cervantinas de la ciudad. Tras la suspensión gubernamental,
el artista donó su obra al Ayuntamiento.
Entre los proyectos diseñados por la Junta
tomó cuerpo también la interesante propuesta de Luis
Montoto de recordar con placas de cerámica los numerosos
enclaves cervantinos de nuestra ciudad. Aceptada la misma, el propio
Montoto se encargó de la redacción de los textos,
apoyándose sobre todo en el valioso arsenal de datos recogidos
por Rodríguez Marín en su edición de Rinconete
y Cortadillo. El diseño de las placas se encargó al
erudito José Gestoso y su fabricación a los talleres
trianeros de Mensaque. Ambos hicieron un trabajo primoroso que dio
sin duda realce y categoría a nuestras calles. Gracias a
esa feliz iniciativa, hoy podemos seguir, a través de muchas
de sus fachadas, el extenso y riquísimo "itinerario"
cervantino de Sevilla. La primera referencia a este "itinerario"
fue la lápida de mármol, hoy inexistente, que la Real
Academia Sevillana de Buenas Letras, en acto solemne, con la presencia
de las autoridades y representaciones de la ciudad, colocó
en la fachada de la iglesia del antiguo Colegio de Maese Rodrigo,
junto a la Puerta de Jerez, y en la que se alude a uno de los episodios
del Coloquio de Cipión y Berganza, que " Miguel de Cervantes
imaginó como ocurrido en este lugar próximo a los
Mármoles de Maese Rodrigo" Fue el colofón de
todas las fiestas cervantinas del año del Centenario, que
habían comenzado en octubre de 1915 con otro homenaje de
la citada Academia.
A pesar de la restricciones oficiales, el año
1916 fue, como vemos, pródigo en fastos cervantinos. protagonizados
en su mayor parte por tres instituciones culturales de la ciudad:
la Universidad, la Academia de Buenas Letras y el Ateneo y Sociedad
de Excursiones. La primera organizó en la iglesia de su sede
en la calle Laraña una sesión académica en
la que participaron los profesores Joaquín Hazañas
y la Rúa y Cristóbal Bermúdez Plata y dos alumnos
que más tarde serían importantes escritores sevillanos:
Rafael Laffón, notable poeta del grupo Mediodía, y
José María Romero Martínez, después
médico y miembro destacado del Ateneo, en donde llegó
a ser Presidente de la sección de Literatura en los días
de las famosas "veladas" poéticas de diciembre
de 1927 celebradas con motivo del tercer centenario de la muerte
de Góngora y en cuya organización jugó un papel
decisivo. Murió trágicamente en Sevilla en 1936, víctima
de la Guerra Civil española. En 1916 ambos debían
estar cursando sus últimos años universitarios, Laffón
en la Facultad de Derecho y Romero en las de Ciencias Químicas
y Medicina. Los dos leyeron en este acto cervantino otras tantas
composiciones poéticas. En la suya Laffón -dice Luis
Montoto- " nos dio la visión de un pícaro, un
matiz de los tiempos de la jacarandina". Fue la de Romero "
una oración, mejor diría, la oración-epitafio
del autor del Quijote". "Jóvenes que sienten así
-añadía enfáticamente don Luis- no teman que
Cervantes los desdeñe: hubiéralos ensalzado en el
Viaje del Parnaso o en el Canto de Calíope".

Pero fue el Ateneo y Sociedad de Excursiones de Sevilla
la institución que más actividad desplegó en
la celebración del Centenario de la muerte de Cervantes.
Sin duda por la confluencia de varios factores que facilitaron esa
labor. Entre ellos, y muy especialmente, la condición ateneísta
de algunos importantes conocedores de la obra cervantina, comenzando
por Rodríguez Marín, consagrado ya en las primeras
décadas del XX como destacado especialista con sus artículos
y ediciones críticas del gran escritor. Don Francisco en
su etapa sevillana había sido también uno de los más
señalados artífices del esplendor del Ateneo, convertido
en los años finales del siglo XIX y primeras décadas
del XX en uno de los foros intelectuales más activos de Andalucía.
