Sesión dedicada a la
memoria del ateneísta D. Jesús Pabón y Suárez
de Urbina
Con presentación del Presidente D. Enrique
Barrero González, contiene las ponencias que se pronunciaron
en la sesión de homenaje a quien fuera ateneísta y
Director de la Real Academia de la Historia. Así, las de
D. Juan Manuel Albendea Pabón, Diputado a Cortes, D. Nicolás
Salas, escritor y periodista, D. José Manuel Cuenca Toribio,
Catedrático de Historia Contemporánea y D. Carlos
Seco Serrano, de la Real Academia de la Historia. Damos a continuación
las palabras de D. Carlos Seco contenidas en el fascículo.
""Soy, redondamente, católico, español
y monárquico": así se definía Jesús
Pabón en 1950. A los ojos de cualquiera de los "progres"
al uso, tal declaración justificaría, también
redondamente, la condena del ilustre historiador bajo el anatema
de "reaccionario". Ahora bien, conviene tener en cuenta
el contexto en que se situaba la declaración de don Jesús:
el prólogo a su espléndido libro Bolchevismo y literatura,
que, por su independencia de criterio al analizar el mensaje y la
virtualidad del marxismo-bolchevismo, podía suscitar sospechas,
en los argos de la dictadura franquista, sobre la ideología
del autor, ante observaciones como ésta: "Me parecen
falsas las propagandas sobre el bolchevismo. Entre ambas -la que
se mueve en pro y la que se agita en contra-, va convirtiéndose
en un fantasma incomprensible e inasequible. Si el bolchevismo fuera
esa simpleza que tanto se pregona, ni hubiera durado treinta años,
ni hubiera resistido a las armas alemanas".
Para entender, tanto al hombre como al historiador -y al político-
hay que renunciar a encasillarle, sin conocer la realidad profunda
de su calidad humana, y con un perezoso recurso a la terminología
convencional. Acudiré a otro texto suyo en que, una vez más
-ahora con absoluta precisión- se caracterizó a sí
mismo como "moderado". Fue a raíz de la entrevista
que un gacetillero -de cuyo nombre no quiero acordarme- le hizo
allá a finales de los años sesenta, y que le había
calificado, sin más, de "conservador". En el prólogo
al II tomo de su obra magna -Cambó- don Jesús replicó
de esta forma: "No creo ser, ni haber sido en la vida o en
la obra, un conservador. Sí, de modo más preciso,
un moderado". Rehuyendo asimismo la confusión de este
calificativo con la denominación del partido que monopolizó
la vida política española en los días de Isabel
II, advirtió: "Ya sé que la designación,
entre nosotros, resulta equívoca. Pero no es difícil
devolverle su significado original e histórico, que opuso
la moderación a la exaltación". Y aducía,
entre otros, el testimonio -nada menos- de don Manuel Azaña,
expresado por la boca de uno de los personajes de La velada en Benicarló:
"Habla usted del moderantismo dando al vocablo una significación
baja, despectiva, como si la moderación fuera mero empirismo
que recorta por timidez las alas de la novedad. No es eso. La moderación,
la cordura, la prudencia de que yo hablo, estrictamente razonables,
se fundan en el conocimiento de la realidad, es decir, en la exactitud...
Nos conducimos como gente sin razón, sin caletre".
(Quiero, por mi parte, puntualizar sobre esta terminología
-sobre estos conceptos: conservador / moderado-, advirtiendo que
el gran Partido que fundó Cánovas titulándolo
"liberal conservador", rehuyó la denominación
de moderado, precisamente para que no se le confundiera con el Partido
que en los últimos años del reinado isabelino se había
convertido en símbolo de despotismo, aunque, según
el criterio adoptado por Pabón, era el de "moderado"
el término que mejor encajaba en la ideología política
del gran estadista.)
