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Sesión dedicada a la memoria del ateneísta D. Jesús Pabón y Suárez de Urbina

Con presentación del Presidente D. Enrique Barrero González, contiene las ponencias que se pronunciaron en la sesión de homenaje a quien fuera ateneísta y Director de la Real Academia de la Historia. Así, las de D. Juan Manuel Albendea Pabón, Diputado a Cortes, D. Nicolás Salas, escritor y periodista, D. José Manuel Cuenca Toribio, Catedrático de Historia Contemporánea y D. Carlos Seco Serrano, de la Real Academia de la Historia. Damos a continuación las palabras de D. Carlos Seco contenidas en el fascículo.

""Soy, redondamente, católico, español y monárquico": así se definía Jesús Pabón en 1950. A los ojos de cualquiera de los "progres" al uso, tal declaración justificaría, también redondamente, la condena del ilustre historiador bajo el anatema de "reaccionario". Ahora bien, conviene tener en cuenta el contexto en que se situaba la declaración de don Jesús: el prólogo a su espléndido libro Bolchevismo y literatura, que, por su independencia de criterio al analizar el mensaje y la virtualidad del marxismo-bolchevismo, podía suscitar sospechas, en los argos de la dictadura franquista, sobre la ideología del autor, ante observaciones como ésta: "Me parecen falsas las propagandas sobre el bolchevismo. Entre ambas -la que se mueve en pro y la que se agita en contra-, va convirtiéndose en un fantasma incomprensible e inasequible. Si el bolchevismo fuera esa simpleza que tanto se pregona, ni hubiera durado treinta años, ni hubiera resistido a las armas alemanas".

Para entender, tanto al hombre como al historiador -y al político- hay que renunciar a encasillarle, sin conocer la realidad profunda de su calidad humana, y con un perezoso recurso a la terminología convencional. Acudiré a otro texto suyo en que, una vez más -ahora con absoluta precisión- se caracterizó a sí mismo como "moderado". Fue a raíz de la entrevista que un gacetillero -de cuyo nombre no quiero acordarme- le hizo allá a finales de los años sesenta, y que le había calificado, sin más, de "conservador". En el prólogo al II tomo de su obra magna -Cambó- don Jesús replicó de esta forma: "No creo ser, ni haber sido en la vida o en la obra, un conservador. Sí, de modo más preciso, un moderado". Rehuyendo asimismo la confusión de este calificativo con la denominación del partido que monopolizó la vida política española en los días de Isabel II, advirtió: "Ya sé que la designación, entre nosotros, resulta equívoca. Pero no es difícil devolverle su significado original e histórico, que opuso la moderación a la exaltación". Y aducía, entre otros, el testimonio -nada menos- de don Manuel Azaña, expresado por la boca de uno de los personajes de La velada en Benicarló: "Habla usted del moderantismo dando al vocablo una significación baja, despectiva, como si la moderación fuera mero empirismo que recorta por timidez las alas de la novedad. No es eso. La moderación, la cordura, la prudencia de que yo hablo, estrictamente razonables, se fundan en el conocimiento de la realidad, es decir, en la exactitud... Nos conducimos como gente sin razón, sin caletre".

(Quiero, por mi parte, puntualizar sobre esta terminología -sobre estos conceptos: conservador / moderado-, advirtiendo que el gran Partido que fundó Cánovas titulándolo "liberal conservador", rehuyó la denominación de moderado, precisamente para que no se le confundiera con el Partido que en los últimos años del reinado isabelino se había convertido en símbolo de despotismo, aunque, según el criterio adoptado por Pabón, era el de "moderado" el término que mejor encajaba en la ideología política del gran estadista.)