Por todo ello se le concedió el honor de ser el mantenedor
de los Juegos Florales en homenaje a Cervantes celebrados por la
Docta Casa en la primavera de 1916, recogidos también en
este álbum que ahora se reedita. Como podrá ver el
lector, en el mismo figuran asimismo otros socios y personas estrechamente
relacionadas con el Ateneo, entre ellos su entonces Presidente José
Monge y Bernal; Joaquín Hazañas y la Rúa, catedrático
de la Universidad y autor de un docto estudio sobre Los rufianes
de Cervantes que había visto la luz en 1906; el médico
y catedrático José Gómez Ocaña; el abogado
Adolfo Rodríguez Jurado; y los escritores Blanca de los Ríos,
conocida en el mundo de la crítica literaria de entonces
por sus estudios sobre Tirso de Molina, Luis Montoto, atento conocedor
del pasado literario de Sevilla, y los hermanos Álvarez Quintero,
que habían hecho adaptaciones teatrales de algunas obras
de Cervantes. También participaron directamente en los actos
o simplemente colaboraron en su organización otros personajes
muy conocidos de la vida cultural sevillana de entonces, como el
pedagogo Manuel Siurot y el escritor y humanista José María
Izquierdo, cuyo proverbial entusiasmo y dotes de persuasión,
patentes más tarde en la creación de la Cabalgata
de Reyes, debieron sin duda dejarse sentir en la buena marcha de
estos fastos cervantinos del Ateneo, a juzgar por las "reiteradas
instancias" que hizo cerca de Joaquín Hazañas
para que participara en los mismos. Un José María
Izquierdo convertido ya, tras la publicación de su libro
Divagando por la ciudad de la Gracia (1914), en verdadera conciencia
cultural de Sevilla pero lejos todavía por aquel entonces
de la aureola mítica que terminarían otorgándole
su prematura muerte y las excelentes semblanzas líricas que
de él trazaran algo más tarde Juan Ramón Jiménez
y Luis Cernuda.
Junto a tantas artífices de la pluma, el álbum
ofrecía también el concurso de notables pintores y
dibujantes de la época como Gustavo Bacarisas, Miguel Ángel
del Pino y Sardá, Alfonso Grosso, José Pinelo Yanes
y Juan Lafita, autores de sus valiosas ilustraciones, orientadas
en su mayoría, tal como correspondía al espíritu
de los editores del libro, hacia la estética historicista
y costumbrista que por otra parte seguía estando de moda
en aquellos años: cuidados dibujos de tema cervantino, orlas
y grecas, realces de letras capitales, remates de páginas
,
etc., que denotan el primor con que este Álbum cervantino
fue concebido e impreso. Es evidente que el Ateneo de Sevilla, al
suscribir el compromiso público de rendir homenaje a Cervantes
en fecha tan significativa, quiso hacer frente al mismo con todo
empeño y competencia. Organizó los actos en los meses
de abril y mayo de 1916 y tuvo el acierto de diversificar las actividades,
integrando en ellas tanto la nota erudita (a través de las
conferencias de destacadas figuras del mundo intelectual, pronunciadas
unas en el Ateneo y otras en el Salón LLoréns) como
la faceta más popular y festiva: juegos florales, celebrados
en el teatro San Fernando, certámenes literarios y veladas
teatrales, estas últimas en el teatro Cervantes, donde la
compañía de Federico Oliver y Carmen Cobeña
representó dos piezas de los hermanos Álvarez Quintero:
Los galeotes, comedia en cuatro actos inspirada en el conocido episodio
del Quijote, y Rinconete y Cortadillo, adaptación escénica
del famoso relato picaresco.
La Docta Casa recurrió, como vemos, al concurso
de los estudiosos y especialistas residentes o vinculados con la
Sevilla de entonces que más realce podían dar a la
conmemoración. Y tuvo la feliz idea de editar con todo primor
un bello álbum que recogiera y diera fe de todas esas actividades.
