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EDITADA LA OBRA SEVILLA VISTA DESDE LA ALFALFA, DE ISMAEL YEBRA SOTILLO

El Ateneo de Sevilla ha editado recientemente, con el patrocinio de la Obra Social Unicaja, el libro Sevilla vista desde la Alfalfa, del dermatólogo y escritor D. Ismael Yebra Sotillo, obra que ha sido presentada el pasado mes de marzo en la sede del Ateneo por el magistrado jubilado D. Manuel Rico Lara

El libro contiene un recorrido sentimental del autor por el ámbito relacionado con la plaza de la Alfalfa, en el que ha transcurrido su vida y al que considera como uno de los espacios definidores de la identidad de la ciudad.

Su índice es el siguiente:

- Itinerario nostálgico por el año sevillano: del verano a la Navidad

- Itinerario nostálgico por el año sevillano: la primavera

- La Historia de Sevilla vista desde la Alfalfa

- Incienso en otoño

- Asturianos en la Alfalfa

- Un barrio, un niño, una hermandad

- Peter Pan en Sevilla

Portada

La bella presentación de Rico Lara fue del siguiente tenor literal:

Nace -¡cómo no!- en LA ALFALFA, estudia en el Colegio de los ESCOLAPIOS y se licencia en Medicina en la Universidad de Sevilla, en la que alcanza el título académico de Doctor. Su tesis: la Lepra. Especializado en dermatología, asiste a Congresos Internacionales. En París, bajo los auspicios de la Academia francesa de Dermatología-.
Viajero por Europa (Polonia, Hungría, Checoslovaquia, Bulgaria, la URSS) lo es también en Estambul, Marruecos, Israel…
Imparte cursos y son numerosas sus publicaciones: "Dermatología y Sociedad en el siglo XX", biografía del Dr. Monarde (siglo XVI) introductor de las medicinas de los indios aborígenes (el azufre y palo santo). Es el Dr. Yebra escritor: "Viaje a Sanabria", el libro que ahora presentamos y uno que pronto verá la luz: "Umbrete en el paraíso"…