En imagen gráfica muy sencilla, cabría entender las dos posturas -la de un progresismo de vocación revolucionaria, y la de un moderantismo transaccionista- como la de los arquitectos que ante la necesidad de abordar el problema de un venerable edificio en trance de ruina, optasen, el uno por derribarlo y alzar otro nuevo en su lugar; y el otro, por restaurarlo robusteciendo sus cimientos pero sin renunciar a la belleza insustituible del monumento. Claro que esta última solución requeriría, al paso del tiempo, la introducción de nuevos servicios, la necesidad de introducir mejoras de acuerdo con los adelantos de la técnica o con las exigencias de la higiene. No proceder de esta manera acabaría haciendo inhabitable el edificio, y dando la razón al partidario de su derribo. En otras palabras, convertiría la solución conservadora (o moderada) en actitud inmovilista, reaccionaria, justificando la solución revolucionaria.

Habrá que añadir algo más para diseñar la semblanza ideológica del hombre y el historiador. Moderado -transaccionista-, era Pabón, asimismo, un liberal perfecto en el sentido en que Marañón definió, de manera inequívoca, lo que podríamos llamar "liberalismo ético":

"Ser liberal es, precisamente, estas dos cosas: primero, estar dispuesto a entenderse con el que piensa de otro modo; y segundo, no admitir jamás que el fin justifica los medios, sino que, por el contrario, son los medios los que justifican el fin. El liberalismo es, pues, una conducta y, por lo tanto, es mucho más que una política. Y, como tal conducta, no requiere profesiones de fe sino ejercerla, de un modo natural, sin exhibirla ni ostentarla. Se debe ser liberal sin darse cuenta, como se es limpio, o como, por instinto, nos resistimos a mentir".

De esta manera fue liberal, y fue moderado, el hombre Jesús Pabón. De esta manera lo fue, siempre, el historiador Jesús Pabón.

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En los años sesenta -precisamente cuando había dado a la luz su obra más importante -Cambó-, la labor historiográfica de Pabón se vio cuestionada, desde el punto de vista metodológico: era la época en que privaba la fascinación por la escuela marxista, y se oponía al método erudito (tradicional) el supuestamente infalible método estadístico. No deja de ser curioso que los autocalificados renovadores de la investigación histórica pretendiesen apoyarse en la famosa escuela francesa de "Annales", olvidando lo que respecto al método dijo, de manera diáfana, el fundador de esa escuela, Lucien Fèbvre: "No me habléis de método: método es el hombre".

Hoy por hoy, gracias a Dios, estamos de vuelta de aquel camino equivocado -el del materialismo marxista aplicado a la metodología histórica, pero también el del pedante repudio de la llamada historia "événementielle". La historiografía actual ha recuperado la historia política y la biografía, y ha llegado a la conclusión de que sin acontecimientos -événements- no hay historia. Y se ha afirmado en la restauración del hombre -del hombre individuo- como auténtico motor de la Historia.

En el caso de Pabón, para empezar, constituía un error garrafal encasillarlo en la desacreditada historia romántica, pero también en la llamada "historia erudita", aunque ésta, en cuanto instrumento, es imprescindible -esencial- en la tarea del historiador. Pabón encarnaba una escuela historiográfica que yo he calificado como "humanista": esa escuela tendrá siempre validez mientras subsista el espíritu humano. La aguda afirmación de Fèbvre -"método es el hombre"- ha sido ratificada por las actuales corrientes revisionistas del mal llamado "método estadístico". La historiografía de los años cincuenta y sesenta se interesaba exclusivamente por el hombre-número, por el hombre masa, por el hombre sumido en su entorno social, y acudía al método "estadístico" para fijar los procesos económicos, demográficos y sociales, menospreciando al hombre individualizado y su papel esencial en todos los grandes procesos históricos: piénsese en el papel desempeñado en su época por un Lutero, por un Bonaparte. Y es que esa historiografía respondía a una limitación del investigador, que hacía, en sus grandes alardes atenidos al dato suministrado por la computadora, de la necesidad, virtud. Para Pabón la tarea empezaba allí donde quedan registradas estas limitaciones: su prodigiosa intuición para calar y definir la intimidad del hombre en su dimensión intransferible, está presente en todas sus obras: pienso en ese friso de personalidades señeras que se nos ofrece en el magnífico estudio sobre Cambó; pienso en el Canalejas del prólogo al libro de Sevilla Andrés; pienso en las profundas raíces generadoras del corso Bonaparte, artífice de una nueva Francia, de una nueva Europa. Por supuesto, será muy difícil encontrar un continuador o un heredero del humanismo paboniano, porque si las computadoras pueden ser reemplazadas y mejoradas, la sensibilidad del psicólogo es insustituible:

Era esa intuición, esa profundidad del humanista la que cautivaba al alumno que asistía por primera vez a las clases de don Jesús, o al hombre maduro y culto que escuchaba una de sus magistrales conferencias. En ellas coincidían la exactitud matemática del concepto y la gracia del ejemplo definidor, de la anécdota oportuna, que a un mismo tiempo aligeraba la argumentación rigurosa y resumía en una instantánea muchas páginas trabajosas. Al leerle se comprobaba luego que era un prosista extraordinario. Tenía su estilo precisión y diafanidad inigualables: una elegancia alcanzada mediante el desprecio absoluto a cualquier gala más o menos superflua: la belleza del texto estaba en la desnudez, en la precisión perfectamente a la idea que quería expresar.

En cuanto a la obra concreta del historiador, empecemos por advertir que la caracteriza, desde su inicio, una madurez cuajada. Recordemos que al sobrevenir la tremenda catástrofe de la guerra civil, sólo había publicado dos libros: Positivismo y propiedad, que había sido su tesis doctoral, pero que no puede entenderse propiamente como estudio histórico, y Palabras en la oposición, elaborado sobre la realidad política viva: discursos, artículos, conferencias. Sabemos, por su propia confesión, que en julio de 1936 tenía terminadas dos obras -la dedicada a Lola Montes, agente provocador de la revolución de 1848 en Baviera; y la biografía del doctor Rizal, artífice y mártir del nacionalismo filipino. Ambas obras fueron destruidas al ser arrasado su piso de Madrid. Durante la guerra apareció el libro Diez figuras, una obra de circunstancias.

De hecho, pues, la carrera del historiador parte, propiamente, de 1941, año en que aparece el primer tomo de La Revolución portuguesa; y se afirma luego con el magnífico ensayo -en realidad, un estudio en profundidad sobre la personalidad de Bonaparte- Las ideas y el sistema napoleónicos, y el segundo tomo de La Revolución portuguesa, publicados en el mismo año 1944. En ambas obras se definen ya las dos cuestiones que habrán de polarizar, en adelante, la vocación y la atención del historiador: de una parte, la Revolución contemporánea en sus dos ciclos: el liberal (en que se encuadran el precioso ensayo Francklyn y Europa, y Las ideas y el sistema napoleónicos, junto a otras obras menores; y el socialista, culminante en la revolución bolchevique, a la que Pabón presta especial atención en su librito -en formato- Zarismo y bolchevismo (un estudio de mentalidades) y, sobre todo, en Bolchevismo y literatura, una de sus obras capitales, que le valdría el Premio Nacional de Literatura del año 1959. De otra parte, una problemática esencial para comprender y encauzar nuestro presente y nuestro futuro: la consideración y el amor a Portugal, como complemento histórico y necesario punto de referencia de la realidad española; y la comprensión abierta hacia Cataluña: la necesidad de entender el catalanismo como una forma definida del ser español; de poner en guardia frente al centralismo cerrado, poco acorde con las raíces medievales de la España íntegra y al mismo tiempo plural.

La escasez de tiempo de que dispongo, me obliga a dejar a un lado la importante contribución de Pabón al estudio de la revolución contemporánea para centrarme en el segundo de los temas preferentes, el enmarcado en el ámbito peninsular.