Publicación que vio la luz en mayo de 1917, en la imprenta
sevillana de Juan Pérez Gironés. El álbum constaba
de cinco partes: una Dedicatoria a la reina de los Juegos Florales,
la señorita Catalina Domínguez y Pérez de Vargas;
un Prólogo del Presidente del Ateneo, Monge y Bernal; las
cinco Conferencias Cervantinas; los el programa y cuadro de honor
de los Juegos Florales Cervantinos, con un nuevo discurso del Presidente
del Ateneo y otro de Rodríguez Marín mantenedor de
los juegos, sobre "La cárcel en que se engendró
el Quijote", que leyó en su nombre Serafín Álvarez
Quintero; la Velada Teatral Cervantina, con el texto íntegro
de la adaptación teatral de Rinconete y Cortadillo realizada
por los hermanos Álvarez Quintero; y finalmente la Crónica
de todos los actos del Centenario celebrados en Sevilla.
Hoy, casi noventa años después de aquellos
actos, ese álbum posee sin duda un gran valor histórico
y testimonial. Refleja, por una parte, los estereotipos sobre Cervantes
que entonces estaban vigentes en la estimativa de amplios sectores
de la opinión pública española, coincidentes
con los juicios más conservadores de Menéndez y Pelayo
y Menéndez Pidal, que ponían el acento en el tradicionalismo
de Cervantes como expresión genial de la vieja cultura castellana.
Juicios anteriores en el tiempo al giro interpretativo de los trabajos
de Américo Castro a fines de los años 20, de los que
se deriva ya la imagen de un Cervantes más culto, impuesto
en el conocimiento de las poéticas y de los movimientos espirituales
del Renacimiento y muy crítico con la realidad española
de su época, a la que retrata con inteligente ironía.
En efecto, los contenidos de las conferencias del
álbum poco tienen que ver, salvo rara excepción, con
este último punto de vista. Por el contrario, de ellas emerge
más bien un Cervantes de tintes castizos, vinculado a la
idea de patriotismo y a la nostalgia de la pasada grandeza imperial
de España; realzada, a veces con un punto de exceso, su innegable
relación literaria y biográfica con Andalucía
y con Sevilla. Y envuelto casi siempre el discurso en el tono encomiástico
y la inevitable carga retórica que eran propios de este tipo
de actos, más dados por lo general a la exaltación
emocional y al elogio fácil que a la búsqueda del
rigor crítico. En ese sentido el álbum pose un aire
de época, un sabor decimonónico que se revela también
en su carga tópica y en sus aires declamatorios, rasgos que
permiten contemplarlo hoy, a tantos años de distancia, como
un curioso e interesante testimonio de unos gustos y unos rituales
literarios pertenecientes ya a otro tiempo. Ese aire inevitablemente
"antiguo" se percibe muy bien en los temas y en el tono
de las diferentes intervenciones.
Así Blanca de los Ríos ("Sevilla, cuna del Quijote")
pone el acento, con garbo literario, en el andalucismo de Cervantes
y en su significación cultural en "los dos lados del
Atlántico". Gómez Ocaña ("La invención
del Quijote") aplica el punto de vista del profesional de la
medicina para hablar de la personalidad del héroe cervantino
(la locura, el mundo de la risa
). Siurot ("La generación
del Quijote") despliega su ampulosidad oratoria para resaltar
el patriotismo de Cervantes y el valor modélico de su persona.
Rodríguez Jurado ("Apuntes para una página cervantina
de la historia de Sevilla") subraya, con aporte documental,
un episodio biográfico del gran escritor. Hazañas
y la Rúa ("Sancho"), más sobrio y riguroso,
analiza la evolución del personaje. Monge y Bernal, más
en su papel institucional, resalta en varias ocasiones, con florida
palabra la significación del homenaje. El mantenedor de los
Juegos Florales, Rodríguez Marín, contribuye con una
disertación sobre "La cárcel en que se engendró
el Quijote", complementando otros trabajos anteriores suyos
sobre ese mismo asunto. Y Luis Montoto, en lírica y algo
hiperbólica crónica final, recapitula todos los fastos
cervantinos celebrados a lo largo del año en la ciudad de
Sevilla. Los "Juegos florales", con el consabido ritual
profemenino de "Reina" y "Damas de la corte de amor",
y la "Velada teatral" cervantinos completan todo ese despliegue
literario-recreativo tan propio de la época.