En imagen gráfica muy sencilla, cabría
entender las dos posturas -la de un progresismo de vocación
revolucionaria, y la de un moderantismo transaccionista- como la
de los arquitectos que ante la necesidad de abordar el problema
de un venerable edificio en trance de ruina, optasen, el uno por
derribarlo y alzar otro nuevo en su lugar; y el otro, por restaurarlo
robusteciendo sus cimientos pero sin renunciar a la belleza insustituible
del monumento. Claro que esta última solución requeriría,
al paso del tiempo, la introducción de nuevos servicios,
la necesidad de introducir mejoras de acuerdo con los adelantos
de la técnica o con las exigencias de la higiene. No proceder
de esta manera acabaría haciendo inhabitable el edificio,
y dando la razón al partidario de su derribo. En otras palabras,
convertiría la solución conservadora (o moderada)
en actitud inmovilista, reaccionaria, justificando la solución
revolucionaria.
Habrá que añadir algo más para
diseñar la semblanza ideológica del hombre y el historiador.
Moderado -transaccionista-, era Pabón, asimismo, un liberal
perfecto en el sentido en que Marañón definió,
de manera inequívoca, lo que podríamos llamar "liberalismo
ético":
"Ser liberal es, precisamente, estas dos cosas:
primero, estar dispuesto a entenderse con el que piensa de otro
modo; y segundo, no admitir jamás que el fin justifica los
medios, sino que, por el contrario, son los medios los que justifican
el fin. El liberalismo es, pues, una conducta y, por lo tanto, es
mucho más que una política. Y, como tal conducta,
no requiere profesiones de fe sino ejercerla, de un modo natural,
sin exhibirla ni ostentarla. Se debe ser liberal sin darse cuenta,
como se es limpio, o como, por instinto, nos resistimos a mentir".
De esta manera fue liberal, y fue moderado, el hombre
Jesús Pabón. De esta manera lo fue, siempre, el historiador
Jesús Pabón.
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En los años sesenta -precisamente cuando había dado
a la luz su obra más importante -Cambó-, la labor
historiográfica de Pabón se vio cuestionada, desde
el punto de vista metodológico: era la época en que
privaba la fascinación por la escuela marxista, y se oponía
al método erudito (tradicional) el supuestamente infalible
método estadístico. No deja de ser curioso que los
autocalificados renovadores de la investigación histórica
pretendiesen apoyarse en la famosa escuela francesa de "Annales",
olvidando lo que respecto al método dijo, de manera diáfana,
el fundador de esa escuela, Lucien Fèbvre: "No me habléis
de método: método es el hombre".
Hoy por hoy, gracias a Dios, estamos de vuelta de aquel camino equivocado
-el del materialismo marxista aplicado a la metodología histórica,
pero también el del pedante repudio de la llamada historia
"événementielle". La historiografía
actual ha recuperado la historia política y la biografía,
y ha llegado a la conclusión de que sin acontecimientos -événements-
no hay historia. Y se ha afirmado en la restauración del
hombre -del hombre individuo- como auténtico motor de la
Historia.
En el caso de Pabón, para empezar, constituía un error
garrafal encasillarlo en la desacreditada historia romántica,
pero también en la llamada "historia erudita",
aunque ésta, en cuanto instrumento, es imprescindible -esencial-
en la tarea del historiador. Pabón encarnaba una escuela
historiográfica que yo he calificado como "humanista":
esa escuela tendrá siempre validez mientras subsista el espíritu
humano. La aguda afirmación de Fèbvre -"método
es el hombre"- ha sido ratificada por las actuales corrientes
revisionistas del mal llamado "método estadístico".
La historiografía de los años cincuenta y sesenta
se interesaba exclusivamente por el hombre-número, por el
hombre masa, por el hombre sumido en su entorno social, y acudía
al método "estadístico" para fijar los procesos
económicos, demográficos y sociales, menospreciando
al hombre individualizado y su papel esencial en todos los grandes
procesos históricos: piénsese en el papel desempeñado
en su época por un Lutero, por un Bonaparte. Y es que esa
historiografía respondía a una limitación del
investigador, que hacía, en sus grandes alardes atenidos
al dato suministrado por la computadora, de la necesidad, virtud.