Como he advertido, La Revolución portuguesa apareció entre 1941 y 1944. Causó gran impacto en su momento, y obtuvo del Gobierno portugués el Premio Camoens. En cierto modo respondía, según acabo de advertir, a un mismo empeño que su posterior estudio sobre Cambó: una comprensión mejor de nuestra realidad (Portugal es la Hispania segregada; Cataluña, la Hispania diferenciada). Sin embargo, en cuanto a su valor -como logro definitivo- hay una gran distancia de una a otra. La Revolución portuguesa no podía ser una obra definitiva: la suerte posterior del salazarismo, que Pabón alcanzó a ver todavía, desmentía la tesis básica mantenida por él como un teorema: del Orden antiguo (la Monarquía de los Braganza) al Orden nuevo (el Estado de Carmona y Salazar), separados por el Desorden revolucionario. Escapaba a la concepción del libro un hecho esencial: el orden -con minúscula- logrado, indudablemente por Salzar, no era el Orden con mayúscula; más bien, otra forma de Desorden. Preciso es tener en cuenta la predilección que Pabón dispensó, en los tiempos del desorden español, por el régimen gremialista, y concretamente por la persona de Salazar; y conviene añadir que el indudable prestigio de este último era, por entonces, universal. Pero es el caso que en este libro la primacía otorgada a la superestructura política margina la profunda problemática social, no resuelta en el "Estado nuevo".

Dicho esto, es preciso reconocer lo que supuso la oceánica aportación bibliográfica que daba base al estudio de Pabón; su acierto en la caracterización de las figuras clave, aunque en algunos casos prevalezca el prejuicio sobre la objetividad. Aun así, los historiadores españoles que en nuestros días han revisado las tesis de Pabón -me refiero a Hipólito de La Torre y a Sánchez Cervelló-, empiezan por reconocer el valor que objetivamente encierra el esfuerzo pionero del maestro sevillano para reconstruir una historia viva, que aún no habían intentado en el mismo Portugal, y los aciertos parciales -pero auténticos- que valoran el conjunto: la crisis final de la Monarquía de los Braganza, la excelente evocación de la figura de Sidonio Paes y su intento político. Añadiré que aún están por descubrir otras claves sospechables para un posible -y necesario- revisionismo del "Estado nuevo", desfigurado tras la corriente condenatoria que siguió a la "revolución de los claveles".

Lo que puede ser considerado como frustración en La Revolución portuguesa es logro rotundo en Cambó. Se trata de una de las cumbres de la historiografía española del siglo XX. Escrita en dos etapas muy distantes (el primer tomo apareció en 1953; el segundo y el tercero en 1969), existe una perfecta continuidad y armonía entre las tres partes. Por lo demás, las tres se apoyan en un material documental de primer orden: los papeles de Cambó, facilitados por don Ramón Guardans.

El libro está concebido desde un empeño de escrupulosa reconstrucción histórica, pero también desde una finalidad política. En primer lugar, se trataba de descubrir a las nuevas generaciones lo que fue -como político, como catalán, como español- Francisco Cambó. En segundo, de desvelar la realidad de la España de entre siglos -desde los comienzos de la Restauración hasta la fecha de la gran crisis, 1936. Realidad muy diversa de la que venían reflejando los libros de la historia española escritos según los injustos juicios condenatorios emitidos tanto por el regeneracionismo rupturista de los años treinta como por los triunfadores de 1939 -para quienes toda la historia contemporánea española se resumía en el desprecio hacia los "setenta años de incuria y abandono" y en un implacable rechazo de cuanto sonase a simple espíritu liberal. Y en tercer lugar, se propuso Pabón contraponer al fanático nacionalismo castellanista típico del franquismo, empeñado en confundir lo castellano con lo español, vario por esencia, la riqueza de las manifestaciones, o versiones, no castellanas, del ser de España: concretamente, la de una Cataluña ansiosa de liderar el regeneracionismo de una España descentralizada. Y Pabón nos da, desde Cambó, el examen objetivo y apasionante de la crisis española del siglo XX.

