VIGENCIA DE MANUEL HALCÓN,
por Rogelio Reyes Cano
Agradezco muy de veras tanto a su familia como al
Ateneo de Sevilla que se me haya invitado a tomar la palabra en
este cordial, sencillo y amigable homenaje a Manuel Halcón,
que, si he entendido bien, quiere ser a la vez un reconocimiento
público a su valía como escritor y a su legado espiritual
y un recuerdo afectuoso a su persona. Gratitud que expreso a título
personal pero también en nombre de las dos instituciones
a las que estoy ligado por profesión y por vocación
: la Universidad de Sevilla y la Real Academia Sevillana de Buenas
Letras.
Me siento muy honrado por esta invitación,
aunque a diferencia de las personas que han hablado antes que yo,
unidos al escritor por amistad o por haber estudiado su obra, no
me considero con ningún mérito especial para hacerlo.
He sido, y sigo siendo, un lector y un admirador del talento literario
de Manuel Halcón, pero es muy poco, por no decir casi nada,
lo que he escrito sobre él. Mi labor en ese sentido ha sido
mucho más modesta: dirigir la tesis doctoral de mi antiguo
alumno y hoy compañero en la docencia José Vallecillo,
que, como ustedes acaban de comprobar, se ha convertido ya en un
destacado especialista en la narrativa de Don Manuel, y organizar
junto a Jacobo Cortines el homenaje que le hicimos en la Academia
con motivo del centenario de su nacimiento y que ha quedado plasmado
en un bello libro editado por la Hermandad de los Santos de Lebrija.
Hace pocos meses, y gracias a la amabilidad de su hija, confluimos
en "El Cañuelo", el hermoso cortijo de la vega
de Mairena que guarda vivo el recuerdo del escritor, muchas personas
que lo trataron en vida, otras que tal vez sólo lo habían
conocido esporádicamente, y algunos - como era mi caso- que
sin haber hablado nunca con él, sentíamos una creciente
admiración por su obra. El lugar no pudo estar mejor elegido,
pues a todos nos evocaba inevitablemente una de las dos caras de
la personalidad literaria de Manuel Halcón: su honda vocación
rural, los amplios espacios delimitadores de un universo narrativo
que se alimenta de una riquísima cultura agraria de cuya
inevitable decadencia él había sido su mejor notario.
La otra cara de su compleja personalidad fue paradójicamente
su acusada faceta urbana, ese refinado cosmopolitismo propio de
la ciudad que le impelía a vivir en ella y a volver todas
las tardes a su casa de Sevilla, a no pasar nunca la noche en el
campo y a distanciarse de él para no perder del todo la perspectiva
de las cosas y probablemente para no sucumbir a la trampa de ninguna
suerte de aldeanismo. Como Don Juan Valera, Halcón fue también
un hombre de mundo en el mejor sentido de la expresión, un
ciudadano universal que no quiso elegir entre el campo y la ciudad
porque en ambos espacios supo ver dos formas de cultura igualmente
atrayentes y complementarias. Nada tiene que ver - y él lo
supo intuir mejor que nadie- el campo de hoy con aquel espacio epilogal
que con tanta veracidad reflejó en sus importantes novelas
rurales; un espacio felizmente salvado del olvido gracias a su creatividad
literaria .Pero a mí me conmovía el hecho de saber
que la tierra que pisábamos aquella tarde en el cortijo de
la vega era la misma que él había pisado muchas veces,
e idénticos aquellos amplios horizontes que evocaban su recuerdo
y que habían quedado fijados ya para siempre en las páginas
de sus mejores textos: En Los Dueñas, en Ir a más,
en Manuela
, y en tantas otras.
Manuel Halcón fue un novelista de corte tradicional
en sus planteamientos narrativos pero de una agudeza crítica
y una lucidez intelectual enteramente modernas en la recreación
estética de la vida andaluza de la segunda mitad del siglo
XX. Encuadrado por nacimiento y por ambiente en una estirpe de grandes
escritores vinculados al mundo de la aristocracia rural, como el
Duque de Rivas o Don Juan Valera o José Antonio Muñoz
Rojas, hoy felizmente vivo, supo captar con extremada finura los
últimos vestigios de una cultura agraria a punto de extinción;
la imparable decadencia de un modelo de sociedad vinculada a la
tierra, radiografiada por él con implacable y paradójico
distanciamiento crítico; la riqueza espiritual de la gente
sencilla del campo; o la fortaleza y el profundo misterio de los
personajes femeninos, a los que retrató con mucha maestría.
Y todo ello en un proceso de escritura paralelo en el tiempo y en
la última intención artística- por muy extraño
que esto pueda parecer- al de los novelistas del llamado "realismo
social" de la España de la larga postguerra, sólo
que con sustanciales diferencias en el perfil de los ambientes retratados.
Halcón no aplicó su mirada de narrador
a las lacras del proletariado urbano ni a las víctimas de
la opresión política sino al ámbito social
que él mejor conocía, el de la burguesía rural
y el campesinado que durante siglos habían vivido unidos
a la tierra, dos clases que habían sido protagonistas de
un modo de entender la vida, de toda una cultura que desbordaba
los límites de un mero conflicto social. Lo que Halcón
constató desde su doble observatorio ( dentro y fuera a la
vez de los ámbitos rurales) no fue la proximidad de una revolución
ni un simple cambio de manos de la propiedad agrícola, sino
algo de más profundo calado: la inevitable descomposición
de un modo de entender la vida, de un sistema de valores y unas
pautas de comportamiento que ya en estos momentos podemos dar por
desaparecidos prácticamente en su totalidad.
