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El sueño de José María Izquierdo y de quienes con él idearon y comenzaron aquella gran aventura en 1918 va a hacerse de nuevo realidad dentro de unos días; y el autor de las Niñerías, que escribía de corazón a corazón, va a repetirnos, una vez más, que esta escuela de niños grandes que es el Ateneo, ha pedido al Niño de Dios que hiciera el milagro de que los Reyes Magos volvieran a la ciudad mariana y derramaran próvidamente sus gracias ... y el milagro se hizo, porque Dios lo ha querido ... Cada año cuando llegan estas fechas, he de ocuparme, por razón de mi cargo, de escribir unas palabras que sirvan de pórtico de la edición del Pregón de la Cabalgata de Reyes, y, en verdad, que lo tengo fácil, porque vamos de oca en oca de las relevantes trayectorias personales y de los bien ganados prestigios literarios. Carlos Murciano, a quien no vamos a descubrir a estas alturas,
es autor de una vasta e ingente producción poética,
que supera los ochenta libros y ha obtenido numerosos premios y
reconocimientos, cuya completa enumeración excedería
del modesto propósito preliminar de estas líneas.
Baste citar, entre ellos, el Premio Nacional de Poesía de
1970 por su libro Este claro silencio y el Premio Nacional de Literatura
Infantil y Juvenil de 1982, género que ha cultivado con creciente
éxito, por su libro El mar sigue esperando. También
ha escrito relato corto y novela, ámbito este el de la narrativa
que le ha merecido destacados galardones. Me consta que entre tantas
distinciones y galardones como ha recibido lleva con particular
orgullo su reconocimiento como Hijo adoptivo de Fontiveros, pueblo
natal de San Juan de la Cruz; lo que se suma a su pertenencia a
diversas Academias y Sociedades culturales y tantas cosas más.
Carlos Murciano ha sido, además, nombrado recientemente Hijo
Predilecto de Arcos de la Frontera, la bella localidad gaditana
en la que vio la luz y de la que siempre ha sido embajador literario
y espiritual durante toda su vida. Una expresiva lápida ubicada
en su casa natal perpetúa para general conocimiento el lugar
en el que nacieron tanto él como su hermano Antonio, con
quien compartió el honor del nombramiento. En verdad que la presencia de Carlos Murciano en los compromisos culturales del Ateneo no es, por otra parte, nueva. En nuestro libro El Ateneo de Sevilla y su Cabalgata de Reyes Magos I ya nos dejó, en prenda, su precioso soneto, que en más de una ocasión he citado como apoyo de mis obligadas palabras sobre la Cabalgata, en el que los Reyes pasan silenciosos, como vuelven a pasar ahora, para no despertar a la alegría. Y en nuestro reciente Homenaje a la Fiesta del Soneto celebrada en el Ateneo de Sevilla en 1912 también nos regaló la posibilidad de incluir la fascinante narración de una visión dichosa, en una tarde, en el campo, en que las nubes se rompían en mil cristales y los asombrados ojos del poeta pudieron contemplar la obra impresionante que hacían los dedos escultores de la lluvia. Pregón éste, además, de honda y emocionada religiosidad. El poeta cita a Graham Greene y su referencia a ese Dios que nos gusta como el sol, todopoderoso y solemne, eternal y distante; pero que Murciano nos dice que se acerca a todos cuantos quieren sentirlo y se hace cercanía sobre la alfombra, o el hueco sencillo de la almohada, se palpa en el bolsillo o se siente en el reloj, juega en el armario y comparte nuestra madrugada. Más aún, un Dios que ha aparecido en presencia física y real entre nosotros. Luis Cernuda, al que también cita el Poeta, lo vio con los ojos de quienes esperaban una presencia radiante e imperiosa y se encontraron con una vida como la nuestra, humana, gritando lastimosa... Carlos Murciano nos lo trae hecho íntima plenitud, suficientemente cerca, enredado con nosotros, como en los versos juanramonianos, en lucha hermosa de amor, como el fuego y el aire. Demos la palabra al gran poeta de Arcos de la Frontera, para que,
como Heraldo de una nueva Cabalgata de Reyes Magos del Ateneo de
Sevilla, nos deleite y nos instruya.
Sevilla, diciembre de 2006 |
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© Ateneo de Sevilla 2002
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