El historiador sevillano estaba especialmente "preparado" para plantearse y para entender el fenómeno Cambó. No pocas razones le aproximaban a él: afinidades políticas; coincidencias en un destino que podríamos resumir a través de frustraciones injustas, difíciles de explicar, de justificar. Como observó Ventosa, "Cambó no dio de sí todo lo que podía dar... Precisamente ésta ha sido ... la gran tragedia de su vida...: sentir, dentro de sí, la fuerza creadora y ver cómo se esterilizaba por razón de circunstancias diversas, de origen físico y de orden político, imprevisibles unas, inseparables otras". Salvando indudables matices, aceptaríamos exactamente el texto sustituyendo el nombre "Cambó" por este otro: Pabón. La reflexión que a este último sugiere el lamento de Ventosa, deja, por otra parte, muy clara la distancia entre éxito y razón. "La Historia, a mi ver, mejor que doctrina alguna, condena al cabo la moral del éxito, da mil veces la razón al que fracasó... Y en la derrota de Cambó habría que estimar si se debió a su falta de razón o a la sinrazón de otros".

En cuanto a la doble historia -la de España, la de Cataluña- en la etapa presidida por el signo de los regeneracionismos, Pabón la aborda partiendo de un agudo análisis de las raíces del catalanismo político, que aflorarán en la Lliga regionalista de Prat de la Riba, de Puig i Cadafalch, de Cambó, para estudiar luego su desarrollo -su potenciación- en la gran crisis española provocada por el 98.

El catalanismo político, según el análisis de Pabón, parte de una realidad tradicional -una emoción, una conciencia entrañable, de viejas raíces medievales-, enfrentada con los nuevos tiempos (la revolución industrial, el idealismo romántico, la elaboración teórica de una abstracta idea federal). Y ese proceso ideológico -que lleva desde el "provincialismo" de los románticos al regionalismo, primero, y al nacionalismo después, tratará de abrirse camino, a partir del 98, como cauce para la solución de los problemas de España. Es lo que sintetizará el lema político propiciado por Prat de la Riba: "Catalunya lliure dins l'Espanya gran".

Ese catalanismo, primero a través de la Solidaridad Catalana; luego, simplemente encarnado en la Lliga regionalista, actuará, en efecto, como estímulo a los dos grandes proyectos regeneracionistas de comienzos del siglo XX: el de Maura, cuya Ley de Bases de Régimen Local es un buen cauce de entendimiento con las aspiraciones catalanas; el de Canalejas, que proporcionará el primer peldaño en el camino hacia la autonomía catalana, esto es, la Mancomunidad propuesta por el propio Canalejas, y que Dato convertiría en realidad mediante un decreto ley.

Luego, la Guerra Europea tendría su repercusión -gracias a la neutralidad mantenida por el Rey- en una coyuntura económica excepcional para la España en paz, a la que se abrieron los mercados europeos, con especial beneficio para la industria catalana, pero también para las grandes zonas agrarias del país. Pero, al llegar la paz, el inevitable reverso. Una recesión provocada por el cierre de mercados exteriores, y las repercusiones del nacionalismo radical alimentado en Centro Europa por Wilson y Clemenceau, y de la revolución rusa, que coinciden a partir del conflictivo año 1917, en el llamado "trienio bolchevique". El catalanismo político, que ha abierto paso a una nueva modalidad política, el gobierno Nacional, propiciado por el propio Cambó, y en el que éste demostrará su capacidad política y administrativa, en contraste con la atonía crepuscular de Maura, y en rivalidad con Santiago Alba.

El segundo tomo de Cambó se inicia con la gran crisis -tanto económica como social- producida por la posguerra, a la que se sumaría el grave tropiezo militar en Marruecos -Annual: 1921- con sus repercusiones responsabilistas: el plano inclinado a la Dictadura -ésta, a su vez, un intento "regeneracionista", todavía dentro del Régimen, pero ya al margen del sistema canovista-; etapa durante la cual la actividad de Cambó, marginado políticamente, se centra en las peripecias del mundo de los negocios, en el que ha entrado brillantemente a través de la CHADE. Y en fin, la caída de la Dictadura y la crisis de la Monarquía: crisis que quizá hubiera podido superar Cambó -en quien confiaba el Rey-, pero que se vio desplazado, en la coyuntura más decisiva de su vida política, por el cáncer de garganta que se le detectó precisamente entonces -como su plataforma partidista, la liga Regionalista, lo había sido ya por la Esquerra Catalana.