Para Pabón la tarea empezaba allí donde quedan registradas
estas limitaciones: su prodigiosa intuición para calar y
definir la intimidad del hombre en su dimensión intransferible,
está presente en todas sus obras: pienso en ese friso de
personalidades señeras que se nos ofrece en el magnífico
estudio sobre Cambó; pienso en el Canalejas del prólogo
al libro de Sevilla Andrés; pienso en las profundas raíces
generadoras del corso Bonaparte, artífice de una nueva Francia,
de una nueva Europa. Por supuesto, será muy difícil
encontrar un continuador o un heredero del humanismo paboniano,
porque si las computadoras pueden ser reemplazadas y mejoradas,
la sensibilidad del psicólogo es insustituible:
Era esa intuición, esa profundidad del humanista
la que cautivaba al alumno que asistía por primera vez a
las clases de don Jesús, o al hombre maduro y culto que escuchaba
una de sus magistrales conferencias. En ellas coincidían
la exactitud matemática del concepto y la gracia del ejemplo
definidor, de la anécdota oportuna, que a un mismo tiempo
aligeraba la argumentación rigurosa y resumía en una
instantánea muchas páginas trabajosas. Al leerle se
comprobaba luego que era un prosista extraordinario. Tenía
su estilo precisión y diafanidad inigualables: una elegancia
alcanzada mediante el desprecio absoluto a cualquier gala más
o menos superflua: la belleza del texto estaba en la desnudez, en
la precisión perfectamente a la idea que quería expresar.
En cuanto a la obra concreta del historiador, empecemos
por advertir que la caracteriza, desde su inicio, una madurez cuajada.
Recordemos que al sobrevenir la tremenda catástrofe de la
guerra civil, sólo había publicado dos libros: Positivismo
y propiedad, que había sido su tesis doctoral, pero que no
puede entenderse propiamente como estudio histórico, y Palabras
en la oposición, elaborado sobre la realidad política
viva: discursos, artículos, conferencias. Sabemos, por su
propia confesión, que en julio de 1936 tenía terminadas
dos obras -la dedicada a Lola Montes, agente provocador de la revolución
de 1848 en Baviera; y la biografía del doctor Rizal, artífice
y mártir del nacionalismo filipino. Ambas obras fueron destruidas
al ser arrasado su piso de Madrid. Durante la guerra apareció
el libro Diez figuras, una obra de circunstancias.
De hecho, pues, la carrera del historiador parte,
propiamente, de 1941, año en que aparece el primer tomo de
La Revolución portuguesa; y se afirma luego con el magnífico
ensayo -en realidad, un estudio en profundidad sobre la personalidad
de Bonaparte- Las ideas y el sistema napoleónicos, y el segundo
tomo de La Revolución portuguesa, publicados en el mismo
año 1944. En ambas obras se definen ya las dos cuestiones
que habrán de polarizar, en adelante, la vocación
y la atención del historiador: de una parte, la Revolución
contemporánea en sus dos ciclos: el liberal (en que se encuadran
el precioso ensayo Francklyn y Europa, y Las ideas y el sistema
napoleónicos, junto a otras obras menores; y el socialista,
culminante en la revolución bolchevique, a la que Pabón
presta especial atención en su librito -en formato- Zarismo
y bolchevismo (un estudio de mentalidades) y, sobre todo, en Bolchevismo
y literatura, una de sus obras capitales, que le valdría
el Premio Nacional de Literatura del año 1959. De otra parte,
una problemática esencial para comprender y encauzar nuestro
presente y nuestro futuro: la consideración y el amor a Portugal,
como complemento histórico y necesario punto de referencia
de la realidad española; y la comprensión abierta
hacia Cataluña: la necesidad de entender el catalanismo como
una forma definida del ser español; de poner en guardia frente
al centralismo cerrado, poco acorde con las raíces medievales
de la España íntegra y al mismo tiempo plural.
La escasez de tiempo de que dispongo, me obliga a
dejar a un lado la importante contribución de Pabón
al estudio de la revolución contemporánea para centrarme
en el segundo de los temas preferentes, el enmarcado en el ámbito
peninsular.