Hecha esta breve semblanza de quien más espacio merece, he de pasar a presentar la obra que nos trae y atrae.
Ante todo, una pregunta que se hace a sí mismo el autor: "¿qué es Sevilla? y encuentra pronta respuesta: "Sevilla es femenina" y los sevillanos, ¿quiénes son?... Niños, que nacen y no abandonan ese territorio originario que es la infancia…
Afirma Ismael Yebra -ya centrado en el tema- que la ALFALFA es "el municipio en que nacimos" (él y los suyos) y en el que tenemos fijada nuestra residencia… Escueta referencia al espacio urbano, a la que añade vivencias y sensaciones, que aparecen mezcladas, hermanadas…
ALFALFA romana, visigoda, musulmana y renacentista que se ha convertido en REPÚBLICA, o dicho en latino, "res publica", comunitaria, que acoge y da asiento a todos los oficios y humanos quehaceres: desde el puesto de flores -pequeño jardín y macetero de rosas, gitanillas, claveles y lirios- al quiosco de prensa (de la de "pago", como diría Francisco Correal). Sin olvido de la botica, con los frascos de cristal; alineados almireces y morteros, imprescindibles para elaborar mixturas, que conservan el privilegio de serlo bajo una "fórmula magistral"… Pócimas, hoy suplantadas por envases de cartón que advierten de un contenido que pocos leen y menos, entienden. La farmacia alfalfaqueña es ahora espacio abierto, luminoso, lejano de las antiguas "reboticas" románticas en las que se reunían los conspiradores del siglo XIX.
ALFALFA: foro ciudadano, hectárea compartida donde se sembraron las raíces de la Amistad, como se llama la barreduela desde que así quiso el Ayuntamiento constitucional de 1868. Afluente principal de la calle Águilas, que corre, estrecha y solemne, protegida por la iglesia de San Esteban, en su lado izquierdo y en el opuesto, el convento de Santa María de Jesús, en que rezan las madres clarisas. YEBRA, médico visitador de conventos de clausura, conoce la vida espiritual que encierran sus impenetrables muros. Templos como San Leandro, en la plaza llamada del "pato"… como recuerda nuestro doctor que, a fuerza de no dejar abandonados relatos y sucedidos, informa a su imaginario acompañante -el lector- que las dos Águilas que dan nombre a la calle, prendidas en un palacio, parecen transportarnos al siglo XVI, ya sean, en Sevilla o Toledo, ciudades, ambas imperiales, carolinas, con esplendoroso pasado y lenta decadencia, conservando plazas singulares: Zocodover y la Alfalfa. En aquella paseó sus ocios y su hambre, Don Ramiro, un fijodalgo enchido de orgullo y bravía, y en la muestra, Riconete, Mateo Alemán, alguaciles, cofrades, niños y capirotes…
Se hace obligado el descanso… "Sevilla en verano planta cara al calor y se echa a la calle"… nos confía Ismael, y, como esta ciudad ha inventado "el tanque y la maceta de cerveza" en el bar Candilejo y la tapa "semiclandestina" en la trastienda del Danubio, hacemos el recorrido tabernario, y reponemos fuerzas para seguir anotando estos placeres. Pedimos un mosto de Umbrete, lugar en que tiene el doctor una Torre, reducto para meditaciones y lecturas, como aquél Señor de Montaigne y del más cercano Quevedo, que, en su refugio de Juan Abad, vivía "retirado en la paz de estos desiertos, con pocos, pero doctos libros juntos"…
Yebra tiene arte, como decís los andaluces. Guarda lo que ve: ayer, a unos zagales jugando en la plaza -que no es plaza- y ahora, laberinto que nos acerca a calle Boteros, así conocida porque desde el Siglo de los Descubrimientos se establecieron en ella artesanos de cuyos talleres salían botas para guardar el vino y el aceite que bajaban de los campos cordobeses por el anchuroso "río de oro"…
Recuerdos de su niñez, presencia de José María Izquierdo, "Jacinto Ilusión", a quien ha dedicado páginas de buen ateneísta.
Pasa fugaz la primavera (que no existe confiesa Yebra)… Y continúa el itinerario por lugares y personas, tiendas de ultramarinos (así llamadas cuando los restos de nuestro Imperio Colonial se extendían más allá del mar). Se une la lista de comercios del Centro, muchos ya desaparecidos, "como si le cerraran el alma", dice de sí mismo. Otros -afortunadamente- continúan: confiterías, papelerías, artículos religiosos, perfumes, especierías…
Penetramos en la calle Candilejo. Según la leyenda, el poderoso y cruel Señor don Pedro, vistiendo encajes y brocados, dio muerte violenta a un hombre, cruzándole el pecho con su acero. Una mujer, anciana, enlutada, vio a la tenue luz de su candil, la silueta del matador, conociéndole por el ruido de sus borceguíes. Interviene la Justicia y el Rey la hace para sí mismo, mandando colocar en el lugar su propia imagen labrada en piedra, y más tarde sustituida por un busto con los atributos de la soberanía y su escudo de armas, ornado de castillos y leones…
Desde tan memorable hito, nos dirigimos a la plaza, popularmente llamada del PAN, en recuerdo del crujiente alimento que los carreteros transportaban desde Alcalá. Esta vez soy yo quien ofrece al doctor entrar en el bar Europa y, desde su amplio ventanal, vemos alojadas en el muro posterior de la Iglesia de El Salvador pequeñas tiendas que exhiben relojes y joyería. Incluso allí se hicieron -con rapidez inesperada- copias de llaves, a las que se marcaba con un pequeño martillo y cincel (cumpliendo con lo legislado), el sello de "fieles contrastes"… Comercios desaparecidos, negocios familiares que, con ellos, "se llevaron parte de nuestra vida", se lamenta el autor…