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Me consta que Pabón dudó mucho en prolongar su semblanza política de Cambó más allá de los días en que, casi coincidiendo con la crisis del Régimen, la enfermedad -y la República- desplazaron al líder catalanista del primer plano político que durante tantos años ocupara en el país. Le repugnaba, de otra parte, la tarea de abordar, "históricamente", una etapa que de forma tan intensa como dramática le había tocado vivir. Pero la empresa resultaba ineludible; la vida catalana en la autonomía daba salida a una aspiración por la que Cambó había luchado durante toda su vida; el intenso centrista de la Lliga durante el segundo bienio republicano juega un papel importante en el bloque de fuerzas que trató de hacer habitable el Régimen para las derechas. Y es lo cierto que el gran historiador triunfó, de manera memorable, en el difícil empeño; no sólo logró proyectar en un plano totalmente objetivo la realidad republicana -a través de sus propias vivencias: se trata de un cuadro testimonial-, sino que su exposición sistemática de los hechos que hilvanan el régimen supone el cuadro más claro y más fiel de una realidad próxima, y enturbiada habitualmente por la pasión. Y de otra parte, el conocimiento directo de personas y acontecimientos da pie a algunas de las semblanzas más eficaces logradas por el historiador "humanista". En este sentido, pueden considerarse modélicas las páginas dedicadas a Azaña -contrastado, como orador y gobernante, con el máximo representante del liberalismo democrático en los días de Alfonso XIII, Canalejas. Sí, estamos seguros: pasará el tiempo, se acumularán los análisis, pero siempre habrá que volver -para superar mitos y condenas- a la serena exposición de Pabón, que trasciende lo que pudieron ser unas memorias apasionadas para alcanzar cimas de una objetiva serenidad en un cuadro histórico impresionante, aún a costa del protagonismo de Cambó: aunque Cambó, en realidad, sigue siendo el hilo interior que aflora siempre, como un contraste del "seny" en la crisis continuada vivida por la República.

La crítica especializada ha sido unánime al enjuiciar el Cambó de Pabón como una de las obras maestras de nuestra historiografía, "un clásico insuperable de la historia contemporánea". Lo que resulta poco comprensible es el escaso entusiasmo con que se la acogió precisamente en Cataluña: en la Cataluña a la que se ofrendaba, para la que suponía un conmovedor homenaje, mucho más valioso que el de Orwell. Estoy seguro de que ésta fue la gran frustración de Pabón en el plano intelectual, precisamente cuando vivía su otra gran frustración en el plano político. Pienso que las razones para esta fría acogida que los intelectuales catalanes dispensaron a la obra de Pabón fueron tres. En primer lugar, que por entonces (en 1953, en 1969) no era Cambó, precisamente, figura muy estimada por la sociedad catalana en su conjunto: de una parte, para la Cataluña derrotada con el resto de la España republicana en la guerra civil, Cambó estaba "marcado" por la Esquerra y, sobre todo, por esa corriente soterrana que aún alienta en los retoños del obrerismo catalán de aquellos años, la del sindicalismo ácrata: la CNT del primer tercio del siglo XX, enemiga mortal del gran líder de la Lliga y de la misma Lliga -formación política de ideología profundamente arraigada en la tradición conservadora (que no inmovilista), y con base en la potente burguesía que puso a Cataluña al nivel de las potencias impulsadas por la revolución industrial del siglo anterior; de otra parte, y en el polo opuesto, la Cataluña que asumió la nueva situación creada por el fin de la guerra, miraba a Cambó como artífice -fracasado- de un camino sin horizonte. Pero al mismo tiempo, los historiadores catalanes del momento, ya prevenidos contra Pabón por cuestiones de método, experimentaron un cierto disgusto, o un cierto malestar -un complejo de celos- ante el hecho de que un investigador no catalán hubiera sido capaz de llevar a cabo aquel extraordinario esfuerzo para recuperar uno de los grandes valores auténticos del más vivo y reciente pasado de Cataluña, magnificándolo ante el resto de España: entendían, con actitud bastante mezquina, que esa era misión reservada, en todo caso, a los catalanes.