Como he advertido, La Revolución portuguesa apareció
entre 1941 y 1944. Causó gran impacto en su momento, y obtuvo
del Gobierno portugués el Premio Camoens. En cierto modo
respondía, según acabo de advertir, a un mismo empeño
que su posterior estudio sobre Cambó: una comprensión
mejor de nuestra realidad (Portugal es la Hispania segregada; Cataluña,
la Hispania diferenciada). Sin embargo, en cuanto a su valor -como
logro definitivo- hay una gran distancia de una a otra. La Revolución
portuguesa no podía ser una obra definitiva: la suerte posterior
del salazarismo, que Pabón alcanzó a ver todavía,
desmentía la tesis básica mantenida por él
como un teorema: del Orden antiguo (la Monarquía de los Braganza)
al Orden nuevo (el Estado de Carmona y Salazar), separados por el
Desorden revolucionario. Escapaba a la concepción del libro
un hecho esencial: el orden -con minúscula- logrado, indudablemente
por Salzar, no era el Orden con mayúscula; más bien,
otra forma de Desorden. Preciso es tener en cuenta la predilección
que Pabón dispensó, en los tiempos del desorden español,
por el régimen gremialista, y concretamente por la persona
de Salazar; y conviene añadir que el indudable prestigio
de este último era, por entonces, universal. Pero es el caso
que en este libro la primacía otorgada a la superestructura
política margina la profunda problemática social,
no resuelta en el "Estado nuevo".
Dicho esto, es preciso reconocer lo que supuso la
oceánica aportación bibliográfica que daba
base al estudio de Pabón; su acierto en la caracterización
de las figuras clave, aunque en algunos casos prevalezca el prejuicio
sobre la objetividad. Aun así, los historiadores españoles
que en nuestros días han revisado las tesis de Pabón
-me refiero a Hipólito de La Torre y a Sánchez Cervelló-,
empiezan por reconocer el valor que objetivamente encierra el esfuerzo
pionero del maestro sevillano para reconstruir una historia viva,
que aún no habían intentado en el mismo Portugal,
y los aciertos parciales -pero auténticos- que valoran el
conjunto: la crisis final de la Monarquía de los Braganza,
la excelente evocación de la figura de Sidonio Paes y su
intento político. Añadiré que aún están
por descubrir otras claves sospechables para un posible -y necesario-
revisionismo del "Estado nuevo", desfigurado tras la corriente
condenatoria que siguió a la "revolución de los
claveles".
Lo que puede ser considerado como frustración
en La Revolución portuguesa es logro rotundo en Cambó.
Se trata de una de las cumbres de la historiografía española
del siglo XX. Escrita en dos etapas muy distantes (el primer tomo
apareció en 1953; el segundo y el tercero en 1969), existe
una perfecta continuidad y armonía entre las tres partes.
Por lo demás, las tres se apoyan en un material documental
de primer orden: los papeles de Cambó, facilitados por don
Ramón Guardans.
El libro está concebido desde un empeño
de escrupulosa reconstrucción histórica, pero también
desde una finalidad política. En primer lugar, se trataba
de descubrir a las nuevas generaciones lo que fue -como político,
como catalán, como español- Francisco Cambó.
En segundo, de desvelar la realidad de la España de entre
siglos -desde los comienzos de la Restauración hasta la fecha
de la gran crisis, 1936. Realidad muy diversa de la que venían
reflejando los libros de la historia española escritos según
los injustos juicios condenatorios emitidos tanto por el regeneracionismo
rupturista de los años treinta como por los triunfadores
de 1939 -para quienes toda la historia contemporánea española
se resumía en el desprecio hacia los "setenta años
de incuria y abandono" y en un implacable rechazo de cuanto
sonase a simple espíritu liberal. Y en tercer lugar, se propuso
Pabón contraponer al fanático nacionalismo castellanista
típico del franquismo, empeñado en confundir lo castellano
con lo español, vario por esencia, la riqueza de las manifestaciones,
o versiones, no castellanas, del ser de España: concretamente,
la de una Cataluña ansiosa de liderar el regeneracionismo
de una España descentralizada. Y Pabón nos da, desde
Cambó, el examen objetivo y apasionante de la crisis española
del siglo XX.
El historiador sevillano estaba especialmente "preparado"
para plantearse y para entender el fenómeno Cambó.
No pocas razones le aproximaban a él: afinidades políticas;
coincidencias en un destino que podríamos resumir a través
de frustraciones injustas, difíciles de explicar, de justificar.