Aquí, en este mismo lugar, abría sus puertas Casa Marciano, adornada con enormes anaqueles y cajones de madera y artesonado del que pendían jamones venidos de la Sierra Norte, fabes asturianas y variadas chacinas.
¡Vestidos de novia! adornados con finos encajes, tules y relucientes espejuelos, que detienen a las jóvenes parejas de enamorados; que, es de esperar, no se precipiten en acudir ante el Juez para recobrar (han pasado dos años desde su enlace) una ilusoria libertad…
Yebra sortea la bulla del bar "La Mina", popular y obrero, como su nombre indica, ahora que hemos remontado la Cuesta del Rosario, que, más prudente sería llamar "costanilla" por lo hacedero y suave de su ascenso. Por cierto: al doctor le gusta caminar -terapia saludable que recomienda y practica- como deporte llano, democrático, cuando, zurrón con hogaza y cachava aldeana, senderea por tierras de Sanabria…
Porque Ismael es médico humanista, como lo fue Gregorio Marañón, ambos buceando en la Historia y certificando, tras los rostros, la sensibilidad del alma las enfermedades, la fatiga… Con pericia de "patógrafo",… quisiera yo, admirador de por vida de aquel patricio que se llamó Melchor Gaspar de Jovellanos que el doctor Yebra diagnosticara, contemplando los retratos que de él se hicieron y releyendo los pormenorizados "Diarios" del sobrio magistrado gijonés, los males reales, el dolor que le acompañó al abandonar Sevilla, donde fue Juez del Protomedicato de la Ciudad y contertulio de OLAVIDE…
Ismael Yebra Sotillo -nombre breve, sonoro, fácil de recordar, difícil de olvidar- conoce la historia de monasterios y conventos, como nuestro común amigo, también sabio como él, el notario Linaje Conde teólogo muy estimado por las Academias eclesiásticas.
Sevilla -el cento- desfila por los ojos del Dr. Yebra con mirada panóptica, como implantó Benthan para otros fines, sin que nada se le escape…
El Salvador, con el extraordinario retablo barroco de su altar mayor, como barroca es Santa María La Blanca, antes mezquita y sinagoga.
Y si somos capaces de regresar al pasado -que lo somos- veremos a Ismael Yebra ataviado con la dignidad de un alfaquí, meditar sobre Aristóteles -a través de Aviceno y Aberroes- explorando el carácter del ser humano, sus "humores" internos, tal como hiciera Huarte de San Juan.
Y, así, en esta tarea, se va acercando a la Giralda, torre esbelta, mora y cristiana y bajo el reloj de sol, se produce el encuentro don IBN AZAM, de los Omeyas cordobeses, enamorado del amor y de ISBILIYA: ha dejado volar una paloma que llevará sus versos a la Gran Mezquita…
Ahora se dirigen por la calle Francos -que no franceses- hacia la ALFALFA, no sin antes saludar con la mirada a don Ramón Carande, que en su casa de la calle Álvarez Quintero, está inclinado sobre legajos y documentos que hablan de pagarés, letras de cambio y de los banqueros del Emperador, los prestamistas Fugger… Don Ramón visitará la plaza del PAN, tocado con boina castellana, para acudir a la Librería Internacional de Lorenzo Blanco. Y a su tertulia, con la asidua presencia de Olivencia, el magistrado Hoyuela y Manuel Márquez, que no ha renunciado a la dialéctica marxista y sostiene una honestidad personal e ideológica defendida celosamente.
La primavera ha venido y todos saben cómo ha sido. El autor, es decir, Yebra huye de los tópicos porque busca la Sevilla real, intramuros, "su" Alfalfa, que cerraba las puertas cuando el silencio de la noche y las rondas de alguaciles velaban los sueños de sus vecinos… Es allí donde sitúa sus ensoñaciones, entremeses de la comedia humana. El niño Yebra gustaba ir los sábados a la plaza de la Encarnación, con sus puestos de fruta, las aceitunas aliñadas, caracoles de la Isla, corderos lechales, "voces y pregones, entre saludos y charlas"…
Cuaresma, Semana Santa, el maniquí vestido de nazareno, cíngulos y cordones, costaleros, capataces, aguadores para calmar la sed de los obreros de la Fe, cargando sobre sus espaldas el "paso" de la Mortaja, que asustaba al fontanero de la calle Alcaicería…
Semana inundada de gentío, de turistas con máquinas fotográficas y calzones cortos, de ruido y, a veces, de silencio…
Más, regresemos a la Alfalfa, en la que Yebra nos contiene y que define, con acierto, como "el pueblo de Sevilla más cercano a la capital", territorio espiritual, isla que fue de tartesos y visigodos. "Civitas" romana, dédalo de calles -siete revueltas- que lo son efectivamente, pues las he contado, antesala del Rocío, con ropa campera, zajones, botos, gorras y pañuelos, collares y peinetas, lujosos mantones… Alegre, sin ecos de la Muerte, que han huído al Hospital de la Caridad, donde rezó Miguel de Mañana en penitencia por los muchos pecados cometidos. Valdés Leal nos enfrenta con las "postrimerías", porque ricos y pobres, reyes y míseros, todos reciben con la guadaña, el destino común, de la soledad eterna… Y del caballero andaluz bien pudiera decirse lo que Machado contó de Don Guido, en su lecho de muerte:

"La barba canosa y lacia
sobre el pecho;
metido en tosco sayal,
las yertas manos en cruz"…

Esta ALFALFA, república lacustre como Venecia, como las Sevillas ("tantas como sevillanos") es cautivadora, con embrujo que te atrapa.
Y, como la Feria del doctor Yebra, no es la de ahora, sino la del Prado… dejemos este capítulo, pues es cierto lo que dice y siente.
Ismael, andariego en su territorio, contabiliza ferreterías, comercios varios, anota nombres de tabernas, ("El Bocao", así de contundente), la Aurora, Casa Pepe, La Alfalfa, El Danubio… Apresura el paso en Entrecárceles, no sea que el espíritu de Cervantes reproche al galeno la suciedad de la que habitó. Se excusa Yebra -por no ser asunto de su competencia y remite las quejas a Cristóbal de Chaves, que escribiera una famosa "Relación de la Cárcel de Sevilla", en que moraban inmundicias, dádivas, corrupción y privilegios. Prisión que, en definitiva, era fiel reflejo de la sociedad estamentaria de la época y del mundo de la picaresca…
El autor -Ismael- es aficionado a la guitarra clásica, devoto de la polifonía, de Palestrina, Francisco Guerrero y Cristóbal de Morales… Hombre renacentista… que no se rinde ante el vértigo de los tiempos nuevos. "Su" Alfalfa es -dice- un "punto de encuentro". De ella salió El Espartero, torero que "no conoció el miedo" y practicó ese "arte mágico del vuelo" que también incluía al baile flamenco y el cante hondo… El Maestro, el matador murió corneado por un toro Miura, como lo sería el cordobés Manuel Rodríguez, "Manolete".
Yebra, médico consagrado, siente orgullo sevillano y profesional. Por lo cual enseña que en esta ciudad existía, la "Venerada Tertulia Médica Hispalense", primera en el mundo… Su fina ironía es capaz de juntar tres plazas, la Alfalfa, Magdalena y el Duque como las más feas y degradadas del casco histórico de Sevilla.
"La historia de la Alfalfa es la historia de Sevilla misma", dice. Recorre la ciudad primitiva, que pasó por manos tartesas, romanas, (Julia Roma), vándalos y suevos, visigodos, musulmanes (año 711), reino de Taifa que reúne en el Alcázar a músicos y poetas. Sevilla -capital de Al Andalus- ha ensanchado la Alfalfa. El año 1248, Fernando III entra en Sevilla y en lo alto de la Giralda y en la Torre del Oro ondean los pendones de Castilla…
Desfilan las páginas de la obra, amable y certera, de Ismael Yebra y, con ellas, los días de Sevilla, de la Alfalfa… En el siglo XVII -el de las Luces y la Razón- dedica el autor un recuerdo al admirado Pablo de Olavide, magistrado peruano de vida agitada, novelesca, a quien se deben -entre otras creaciones- el haber mandado levantar el plano topográfico de Sevilla, en 1771. Jovellanos, ya aludido, era contertulio de Olavide y, aunque casto y muy religioso, no pudo contener su amor hacia Gracia, sobrina del Asistente de Sevilla.
El poeta en prosa que es Ismael Yebra, medita y escribe sobre otro ateneísta, José María Izquierdo, que no abandonó la ciudad y habla de Cernuda, a quien Sevilla abandonó…
Nada escapa a la atención de Yebra, desde los pasos lentos y solemnes de la Semana Santa, a la postrera "canina"; y el "ars moriendi". Rechazo a la piqueta demoledora que tanto inquieta a Enrique Barrero, presidente del Ateneo, que nos ha puesto a trabajar, enlazando con el espíritu Krausista de uno de sus fundadores, Sales y Ferrer…
La ALFALFA, "una forma de entender Sevilla", afirma Yebra, es olor a azahar, ruido, trajinería, sistema circulatorio del cuerpo social, aunque con mejor fortuna que la el médico Miguel Servet.
¡Ciudad de celosías, chichisveos y voces delizantes!... de canónigos y cardenales, "Muy Noble y Muy Leal"…
Barrio de la Alfalfa que se adentra hasta la calle Vidrios, donde María Laffitte, en el patio de su casa, plantó un limonero. Calle del Cristo del Buen Viaje, que acompañó, en el portrero, a Juan Aizpuru, ingeniero del verso y la palabra.
ALFALFA de los que allí nacieron o residen, de los viajeros románticos, vendedores de biblias (Borow), pintores costumbristas, afrancesados, montañeses y astures, estudiantes, becarios de la "Erasmus", "guiris" enlazados a un joven sevillano, y el PUEBLO, del yunque ayer, hoy de una sociedad de espera y esperanza. Dialéctica en el vivir, republicana en las fronteras del barrio, navegante en el río que a Sanlúcar va… Es la ALFALFA, el buen PETER PAN que el doctor Ismael Yebra Sotillo es…
Y permitidme unas últimas palabras. Las de Machado:

"Estos días azules y este sol de la infancia"


Sevilla, abril de 2008



 
 
 
 
 

 

 

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