En los años últimos, la valoración del esfuerzo de Pabón para reivindicar -y comprender- al gran político catalán se ha manifestado por fin en la erección de un monumento en bronce a Cambó, cerca de su mansión de la Vía Layetana; y en el hecho de que el otro y auténtico monumento -la gran biografía ultimada por Pabón hace cuarenta años- haya vuelto a cobrar actualidad y proyección en una segunda y modélica edición.

Para cerrar este limitadísimo repaso a lo más notable de la obra de Pabón, voy a referirme ahora a su libro inacabado: Narváez. Pabón había dedicado un gran esfuerzo, a partir de su ingreso en la R. Academia de la Historia, a inventariar el archivo del duque de Valencia, depositado en ella desde 1926; e iniciado la redacción de una obra que debía darnos la clave del siglo XIX español -como Cambó nos diera la del siglo XX. Creo que en esa redacción no pasó de la Introducción y de un largo capítulo cuyo contenido no rebasaba de las actividades militares del joven Narváez -durante el trienio liberal. Al menos, esto es lo que Pabón me dio a conocer de su trabajo. Salvo el aludido prólogo introductorio, lo definitivamente escrito no alcanzó la etapa del "general" y del "político". Pero en aquel prólogo estaban ya insertas las claves de lo que hubiera sido el gran estudio proyectado: una desmitificación del duque de Valencia, visto entre la luz y la sombra de sus cualidades eminentes y de sus arrebatos irracionales. Dispongo de una interesante carta de Pabón que me desvelaba su plan:

"Creo que no acerté a decirle lo que me propongo... Hablo del propósito, y nada más. Trato de hacer una biografía, es decir, una historia de Narváez, desde él. Lo contrario del Cambó. En el Cambó estudié los problemas: Cataluña, África, la Dictadura, la crisis de la Monarquía, etc., etc. Ahora, por el contrario, los problemas se reflejarían en tanto los vivió Narváez. No haré la guerra de la Independencia, ni el Trienio, ni los Cien Mil Hijos de San Luis, ni las guerras carlistas, más que en la medida precisa para explicar al duque de Valencia. Pienso que el tratamiento está apuntado en la Aproximación al personaje, que usted leyó. Naturalmente, la historia de Narváez se identifica con la Historia de España en la medida en que la domina: muy varia en el curso de los años.

De todos modos, a diferencia de Cambó, Narváez es una figura dominante: su plenitud, la política interior y exterior de España; en sus limitaciones y sus complejidades; hombre de gobierno y no hombre de estado.

El Archivo -según me dijo Fernández Almagro- estuvo en poder de Rodrigo Soriano, que estudió la correspondencia de Narváez con González Bravo en los últimos días de aquél. En un apunte de Soriano -papel de diputado por Valencia- se lee. "Enorme personalidad de Narváez". Y era el Narváez acabado del Gobierno final".

Narváez es, sin duda, una época importante de la Historia de España. En el precioso ensayo El régimen de los generales, que supuso ya una primera movilización del archivo del duque de Valencia ordenado por Pabón, queda perfilado el liberalismo esencial del personaje, y, junto a este liberalismo que él siempre proclama, su sentido del "orden". He aquí el problema del moderantismo en el poder. La historiografía más o menos vinculada a los derroteros progresistas o revolucionarios, crear la confusión al convertir en "liberales" únicamente a los seguidores del "progreso"; a su vez, los realistas, los carlistas, aunque favorecidos por el empeño moderado de superar en síntesis difícil los enfrentamientos feroces de la guerra civil, nunca mirarán con buenos ojos a los que, de hecho, han afianzado el régimen representativo en España. Y así, los moderados se verán identificados con una especie de "centrismo" que vive en contradicción permanente: entre el rechazo de la revolución y el repudio del Antiguo Régimen.