Como observó Ventosa, "Cambó no dio de sí
todo lo que podía dar... Precisamente ésta ha sido
... la gran tragedia de su vida...: sentir, dentro de sí,
la fuerza creadora y ver cómo se esterilizaba por razón
de circunstancias diversas, de origen físico y de orden político,
imprevisibles unas, inseparables otras". Salvando indudables
matices, aceptaríamos exactamente el texto sustituyendo el
nombre "Cambó" por este otro: Pabón. La
reflexión que a este último sugiere el lamento de
Ventosa, deja, por otra parte, muy clara la distancia entre éxito
y razón. "La Historia, a mi ver, mejor que doctrina
alguna, condena al cabo la moral del éxito, da mil veces
la razón al que fracasó... Y en la derrota de Cambó
habría que estimar si se debió a su falta de razón
o a la sinrazón de otros".
En cuanto a la doble historia -la de España,
la de Cataluña- en la etapa presidida por el signo de los
regeneracionismos, Pabón la aborda partiendo de un agudo
análisis de las raíces del catalanismo político,
que aflorarán en la Lliga regionalista de Prat de la Riba,
de Puig i Cadafalch, de Cambó, para estudiar luego su desarrollo
-su potenciación- en la gran crisis española provocada
por el 98.
El catalanismo político, según el análisis
de Pabón, parte de una realidad tradicional -una emoción,
una conciencia entrañable, de viejas raíces medievales-,
enfrentada con los nuevos tiempos (la revolución industrial,
el idealismo romántico, la elaboración teórica
de una abstracta idea federal). Y ese proceso ideológico
-que lleva desde el "provincialismo" de los románticos
al regionalismo, primero, y al nacionalismo después, tratará
de abrirse camino, a partir del 98, como cauce para la solución
de los problemas de España. Es lo que sintetizará
el lema político propiciado por Prat de la Riba: "Catalunya
lliure dins l'Espanya gran".
Ese catalanismo, primero a través de la Solidaridad
Catalana; luego, simplemente encarnado en la Lliga regionalista,
actuará, en efecto, como estímulo a los dos grandes
proyectos regeneracionistas de comienzos del siglo XX: el de Maura,
cuya Ley de Bases de Régimen Local es un buen cauce de entendimiento
con las aspiraciones catalanas; el de Canalejas, que proporcionará
el primer peldaño en el camino hacia la autonomía
catalana, esto es, la Mancomunidad propuesta por el propio Canalejas,
y que Dato convertiría en realidad mediante un decreto ley.
Luego, la Guerra Europea tendría su repercusión
-gracias a la neutralidad mantenida por el Rey- en una coyuntura
económica excepcional para la España en paz, a la
que se abrieron los mercados europeos, con especial beneficio para
la industria catalana, pero también para las grandes zonas
agrarias del país. Pero, al llegar la paz, el inevitable
reverso. Una recesión provocada por el cierre de mercados
exteriores, y las repercusiones del nacionalismo radical alimentado
en Centro Europa por Wilson y Clemenceau, y de la revolución
rusa, que coinciden a partir del conflictivo año 1917, en
el llamado "trienio bolchevique". El catalanismo político,
que ha abierto paso a una nueva modalidad política, el gobierno
Nacional, propiciado por el propio Cambó, y en el que éste
demostrará su capacidad política y administrativa,
en contraste con la atonía crepuscular de Maura, y en rivalidad
con Santiago Alba.
El segundo tomo de Cambó se inicia con la
gran crisis -tanto económica como social- producida por la
posguerra, a la que se sumaría el grave tropiezo militar
en Marruecos -Annual: 1921- con sus repercusiones responsabilistas:
el plano inclinado a la Dictadura -ésta, a su vez, un intento
"regeneracionista", todavía dentro del Régimen,
pero ya al margen del sistema canovista-; etapa durante la cual
la actividad de Cambó, marginado políticamente, se
centra en las peripecias del mundo de los negocios, en el que ha
entrado brillantemente a través de la CHADE. Y en fin, la
caída de la Dictadura y la crisis de la Monarquía:
crisis que quizá hubiera podido superar Cambó -en
quien confiaba el Rey-, pero que se vio desplazado, en la coyuntura
más decisiva de su vida política, por el cáncer
de garganta que se le detectó precisamente entonces -como
su plataforma partidista, la liga Regionalista, lo había
sido ya por la Esquerra Catalana.