El álbum, leído desde el estado actual
de los estudios sobre Cervantes y de los usos y ritos literarios
de la sociedad de hoy, tiene pues, sin duda, un inequívoco
sello antañón. Pero en relación con la reciente
historia de nuestra ciudad, su edición en el contexto de
las fiestas del Centenario hay que verla también, desde una
perspectiva más moderna e innovadora, como fiel reflejo del
espíritu y las inquietudes de uno de los grupos intelectuales
más activos de la Sevilla de principios del siglo XX, ése
que, vinculado al Ateneo, estaba apostando por la regeneración
cultural de la ciudad y por dar a la gran metrópolis andaluza
el impulso económico y social que la proyectara hacia la
modernidad. Era el sueño del gran ateneísta José
María Izquierdo, que, en contra lo que muchos erróneamente
creen, tenía muy poco de sevillano autocomplaciente y mucho
de soñador de una Sevilla próspera y moderna en la
que se hicieran realidad las propuestas del mejor regeneracionismo
de la época. La obra de Izquierdo, a pesar de su marcado
tono lírico, supuso en 1914 una valiosa propuesta intelectual
que ilustraba muy bien ese ideal innovador de los espíritus
más lúcidos de la Sevilla de entonces que hicieron
posible la gran empresa de la Exposición Iberoamericana,
finalmente celebrada en 1929 pero concebida y preparada con verdadero
entusiasmo desde principios de siglo. En el curso de esos largos
años el Ateneo se implicó a fondo y dotó de
soporte intelectual a tan atractivo proyecto.
Sólo en ese ambiente que hacía compatible
un ideal regionalista de signo cultural, patente en revistas como
Bética y La Exposición, con un inequívoco sentimiento
de pertenencia a la fuente común de la cultura hispánica,
puede entenderse desde mi punto de vista el gran empeño que
puso el Ateneo sevillano en celebrar con toda dignidad el Centenario
cervantino. En la conciencia de sus organizadores, Cervantes aparecía
como un exponente del pasado esplendor histórico de España
pero también como un símbolo de los lazos culturales
y espirituales que a través de una lengua común unían
la antigua metrópolis con las nuevas naciones de Iberoamérica.
Su persona y su obra enlazaban el pasado con el presente y eran
un puente tendido hacia el futuro, hacia la plasmación práctica
del arquetipo de la Hispanidad, ideal intelectualmente formulado
en estos primeros años del siglo y sin duda presente en la
voluntad de los organizadores del magno certamen sevillano. Por
otra parte, el marcado "sevillanismo" desplegado por el
gran novelista en muchas de sus páginas literarias otorgaba
a la ciudad un protagonismo de primer orden en relación con
ese ideal americanista que alentaba la empresa de la Exposición,
para la que Sevilla esgrimía su gran papel histórico
como "puerto y puerta" del Nuevo Mundo, su rico patrimonio
cultural y artístico y su condición de metrópolis
de Andalucía. Enfoque historicista y a la vez proyectivo
de la ciudad que, asociados al paradigma de Cervantes como suprema
expresión de la cultura hispánica, debió contribuir
sin duda, a pesar de la suspensión oficial, al esplendor
de las celebraciones del Centenario, que en Sevilla debieron tener
además ese otro valor añadido.
Por todas estas razones constituye un acierto la iniciativa
de la actual Junta Directiva del Ateneo de Sevilla y de su activo
Presidente Enrique Barrero, de reeditar en facsímil esta
curiosa reliquia bibliográfica del pasado siglo. Pronto se
van a cumplir los cuatrocientos años de la publicación
del primer Quijote (1605) en las prensas madrileñas de Juan
de la Cuesta. Es de esperar que el Ateneo sevillano, fiel al espíritu
cervantino del que hizo gala en 1916, conmemore también este
nuevo Centenario con el mismo empeño y entusiasmo con que
entonces celebró el de su muerte. Anticipo de ese buen espíritu
es, sin duda, esta reedición facsimilar del interesante Álbun
Cervantino. En ella los lectores de nuestro tiempo podrán
apreciar el encanto de una primorosa obra tipográfica, ahora
rescatada del olvido, pero también el amor a Sevilla y a
la cultura española que animó a quienes entonces tuvieron
la idea de rendir homenaje al más grande de nuestros escritores.
Rogelio Reyes
(Catedrático de la Universidad de Sevilla y Director de
la Real Academia Sevillana de Buenas Letras)
Volver a la página
del Álbum Cervantino
|