Pienso que al tomar contacto directo con esta problemática, Pabón hubiera podido lograr en Narváez su obra definitiva. Pero súbitamente renunció a continuar su trabajo. Una tarde (¿1975, o ya 1976?), en su despacho de la Real Academia de la Historia, me dijo:

"Este verano pasado, en Sevilla, hice testamento. En él he dispuesto que los originales escritos sobre el tema (Narváez) y los apuntes que tenía en esbozo, le sean entregados a usted a mi muerte, para que disponga de ellos a su gusto: o publicarlos como están, o continuarlos, o simplemente desecharlos y arrojarlos a la papelera".

Pudo influir en esta decisión el saber que "otro archivo Narváez" -un importante fondo documental que no fue entregado a la Academia en 1926, y que los herederos del duque de Valencia vendieron, hacia 1950, a Sergio Fernández Larrain, embajador entonces de Chile en España: hombre curioso de la Historia y apasionado coleccionista de documentos antiguos- había ido a parar nada menos que a Santiago de Chile. Pudo influir también en su decisión la limitación física que le había dejado como secuela el desgraciado accidente que padeció en 1974. Pero sobre todo, creo que la causa esencial de aquella "abdicación" fue el proceso depresivo que sus amigos más próximos habíamos detectado en él: quizá un diagnóstico médico que no le dejara muchas esperanzas de vida.

Ya fallecido Pabón, y en posesión de los papeles a que se refería su testamento, decidí recoger en un volumen la parte ya escrita del libro proyectado por mi inolvidable maestro, añadiendo algunos opúsculos -artículos ya publicados, o escritos aún inéditos, a los que añadí (como un hilo conductor) El régimen político de los generales-, que venían a completar los aspectos, personales y políticos, de "el Espadón". El volumen, publicado en Austral con un extenso prólogo de mi mano, se tituló Narváez y su época. Por supuesto, sólo se trataba de un ínfimo sucedáneo de lo que pudo ser y no fue.

Andando los años, aún pude dar a conocer, en el boletín de la Real Academia de la Historia, el interesantísimo "Epílogo" salvado de las "Memorias" que él mismo había destruido en un trance depresivo. En cierto modo, ésas han sido mis contribuciones -hasta ahora- a la bibliografía del gran maestro desaparecido.

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A lo largo de un recorrido que se inicia propiamente con La Revolución portuguesa y termina en España y la cuestión romana y La subversión contemporánea va desplegándose la simultánea evolución ideológica de Jesús Pabón, cuyas claves son su apertura creciente, su generosidad cada vez mayor con el adversario, basadas en un más profundo conocimiento del hombre en su dimensión histórica -que no abandona jamás, sin embargo, sus constantes más firmes: la fe religiosa, sin paliativos, y la toma de posiciones a favor de la Tradición (que no es inmovilismo) y contra la Revolución (entendida en profundidad). De la inicial tentación maniquea (cuya presencia es imposible negar en alguno de los argumentos utilizados en Palabras en la oposición y en La Revolución portuguesa) Pabón pasa, en su plenitud moral e intelectual, que da la clave de la objetividad más difícil de conseguir, a las serenas definiciones de Cambó, de España y la cuestión romana y del prólogo al Lenin, de Trotski. Del corte en planos nítidos y diferenciados abruptamente, en última instancia alejados de la realidad -como abstractos "puntos cardinales"-, evoluciona Pabón a la búsqueda de una comprensión del hombre real en la Historia: a la búsqueda de una comprensión del hombre real en la Historia: a la búsqueda de la verdad de cada cual, en una toma de contacto que no es toma de posiciones. Pabón definiría esta actitud objetiva como "moderada", respaldándola en textos ilustres, el de Azaña -que ya recogí; el de Baroja: "Las palabras, sobre todo cuando no se entienden, llevan a la guerra y a la barbarie; la inteligencia de los hechos, lleva a la moderación".
Narváez pudo ser -en la definición de ese moderantismo que rehuye los planteamientos maniqueos, y que se traiciona a sí mismo cuando se identifica con la ultraderecha en la que no debe estar- la gran ocasión para el hombre y el historiador Jesús Pabón.

Una ocasión, por desgracia, definitivamente perdida".

 


 



 
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