El resultado de esa opción, producto de una
coherencia personal y estética digna de todo elogio, ha quedado
plasmado en sus grandes novelas: un retrato inteligente y veraz,
un valioso testimonio literario que deja al descubierto muchas claves
de la sociedad andaluza en un trance histórico crítico
e irreversible. Un retrato amoroso pero no elegíaco, dictado
por una clarividente y tantas veces fría conciencia histórica
que le llevó a levantar acta notarial de lo irremediable.
Éste es, en mi opinión, el mayor mérito del
legado literario de Manuel Halcón , lo que asegura la vigencia
de su obra y lo que da más valor a sus novelas, que son ya
leídas hoy - y sin duda lo serán mucho más
en el futuro- como una muy consciente fabulación de un espacio
social muy distintivo dentro de la España de su tiempo y
muy rico en claves culturales y humanas que él supo analizar
desde una posición a veces ciertamente incómoda, propia
de quien debe compartir la pertenencia a esos mismos ámbitos
implacablemente radiografiados con el distanciamiento crítico
que exige siempre el juicio literario. Cómo logró
Halcón superar en el plano personal y biográfico esta
paradoja pertenece, sin duda, a su más secreta intimidad.
Pero no debió de resultarle fácil esa suerte de "desclasamiento"
mental que le permitiría objetivar en la medida de lo posible
la descomposición de su propio mundo.
Hay que estar muy seguro de uno mismo para cumplir
con decoro con tan arriesgados propósitos: situarse al mismo
tiempo dentro y fuera de su hábitat natural, tomar distancias
no ya de lo ajeno sino de lo que a uno le es propio. Por ello fue
un personaje atípico que tuvo a veces que nadar contra corriente
y revestirse de perfiles contradictorios, lo que sin duda acentúa,
visto desde hoy, su innegable atractivo. Hijo de familia rica, pero
con un talante crítico para con su propia clase que nunca
disimuló. Educado en colegios de élite, pero de tendencia
autodidacta. Reacio a cursar una carrera universitaria, pero de
gran vocación lectora. Hombre de ciudad, pero profundamente
identificado con el mundo del campo, del que nos dejó un
magistral retrato en su discurso de ingreso en la Real Academia
Española. Poseedor de una cultura humanística capaz
de integrar lo universal y lo local, pero inmune a los exclusivismos
aldeanos. Amante de Sevilla pero establecido en Madrid, desde donde
seguía con gran interés pero con irónico distanciamiento
de raíz literaria las cosas de su ciudad. Afín a los
vencedores de la Guerra Civil pero muy pronto discretamente apartado
del poder por sus simpatías monárquicas. Escritor
nato pero sumamente pudoroso, enemigo de todo exhibicionismo público
y de medrar en el mundillo literario. Hombre elegante y refinado,
con poder de seducción personal, y al mismo tiempo de discreción
suma. Fernando Lázaro Carreter, su compañero académico,
que lo trató bastante en sus últimos años,
ha dicho de él que era"orgullosamente modesto".
"Quiero decir- añade - que tuvo siempre plena conciencia
de quien era, de su calidad de escritor, de su rango social, del
respeto que imponía su señorío
".
Yo, como digo, no llegué a conocerle personalmente
ni mucho menos a tratarle. Pero intuyo, por la lectura de sus obras,
que si algún orgullo hubo en él debió de ser
lógica consecuencia de su lucidez intelectual, de su capacidad
para percatarse del signo de los tiempos , del curso cambiante y
huidizo de la historia, que él atrapó en sus relatos
con fría y a la vez con elegante precisión. Se daba
cuenta, sin duda, de lo que otros muchos se resistían a ver
: que acababa un mundo y empezaba otro. Su mayor mérito no
radica, pues, ni en la estructura de sus novelas ni en la posible
novedad de sus recursos narrativos que, como digo, se ajustan a
un modo de contar muy tradicional, sino en esa profunda percepción
anticipadora de las cosas. Se ha repetido muchas veces que sus Recuerdos
de Fernando Villalón, publicados en 1941, son una lúcida
anticipación de la famosa novela Il Gattopardo de
Giuseppe Tomasi di Lampedusa, aparecida mucho más tarde,
en 1958, un año después de la muerte del aristócrata
siciliano que supo retratar con admirable sentido de narrador y
memoralista el lento declive de una clase y unas formas de vida.
Halcón dejó constancia de esos mismos objetivos en
el subtítulo de esos Recuerdos: " Apuntes para la historia
de una familia". Pero si Lampedusa fue, como tantas veces se
ha dicho, autor de un solo libro, el novelista sevillano mantuvo
luego a lo largo de muchos títulos esa misma voluntad integradora
de memorialismo y ficción, de fabulación y de historia
social, en un lúcido retrato de decadencia en el que él
mismo se sintió concernido. Al igual que Stendhal, paseó
su espejo por los caminos de su tiempo y en un gesto de coherencia
tuvo la valentía intelectual de radiografiar su propio mundo.
Como soy profesor de literatura, algo sé de
la variable, azarosa y a veces caprichosa condición de las
estimaciones y modas literarias, tantas veces sujetas a factores
que poco tienen que ver con la objetividad y la justicia estética.
Manuel Halcón, como Azorín, como tantos otros escritores
de valía que fueron muy apreciados y leídos en su
tiempo, ha venido siendo durante muchos años una víctima
más de esa desmemoria colectiva, de un injusto silencio asentado
en razones extraliterarias. El paso del tiempo va por fortuna desechando
prejuicios, y su obra, releída ya con mejor perspectiva histórica,
aligerada poco a poco de apriorismos ideológicos o sociales,
nos está devolviendo al primer plano su valor más
seguro : el innegable talento de un escritor de raza que tuvo que
resolver la difícil papeleta de ser a la vez protagonista
y testigo de un mundo en fuga que ya pertenece para siempre al reino
de la mejor literatura española del siglo XX.
Rogelio Reyes Cano
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