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Me consta que Pabón dudó mucho en prolongar su semblanza
política de Cambó más allá de los días
en que, casi coincidiendo con la crisis del Régimen, la enfermedad
-y la República- desplazaron al líder catalanista
del primer plano político que durante tantos años
ocupara en el país. Le repugnaba, de otra parte, la tarea
de abordar, "históricamente", una etapa que de
forma tan intensa como dramática le había tocado vivir.
Pero la empresa resultaba ineludible; la vida catalana en la autonomía
daba salida a una aspiración por la que Cambó había
luchado durante toda su vida; el intenso centrista de la Lliga durante
el segundo bienio republicano juega un papel importante en el bloque
de fuerzas que trató de hacer habitable el Régimen
para las derechas. Y es lo cierto que el gran historiador triunfó,
de manera memorable, en el difícil empeño; no sólo
logró proyectar en un plano totalmente objetivo la realidad
republicana -a través de sus propias vivencias: se trata
de un cuadro testimonial-, sino que su exposición sistemática
de los hechos que hilvanan el régimen supone el cuadro más
claro y más fiel de una realidad próxima, y enturbiada
habitualmente por la pasión. Y de otra parte, el conocimiento
directo de personas y acontecimientos da pie a algunas de las semblanzas
más eficaces logradas por el historiador "humanista".
En este sentido, pueden considerarse modélicas las páginas
dedicadas a Azaña -contrastado, como orador y gobernante,
con el máximo representante del liberalismo democrático
en los días de Alfonso XIII, Canalejas. Sí, estamos
seguros: pasará el tiempo, se acumularán los análisis,
pero siempre habrá que volver -para superar mitos y condenas-
a la serena exposición de Pabón, que trasciende lo
que pudieron ser unas memorias apasionadas para alcanzar cimas de
una objetiva serenidad en un cuadro histórico impresionante,
aún a costa del protagonismo de Cambó: aunque Cambó,
en realidad, sigue siendo el hilo interior que aflora siempre, como
un contraste del "seny" en la crisis continuada vivida
por la República.
La crítica especializada ha sido unánime
al enjuiciar el Cambó de Pabón como una de las obras
maestras de nuestra historiografía, "un clásico
insuperable de la historia contemporánea". Lo que resulta
poco comprensible es el escaso entusiasmo con que se la acogió
precisamente en Cataluña: en la Cataluña a la que
se ofrendaba, para la que suponía un conmovedor homenaje,
mucho más valioso que el de Orwell. Estoy seguro de que ésta
fue la gran frustración de Pabón en el plano intelectual,
precisamente cuando vivía su otra gran frustración
en el plano político. Pienso que las razones para esta fría
acogida que los intelectuales catalanes dispensaron a la obra de
Pabón fueron tres. En primer lugar, que por entonces (en
1953, en 1969) no era Cambó, precisamente, figura muy estimada
por la sociedad catalana en su conjunto: de una parte, para la Cataluña
derrotada con el resto de la España republicana en la guerra
civil, Cambó estaba "marcado" por la Esquerra y,
sobre todo, por esa corriente soterrana que aún alienta en
los retoños del obrerismo catalán de aquellos años,
la del sindicalismo ácrata: la CNT del primer tercio del
siglo XX, enemiga mortal del gran líder de la Lliga y de
la misma Lliga -formación política de ideología
profundamente arraigada en la tradición conservadora (que
no inmovilista), y con base en la potente burguesía que puso
a Cataluña al nivel de las potencias impulsadas por la revolución
industrial del siglo anterior; de otra parte, y en el polo opuesto,
la Cataluña que asumió la nueva situación creada
por el fin de la guerra, miraba a Cambó como artífice
-fracasado- de un camino sin horizonte. Pero al mismo tiempo, los
historiadores catalanes del momento, ya prevenidos contra Pabón
por cuestiones de método, experimentaron un cierto disgusto,
o un cierto malestar -un complejo de celos- ante el hecho de que
un investigador no catalán hubiera sido capaz de llevar a
cabo aquel extraordinario esfuerzo para recuperar uno de los grandes
valores auténticos del más vivo y reciente pasado
de Cataluña, magnificándolo ante el resto de España:
entendían, con actitud bastante mezquina, que esa era misión
reservada, en todo caso, a los catalanes.
