Semblanza del ateneísta
JOSÉ MUÑOZ SANROMÁN
Nació en Camas (Sevilla) el 10 de diciembre
de 1876 y murió en Sevilla el 28 de enero de 1954. Cursó
los estudios de Magisterio en la Escuela Normal de Sevilla en la
que también fue profesor y bibliotecario. Fue redactor de
El Liberal y colaborador de la casi totalidad de la prensa
sevillana de la época en las secciones culturales y de información
municipal. Fue amigo de Rodríguez Marín, a quien consideraba
su maestro juntamente con Luis Montoto y José Velilla. Hijo
adoptivo de Sevilla en 1919, Concejal electo en 1922 y Secretario
General de Turismo durante la Exposición Iberoamericana.
El 12 de enero de 1919 ingresó en la Real Academia de Buenas
Letras pronunciando un discurso titulado Las canciones infantiles,
en el que expresa su preocupación por la renovación
de la enseñanza, coincidente en parte con los planteamientos
de la Institución Libre de Enseñanza, a algunos de
cuyos miembros cita, como D. Francisco Giner y D. Federico Castro.
Fue nombrado hijo predilecto de Camas en 1943.
Su relación con el Ateneo fue cotidiana, intensa
y constante. Cuentan sus biógrafos D. Pineda y J. J. Antequera
que, ya en la madurez de su vida, un domingo o día de fiesta
cualquiera, Muñoz SanRomán iba tres veces al Ateneo:
por la mañana a leer la prensa, después de la comida
para el descanso de la hora sexta, y tras el paseo de la tarde para
hacer una breve tertulia antes de cenar. El Ateneo, a su vez, lo
nombró Presidente de la Sección de Literatura (1913),
Rey Melchor de la Cabalgata de 1921, Socio de Honor y Premio 'José
Mª Izquierdo' de 1942 por un trabajo titulado Instituciones
sevillanas benéfico-docentes infantiles de los siglos XVII
y XVIII; su influencia en la pedagogía moderna. En estas
relaciones con el Ateneo destaca, desde el punto de vista literario,
el haber sido miembro permanente del 'pasillo de los chiflados',
grupo de jóvenes que dieron en la manía de leer...
de leer poesías y de hacerlas...y de vivirlas, según
define José María Izquierdo en Divagando por la
ciudad de la gracia a este inquieto grupo de jóvenes
ateneístas que tomó el nombre del lugar en el que
se reunían en el Ateneo y que fue, en un primer momento,
un pasillo claro y alegre que da a la biblioteca, y algún
tiempo después ... un riente y solado palomar. Estos jóvenes
no sólo leían poesía y la escribían
sino que, sobre todo, querían encarnar una manera de vivir
ajustada al arte que profesaban, pues consideraron que en el arte
está la verdad de la vida y que nada es la vida sin el arte
que la expresa y al que debe consagrarse y dedicarse por entero.
Se alejaron, así, de la tradición romántica
que afirmaba la separación entre la razón y la vida,
la disociación entre la pasión o vivir por mor
de la vida, como dice un personaje de Thomas Mann, y la vida
reflexiva, o vivir por mor de la vivencia, en palabras del
mismo personaje, y afirmaron que vivir por mor de la vida no es
nada o es cosa fútil si tras la vida no hay una palabra que
la defina y con la que se exprese su última verdad. Y por
todo ello eligieron el lema de Vitam impendere arte e intentaron
vivirlo y practicarlo.
Además de la producción señalada,
Muñoz SanRomán cultivó la novela (Sequía),
el teatro (Sol de la Pascua), y el ensayo (Glosa del dolor).
En su obra escrita hay que destacar de modo principal los poemarios
Del solar sevillano (París, sin año, pero con
prólogo fechado en 1910), y Floración (Sevilla,
1916) , pues los estudiosos de su obra coinciden en que en ella
la poesía ocupa el lugar central. Gómez Carrillo afirma
en el prólogo al primero de estos libros que la inteligencia
poética de Muñoz SanRomán es una inteligencia
que lo ve todo en imágenes y José Laguillo considera
que nuestro autor es siempre poeta, también cuando escribe
en prosa. Ambos coinciden, además, en que en la poesía
de Muñoz SanRomán hay algo de ingenuo así en
la inspiración como en la expresión que resulta de
ella, ingenuidad que es libertad de prejuicios, libertad para una
expresión que no pide justificación ni disculpa.
La cualidad más destacada de su obra de
poeta no escapó a la agudeza de José Mª Izquierdo,
quien en Divagando por la ciudad de la gracia propone una
clave interpretativa luminosa y sugerente. La obra de Muñoz
SanRomán, dice, es la obra de quien por haber ido del pueblo
a la ciudad pasó por el campo, lo que parece querer decir,
en primer lugar, que hay en la obra de nuestro poeta una nostalgia
de la vida rural entendida, a la manera clásica, como anterior,
más noble y mejor que la vida urbana, la cual es, inevitablemente,
una vida más fácil y regalada que aquella, pero también
una vida que tiene un mayor riesgo de artificio y corrupción,
circunstancia de la que se duele el poeta con muy sentidas palabras
(...ciudad...monstruo devorador de inocencias... Floración,
p. 42); en segundo lugar, que en la obra de Muñoz SanRomán
hay siempre una nostalgia del tiempo vivido sin prisa ni agobios,
del tiempo extendido solemnemente ante el poeta, y por este motivo
hay en ella una cierta melancolía que añora vivir
el tiempo con dominio de la situación y de los instantes
sucesivos, cosa que el ajetreo de la vida ciudadana obstaculiza
e imposibilita, conflicto inevitable que el poeta vive como pérdida
y salida del paraíso (así en Del solar sevillano,
pp.190-192); y, en tercer lugar, quiere resaltar Izquierdo, sin
duda, el carácter itinerante y afanoso de la obra poética
de Muñoz, la provisionalidad de quien está en camino
y no pertenece ya al pueblo del que se aleja y al que añora
ni tampoco a la ciudad hacia la que va y la que le distrae y le
perturba, y por todo ello la poesía de Muñoz SanRomán
expresa que el camino en el que se detiene y en el que se recrea
es de mejor calidad y de más valiosa condición que
el punto de partida y el punto de llegada. No perdió el poeta
en el camino, sin embargo, comenta Izquierdo, la buena voluntad,
la bondad buena que siempre animó su vida y su obra.
RAFAEL RODRÍGUEZ SÁNDEZ
|