En los años últimos, la valoración
del esfuerzo de Pabón para reivindicar -y comprender- al
gran político catalán se ha manifestado por fin en
la erección de un monumento en bronce a Cambó, cerca
de su mansión de la Vía Layetana; y en el hecho de
que el otro y auténtico monumento -la gran biografía
ultimada por Pabón hace cuarenta años- haya vuelto
a cobrar actualidad y proyección en una segunda y modélica
edición.
Para cerrar este limitadísimo repaso a lo
más notable de la obra de Pabón, voy a referirme ahora
a su libro inacabado: Narváez. Pabón había
dedicado un gran esfuerzo, a partir de su ingreso en la R. Academia
de la Historia, a inventariar el archivo del duque de Valencia,
depositado en ella desde 1926; e iniciado la redacción de
una obra que debía darnos la clave del siglo XIX español
-como Cambó nos diera la del siglo XX. Creo que en esa redacción
no pasó de la Introducción y de un largo capítulo
cuyo contenido no rebasaba de las actividades militares del joven
Narváez -durante el trienio liberal. Al menos, esto es lo
que Pabón me dio a conocer de su trabajo. Salvo el aludido
prólogo introductorio, lo definitivamente escrito no alcanzó
la etapa del "general" y del "político".
Pero en aquel prólogo estaban ya insertas las claves de lo
que hubiera sido el gran estudio proyectado: una desmitificación
del duque de Valencia, visto entre la luz y la sombra de sus cualidades
eminentes y de sus arrebatos irracionales. Dispongo de una interesante
carta de Pabón que me desvelaba su plan:
"Creo que no acerté a decirle lo que
me propongo... Hablo del propósito, y nada más. Trato
de hacer una biografía, es decir, una historia de Narváez,
desde él. Lo contrario del Cambó. En el Cambó
estudié los problemas: Cataluña, África, la
Dictadura, la crisis de la Monarquía, etc., etc. Ahora, por
el contrario, los problemas se reflejarían en tanto los vivió
Narváez. No haré la guerra de la Independencia, ni
el Trienio, ni los Cien Mil Hijos de San Luis, ni las guerras carlistas,
más que en la medida precisa para explicar al duque de Valencia.
Pienso que el tratamiento está apuntado en la Aproximación
al personaje, que usted leyó. Naturalmente, la historia de
Narváez se identifica con la Historia de España en
la medida en que la domina: muy varia en el curso de los años.
De todos modos, a diferencia de Cambó, Narváez
es una figura dominante: su plenitud, la política interior
y exterior de España; en sus limitaciones y sus complejidades;
hombre de gobierno y no hombre de estado.
El Archivo -según me dijo Fernández
Almagro- estuvo en poder de Rodrigo Soriano, que estudió
la correspondencia de Narváez con González Bravo en
los últimos días de aquél. En un apunte de
Soriano -papel de diputado por Valencia- se lee. "Enorme personalidad
de Narváez". Y era el Narváez acabado del Gobierno
final".
Narváez es, sin duda, una época importante
de la Historia de España. En el precioso ensayo El régimen
de los generales, que supuso ya una primera movilización
del archivo del duque de Valencia ordenado por Pabón, queda
perfilado el liberalismo esencial del personaje, y, junto a este
liberalismo que él siempre proclama, su sentido del "orden".
He aquí el problema del moderantismo en el poder. La historiografía
más o menos vinculada a los derroteros progresistas o revolucionarios,
crear la confusión al convertir en "liberales"
únicamente a los seguidores del "progreso"; a su
vez, los realistas, los carlistas, aunque favorecidos por el empeño
moderado de superar en síntesis difícil los enfrentamientos
feroces de la guerra civil, nunca mirarán con buenos ojos
a los que, de hecho, han afianzado el régimen representativo
en España. Y así, los moderados se verán identificados
con una especie de "centrismo" que vive en contradicción
permanente: entre el rechazo de la revolución y el repudio
del Antiguo Régimen.
Pienso que al tomar contacto directo con esta problemática,
Pabón hubiera podido lograr en Narváez su obra definitiva.
Pero súbitamente renunció a continuar su trabajo.
Una tarde (¿1975, o ya 1976?), en su despacho de la Real
Academia de la Historia, me dijo:
"Este verano pasado, en Sevilla, hice testamento.
En él he dispuesto que los originales escritos sobre el tema
(Narváez) y los apuntes que tenía en esbozo, le sean
entregados a usted a mi muerte, para que disponga de ellos a su
gusto: o publicarlos como están, o continuarlos, o simplemente
desecharlos y arrojarlos a la papelera".
Pudo influir en esta decisión el saber que
"otro archivo Narváez" -un importante fondo documental
que no fue entregado a la Academia en 1926, y que los herederos
del duque de Valencia vendieron, hacia 1950, a Sergio Fernández
Larrain, embajador entonces de Chile en España: hombre curioso
de la Historia y apasionado coleccionista de documentos antiguos-
había ido a parar nada menos que a Santiago de Chile. Pudo
influir también en su decisión la limitación
física que le había dejado como secuela el desgraciado
accidente que padeció en 1974. Pero sobre todo, creo que
la causa esencial de aquella "abdicación" fue el
proceso depresivo que sus amigos más próximos habíamos
detectado en él: quizá un diagnóstico médico
que no le dejara muchas esperanzas de vida.
Ya fallecido Pabón, y en posesión de
los papeles a que se refería su testamento, decidí
recoger en un volumen la parte ya escrita del libro proyectado por
mi inolvidable maestro, añadiendo algunos opúsculos
-artículos ya publicados, o escritos aún inéditos,
a los que añadí (como un hilo conductor) El régimen
político de los generales-, que venían a completar
los aspectos, personales y políticos, de "el Espadón".
El volumen, publicado en Austral con un extenso prólogo de
mi mano, se tituló Narváez y su época. Por
supuesto, sólo se trataba de un ínfimo sucedáneo
de lo que pudo ser y no fue.
Andando los años, aún pude dar a conocer,
en el boletín de la Real Academia de la Historia, el interesantísimo
"Epílogo" salvado de las "Memorias" que
él mismo había destruido en un trance depresivo. En
cierto modo, ésas han sido mis contribuciones -hasta ahora-
a la bibliografía del gran maestro desaparecido.
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A lo largo de un recorrido que se inicia propiamente
con La Revolución portuguesa y termina en España y
la cuestión romana y La subversión contemporánea
va desplegándose la simultánea evolución ideológica
de Jesús Pabón, cuyas claves son su apertura creciente,
su generosidad cada vez mayor con el adversario, basadas en un más
profundo conocimiento del hombre en su dimensión histórica
-que no abandona jamás, sin embargo, sus constantes más
firmes: la fe religiosa, sin paliativos, y la toma de posiciones
a favor de la Tradición (que no es inmovilismo) y contra
la Revolución (entendida en profundidad). De la inicial tentación
maniquea (cuya presencia es imposible negar en alguno de los argumentos
utilizados en Palabras en la oposición y en La Revolución
portuguesa) Pabón pasa, en su plenitud moral e intelectual,
que da la clave de la objetividad más difícil de conseguir,
a las serenas definiciones de Cambó, de España y la
cuestión romana y del prólogo al Lenin, de Trotski.
Del corte en planos nítidos y diferenciados abruptamente,
en última instancia alejados de la realidad -como abstractos
"puntos cardinales"-, evoluciona Pabón a la búsqueda
de una comprensión del hombre real en la Historia: a la búsqueda
de una comprensión del hombre real en la Historia: a la búsqueda
de la verdad de cada cual, en una toma de contacto que no es toma
de posiciones. Pabón definiría esta actitud objetiva
como "moderada", respaldándola en textos ilustres,
el de Azaña -que ya recogí; el de Baroja: "Las
palabras, sobre todo cuando no se entienden, llevan a la guerra
y a la barbarie; la inteligencia de los hechos, lleva a la moderación".
Narváez pudo ser -en la definición de ese moderantismo
que rehuye los planteamientos maniqueos, y que se traiciona a sí
mismo cuando se identifica con la ultraderecha en la que no debe
estar- la gran ocasión para el hombre y el historiador Jesús
Pabón.
Una ocasión, por desgracia, definitivamente
perdida".
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